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Deberíamos aterrorizarnos cada vez que, en medio de una conversación, alguien abre su parlamento con aquello de “Como amigo…“. Está claro que la cosa no va a acabar bien: “Como amigo te digo que…” es la forma políticamente correcta de decir “voy a meterte una puñalada trapera pero intentaré suavizarla haciéndote ver que lo hago por amistad“. Partiendo de ahí, no es de extrañar que Forrest Gander haya escogido esta expresión como título de su debut en el campo de la novela: autor de poesía más que experimentado (llegó a estar nominado al Pulitzer el año pasado), Gander abordaba la prosa en el año 2008 con “Como Amigo” (publicado ahora en nuestro país por Sexto Piso), la historia de un personaje fascinante visto a través de los ojos de su mejor amigo -quien confunde amistad y amor- y de su novia. Les es, como suele decirse comúnmente, un tuerto en el país de los ciegos: en un entorno iletrado y rural, sus ínfulas de intelectual basadas en referencias más que básicas (desde Ingmar Bergman a Miles Davis) están destinadas a deslumbrar a los paletos recalcitrantes como su colega Clay. Y, pese a todo, es inevitable que esa fascinación que su entorno siente por Les acabe trasladándose al lector, quien lo concibe como un personaje lejano y casi canonizado por el drama final de su vida.

Gander divide su texto en tres capítulos, cada uno asignado a uno de los personajes protagonistas. Antes, sin embargo, prologa la acción con una introducción que describe el duro nacimiento de Les: el detallismo del proceso de alumbramiento es fascinante casi a un nivel voyeurista, pero lo que aquí realmente importa es que este parto es el primer contacto del protagonista con la muerte (con la misma muerte que, más tarde, Clay afirma notar debajo de la piel de su amigo / amado). El corazón del libro lo conforma el primer capítulo, narrado a la altura de los ojos de Clay: es este el tramo más novelístico de “Como Amigo“, muy cerca de la novela rural americana atomizada que tan pronto puede tener ecos de Faulkner como de Donald Ray Pollock. Aquí las descripciones vuelven a ser sublimes, ya sean a la hora de retratar el trabajo de los protagonistas (con amplias referencias topográficas en las que se notan los estudios del autor en Geología), en el dolce far niente versión rednek que ve la vida pasar en bares en los que no pasa nada e incluso en momentos de homoerotismo palpable como cuando Clay observa embobado el cockring de su amigo. Es también el tramo de la novela en el que se incuba la tragedia: el hecho de que Les sea un objeto del deseo (mental, sensual) para Clay implica que quiere ser como él primero, poseerle después… y acabar odiándole finalmente cuando nada de ello ocurra.

A partir de aquí, “Como Amigo” se cierra con otros dos capítulos. Primero, con un caótico magma de notas que toma Sarah (la pareja de Les) tras la muerte de su amante: el desorden de las notas, la disgregación de las intenciones, la digresión que no va hacia ninguna parte… Enfoca perfectamente el desestabilizado estado mental de alguien que acaba de sufrir una pérdida profunda a la vez que sigue arrojando luz sobre el retrato del protagonista. Y, finalmente, unas escasas páginas narradas por el propio Les serán las encargadas de cerrar su retrato (auto-retrato a estas altura) expresando en primera persona todo lo que habíamos podido intuir hasta el momento gracias a los otros dos personajes. De esta forma, no sólo hemos ido asistiendo al desmantelamiento de un personaje, a su desvanecimiento hacia las sombras de la muerte, sino que el principal logro de “Como Amigo” acaba siendo cómo el autor hace exactamente lo mismo con la prosa: fuerte al principio, cada vez más débil, Gander va pinchando la carne de su libro con destructivas pero deliciosas inyecciones de poesía hasta que, al final, no sabes exactamente en qué terreno te encuentras. ¿Prosa? ¿Poesía? ¿O simplemente un valiosísimo retrato de la muerte como destructora de la personalidad e incluso del recuerdo de esta?

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