La publicación, hace varias semanas, de la edición remasterizada del corpus fundamental de la obra de My Bloody Valentine, además de generar la expectación correspondiente, puso en boca de muchos el nombre de la discográfica que acogía a la banda liderada por Kevin Shields cuando esta alcanzó su cúspide creativa: Creation. Y, por extensión, también provocó que se invocara la figura de su padre fundador (junto a Dick Green y Joe Foster): el ínclito Alan McGee. Unos y otro forman parte indisociable de la historia del pop-rock independiente británico, en general, y de la leyenda negra del sello londinense, en particular, en la que se sucedieron una serie de hechos oscuros que, paradójicamente, ayudaron a que su mitificación se acrecentara con el paso de los años. Sin necesidad de salir del círculo dibujado por el obsesivo cantante y compositor dublinés y el rebelde pelirrojo alopécico, quedó grabada a fuego en los anales de la música alternativa la tensión surgida entre ambos a raíz de la prolongada y desquiciante construcción en el estudio de Loveless(Creation, 1991), el disco que definió parte de una década (los 90), un género (el shoegaze) y la bendita locura de su autor. Esta experiencia se interpreta, a día de hoy, como un cuento con final feliz, pero durante su desarrollo a punto estuvo de arruinar Creation y de llevar a la quiebra (en todos los sentidos) al propio Alan McGee. Así funcionaba internamente la disquera: en constante estado de ebullición y tensión. Y de un modo similar progresó su trayectoria, trufada de triunfos rotundos y agitación desbocada; de descubrimientos cruciales y fracasos estrepitosos; de escupitajos de arrogancia lanzados por las bocas de sus protagonistas y golpes de humildad procedentes de la industria musical dominante.

Cuando, en 1983, a Alan McGee se le ocurrió la nada original idea de inspirarse en el nombre de su banda favorita, la legendaria The Creation, para bautizar su sello y en el título de una de sus canciones para hacer lo mismo con su nuevo grupo (denominado Biff Bang Pow!, con sus compinches Green y Foster a bordo), los sintetizadores eran los amos y señores de la escena musical y el romanticismo se embadurnaba de laca electrónica. La tecnología se imponía en el universo pop. Sólo el post-punk y el new-wave, desde su posicionamiento underground, parecían hacer frente a la artificialidad que invadía cada estamento del negocio discográfico. De las guitarras de siempre, del pop-rock de los 60 y parte de los 70, nadie quería hablar en la superficie; parecía que, en aquel momento, era un tema tabú. Excepto para Alan McGee, que había logrado transformar su pasión de fan irredento por los sonidos clásicos en hechos demostrables… e inimaginables poco tiempo atrás. ¿Quién apostaría porque un tipo anónimo salido de Glasgow, más inclinado hacia la derrota que la victoria, acabaría siendo el descubridor e impulsor de The Jesus And Mary Chain? Casi nadie, en una época en la que el indie-pop todavía gateaba en pañales y Creation, aunque comenzaba a granjearse una buena reputación en Gran Bretaña, se movía a la sombra de casas ya consolidadas como Postcard o, sobre todo, Rough Trade.

La primera gran prueba de fuego para Alan McGee con su proyecto bien perfilado y avanzado llegaría con la marcha de la formación de los hermanos Reid a Blanco y Negro (subsidiaria de WEA-Warner), a pesar de que el escocés continuaría siendo su manager. Sus hijos predilectos abandonaban el hogar para, poco después, reventar todas las expectativas previas con Psycho Candy(Blanco y Negro, 1985). Perdida la (primera) oportunidad de oro, la respuesta de McGee sería inmediata a la par que sencilla: devolverle la jugada a Warner, rescatando de entre las cenizas dejadas atrás por The Jesus And Mary Chain a Bobby Gillespie (su primer batería) y centrar todos sus esfuerzos en su nuevo conjunto, Primal Scream, que había salido por la puerta de atrás de la citada major. En un principio, daba la sensación de que McGee se conformaba con las migajas y apostaba a fondo perdido, pero Gillespie se empeñó en revertir tales rumores infundados ofreciéndole en bandeja un disco superlativo, Screamadelica(Creation, 1991), obra maestra de la colisión entre el dance (especialmente el acid house) y el rock (en todas sus variantes) que compensó la decepción de no haber acogido la explosión definitiva de los hermanos Reid y que añadió una pica más a la fábula siniestra del capitán de Creation: elegido como disco vencedor del Mercury Music Prize de 1992, McGee había extraviado el cheque de 20.000 libras que se había otorgado a sus autores.

