Diario-de-1926

Y eso que el narrador nos lo advierte desde un principio: “Mi propósito aquí es escribir una historia, no un ensayo” (p.15). Pero, ¿dónde la historia? Al confesarnos qué haría si ésta “se viniera abajo”, el narrador propone una solución nada convencional: avanzar sobre líneas paralelas. “Si la historia se viniera abajo, emprendería de inmediato otra cosa, algo nuevo, ya que nunca me apoyo en una única idea creativa, sino que por dentro y de manera regular me baso en el hecho de que en el mundo moral hay siempre algo excelente y que me admira: los paralelismos. Con ello me refiero al camino que intenciones, deseos y aspiraciones distintos recorren juntos en la misma dirección, intenciones, deseos y aspiraciones que, aun sin confundirse como gemelos o trillizos, no dejan de tener un aire parecido, un poco como los hermanos buenos y felices que se llevan bien” (págs. 15 y 16).

De acuerdo. No apoyarse “en una única idea creativa”, avanzar sobre líneas paralelas. Y, sin embargo, el entramado de subordinadas que el narrador emplea para explicar en qué consisten dichos “paralelismos” sugiere que el avance no va a ser progresivo, aún menos convencional. ¿Avanzar en la lectura a través de líneas que jamás se juntan? El narrador nos anima entonces a cruzar puentes. Así describe sus “comentarios hechos al paso” (p. 23): “Un puente que tiendo sobre los momentos en los que quizá no se me ocurre nada que decir” (p. 23). Puede que sea posible moverse entre las intenciones, deseos y aspiraciones del narrador, pero los puentes que arroja se extienden de tal forma que establecen, a su vez, líneas paralelas, ninguna de las cuales está conectada con la siguiente, de forma que traman, de nuevo, un intricado texto infinito.

En “Diario de 1926” (La uÑa RoTa, 2013) de Robert Walser (Suiza, 1878-1956), la literatura se hace consciente de su propia condición y por ello se hace objeto de sí misma. Para empezar, este diario no es un diario, o lo es sólo porque fue redactado en un borrador a lápiz en el reverso de una hoja de calendario. Se sabe que Walser transcribió el texto a limpio con la intención de publicarlo. Fue en Berna (Suiza), poco antes de morir. Se editó por primera vez en alemán en 1967, once años después de su muerte, y ahora La uÑa RoTa lo presenta por vez primera en castellano.

Pero, ¿cómo avanzar en su lectura? En otro pasaje del libro, ese entramado de líneas que jamás convergen toma la forma de un bosque: “Nuestra ciudad se caracteriza por estar rodeada de bosques. Uno de los bosques o bosquecillos que se extiende hacia esta o aquella dirección presentaba ayer un aspecto grácil, en cierto sentido caprichoso. El interior del bosque tenía un no sé qué jaspeado, estaba graciosamente iluminado, animado, surcado, dividido por toda clase de lucecitas. El espectáculo tenía algo inofensivo y al mismo tiempo embaucador y así, mientras vagaba por este encantador paisaje de adornos y aderezos en punta, iba pensando en antiguos paseos por otros bosques, de los que tal vez hable luego no bien se preste la ocasión, lo cual será dentro de poco”. (p. 24)

La traducción de Juan de Sola reproduce la sonoridad y el brillo de la metáfora walseriana: los bosques se extienden a las afueras; son, por lo tanto, periféricos, se hallan lejos del centro. Son, además, heterogéneos, están formados por incontables bosques individuales, bosquecillos dentro de bosques descomunales que se extienden “hacia esta o aquella dirección”. Juntos, forman un ente “iluminado”, “animado”, “surcado” y “dividido por toda clase de lucecitas”. Han crecido unos dentro de otros, al igual que las subordinadas que los describen, están entrelazados, entremezclados, crecen sin patrón definido, sin unidad maestra ni forma. Al explorar este territorio abigarrado, marginal y salvaje, el narrador (al igual que el lector) se adentra en “paseos” que ha dado “por otros bosques”. Si bien difiere del entramado de puentes y paralelas del principio, la idea es idéntica: seguir las múltiples líneas de una narrativa que no desemboca.

En las apenas ochenta páginas de este “Diario de 1926“, la prosa de Walser construye y de-construye su propia mímesis a base de auto-reflexión, lo cual se enfrenta a la (ilusión del) realismo. Así pues, el narrador no hace sino revelar, una y otra vez, que está inventándose el material con el que construye la historia que, nos dice, se dispone a contar. De esta forma, nos muestra que su narrativa es ficción. El texto llama la atención sobre su condición de artefacto, convención que se asocia a literatura modernista y posmoderna. La historia que, se supone, nos cuenta, parece tener poca o ninguna importancia, ya que nuestra atención se desvía, lo queramos o no, al narrador y su mundo.

Como el narrador, el lector avanza en líneas rectas que jamás convergen, cruza puentes, o bien se encuentra en un bosque, cuyos senderos surgen y desaparecen, nos llevan en una u otra dirección. Podemos decantarnos por un camino y perdernos, o que éste nos conduzca a otros que, a su vez, corren paralelos. Puede ocurrir que nos adentremos en un sendero que avanza en círculos y vuelve al comienzo. Incluso en ese caso lo habremos hecho a través de un paisaje que cambia la lectura para siempre. Puede que incluso no hayamos vuelto al mismo sitio, sino que lo hayamos hecho a un lugar diferente, inesperado. En cualquier caso, ese lugar no es el final del trayecto. Al fondo se atisban nuevos caminos, nuevas aventuras.

[José de María Romero Barea]

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