La montaña rusa del sello seguía su curso, con todos sus vaivenes, ascensos y descensos. Su siguiente parada sería la ya descrita al comienzo: My Bloody Valentine iban a pasar de ser una buena banda de guitarras anclada en el pop (colindante con el de la etiqueta C86), la psicodelia y el feedback ruidoso a un tótem que iluminaría a las siguientes generaciones del pop-rock alternativo. Pero ese salto estratosférico tendría un precio, ya que, a pesar de que Creation había aprovechado su (segunda) oportunidad de oro, McGee se veía obligado a dejar su alma en manos del diablo de las grandes casas discográficas si quería mantenerla a flote. En su caso, Sony se convertiría, a partir de 1992, en la autoridad a la que rendir cuentas. Con todo, al escocés le quedaba margen de maniobra para continuar con su peculiar labor de espeleología musical.

Cuenta el mito que una noche, en el club de Glasgow King Tut’s Wah Wah Hut, todo estaba preparado para que los ninguneados 18 Wheeler justificasen su contratación por Creation. Sin embargo, la irrupción repentina en escena de unos tipos llegados de Manchester exigiendo que les permitiesen tocar algunas de sus canciones bajo amenaza de destrozar el local cambió los planes. A la postre, también cambiaría la vida de McGee y de su empresa: Oasis se habían ganado a pulso estampar su firma en uno de sus contratos discográficos. ¿Cuál fue la historia posterior? La gloria en mayúsculas, propiciada por dos discos excelsos (“Definitely Maybe” -Creation / Sony, 1994- y “(What’s The Story) Morning Glory?” -Creation / Sony, 1995-) que encumbraron al brit-pop, conciertos multitudinarios, juergas interminables pobladas por miles de rayas en forma de bandera de la Union Jack, encuentros en la tercera fase con celebridades de todo pelaje y devaneos con la política nacional.

Sin embargo, todo lo que sube, baja. Inmerso en la enorme resaca provocada por la, supuestamente, interminable fiesta del pop británico de los 90, McGee se dio de bruces con la cruda realidad: la troika de Sony exigía, a pesar de lo conseguido, más y mejores resultados y su rígido funcionamiento no era compatible con su visión musical ni con su manera de enfocar los negocios. La decisión de finiquitar la aventura de Creation (tras dejar el enorme XTRMNTR-Creation, 2000- de Primal Scream como epitafio) era irrevocable, mientras sus tres socios fundadores ya habían encontrado sus nuevos destinos: Dick Green en Witchita, Joe Foster en Rev-Ola (antigua división de Creation) y Alan McGee retornando, sin dilación, a sus raíces independientes, en el sentido más amplio y tradicional de la expresión. Con los pocos ahorros que guardaba en sus bolsillos, el escocés aprovechó su salida del gigante de la industria audiovisual para introducirse en la creación de otro sello, Poptones, nacido en el año 2000 y bautizado en honor de una canción de P.I.L. (¡cómo no!), cuyos logros más notorios fueron dar cobijo en Gran Bretaña a los suecos The Hives y descubrir a bandas talentosas pero olvidadas como Captain Soul, hasta que en 2007 diversos problemas financieros le obligaron a colgar otra vez el cartel de ‘cerrado’.

Los tiempos musicales habían variado radicalmente y habían aumentado su velocidad. El espacio para el romanticismo discográfico cada vez era más reducido y resultaba una quimera pensar en reverdecer viejos laureles. La fabulosa retahíla de nombres, además de los comentados, que había elevado la marca Creation y la silueta de Alan McGee al Olimpo del pop-rock alternativo ya formaba parte de las enciclopedias especializadas: BMX Bandits, The Boo Radleys, Felt, The House Of Love, The Pastels, Ride, Saint Etienne, Slowdive, Super Furry Animals, Teenage Fanclub y un largo etcétera. Algunos de los protagonistas de este listado desfilan por el documental Upside Down: The Creation Records Story(Danny O’Connor, 2010) para dar testimonio de que lo que sucedió dentro y fuera de las paredes de la casa Creation fue totalmente verídico, aunque a día de hoy parezca que todo formó parte de una gran sueño. Alan McGee lo visualizó en su cabeza, lo hizo realidad, lo vendió al mejor postor y no pudo evitar que se difuminase. Pero la memoria siempre lo conservará como el reflejo de una era musical irrepetible.

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