el-fin-de-los-dinosaurios

Javier Tomeo, que murió el año pasado, escribió uno de los cuentos más cortos de la historia de la literatura; titulado “Cocodrilo”, dice lo siguiente: “Soy un cocodrilo y no puedo sacar la lengua. A lo mejor esa es la razón por la que no puedo deciros adiós”. (p. 77). Último microrrelato de “El Fin de los Dinosaurios” (publicado por Páginas de Espuma en este año 2014), esta breve narración bastaría para considerar a Tomeo (Huesca, 1932 – Barcelona, 2013), que jamás obtuvo premio o reconocimiento alguno salvo el de novela corta “Ciudad de Barbastro” en 1971, como uno de los escritores más inteligentes y originales de nuestra lengua. Valga como ejemplo la historia que da título a la colección: “Gabriel me dice que los dinosaurios desaparecieron de la Tierra porque tenían un cerebro minúsculo. Según mi amigo, les faltaba sensibilidad y recibían tarde los mensajes de dolor que les llegaban al cerebro. Cuando se hacía la noche y aquellos gigantes (soñando tal vez amores imposibles) se quedaban dormidos a la luz de la luna, otros animales más pequeños se los comían impunemente (…). Mala cosa descubrir que nuestros enormes y leales corazones de herbívoros continúan latiendo como si tal cosa entre nuestras costillas mientras las hienas, hartas de carne, se ríen a lo lejos” (p. 81).

El Fin de los Dinosaurios” pertenece a una colección de “microcuentos”. Se trata, al igual que el resto de la serie, de una fantasía surrealista e irónica que reduce la forma del cuento a su esencia, dejando al descubierto la complejidad del mensaje subyacente. En general, la prosa breve de Javier Tomeo elude el mensaje directo, se ofrecen los detalles al desnudo, nos obliga a usar la imaginación. Y, sin embargo, no es tanto encontrar la palabra exacta lo que hace que Tomeo escatime en detalles, sino ofrecernos una radiografía de la naturaleza humana lo más fiel posible. Se diría que, en “El Fin de los Dinosaurios“, el escritor aragonés pretende, además, subvertir las nociones conocidas. En “Los Amores del Lobo”, cuento que abre la serie, se produce el encuentro entre el narrador y un lobo. El primero advierte al segundo que es el último lobo de la comarca, ya que su antepasado, el lobo que devoró a Caperucita, murió hace tiempo. El último lobo suspira y reconoce que él mismo hace años que está muerto, después de tantos años de soledad y abstinencia sexual.

Los animales juegan un papel importante en la colección de cuentos que nos ocupa. Pero, al igual que ocurre en las fábulas, el animal es, al mismo tiempo, humano, demasiado humano. En una historia, “El Gallo”, esta ave de corral personifica una libido desenfrenada: “Otra vez canta el gallo, pero ahora no lo hace para anunciar el nuevo día. En esta ocasión se sirve de su kikirikí para proclamar a los cuatro vientos su potencia sexual. – Amigos míos, aquí donde me ven soy capaz de satisfacer a las treinta y dos gallinas de este corral – dice, alzando la cresta. Nadie le contradice.” (p. 70). “Las Gaviotas asesinas”, “El Cerdo de los Ojos Azules” o “La Fama de los Murciélagos” son otros ejemplos de historias protagonizadas por animales. Que estas historias sean fábulas puede considerarse una nueva subversión de Javier Tomeo, ya que sus microrrelatos se encuentran en las antípodas de la moral tradicional popular y del subgénero literario que se atribuye a Esopo.

En su brevedad, estos relatos adquieren vida propia. Tomeo consigue esbozar rasgos complejos que adquieren pleno significado con cada relectura. Incluso cuando no hay vida física en la historia, como en “La Sombra Insensata”, el autor consigue emocionar, creando una inesperada profundidad con la menor de las pinceladas: “En esta ocasión, las cosas suceden al revés. Yo sigo inmóvil, pero mi sombra se independiza, se mueve y sigue hacia delante en busca de su propio destino. Quiero detenerla, pero no puedo. Le digo que es una insensata y se ríe.” (p. 84).

En paralelo a la gruesa vena de comprensión humana, recorre estos relatos un potente sentido del humor. La sátira de “Orgullo de Bacalao” consigue esbozar una burla de raíz política. En “Las Noches Locas de Blancanieves” el narrador advierte a su amigo Edelmiro que Blancanieves es un personaje de ficción, y Edelmiro apostilla que precisamente por eso está enamorado de ella, “porque no existe en este mundo – Por eso ni siquiera me importan las noches locas que haya podido pasar con los enanitos.” (p. 87); uno puede imaginar a Franz Kafka retorciéndose de risa con las historias “Oficina de Reclamaciones”, “Usufructos y Tutelas” o “El Amor de las Cucarachas”: Recaredo comparte su apartamento con un ejército de cucarachas. No es, obviamente, que vivan revueltos. Las cucarachas disponen de su espacio y Recaredo del suyo. Por las noches, sin embargo, cuando las cucarachas desde lo más profundo de sus escondrijos oyen como Recaredo – tal vez con más dificultades de las normales por culpa de alguna copa de más – trata de introducir la llave en la cerradura, se ponen todas en marcha y acuden en tropel a recibirle a la puerta agitando jubilosamente las antenas, del mismo modo que los perrillos falderos, en circunstancias parecidas, suelen mover el rabo.” (p. 137).

Las criaturas de Tomeo anidan en silencio en nuestra mente, y es sólo después de algún tiempo que las sentimos hablarnos al oído. Criaturas del siglo XXI, sus animales raramente se interesan en algo tan simple como la supervivencia – son criaturas ávidas de conocimiento, amor y poder. En sus cuentos, una línea muy fina separa a las bestias de los sabios, a los listos de los tontos, a la virtud y del vicio. Considérense los esfuerzos de Fido, “El León Enamorado” de una gallina que no le corresponde: por eso afirma “Creo que yo debería haber nacido gallo” (p. 138). O “El Hombre Chinche”, que se cree un asesino capaz de dar picotazos y succionar a sus víctimas. “Muy bien – le pregunté –. Díganos : ¿dónde tiene usted las antenas? (…) El hombrecito no supo qué responder y se echó a llorar.” (p. 143). O la mordaz, aguda y astuta visión de “El Corazón del Caracol”: “Mi corazón espaciará sus latidos al máximo [afirma el caracol al describir cómo sobrevivirá a su letargo]. De treinta cuatro pulsaciones por minuto descenderá a tres o cuatro. En cierto modo, será como una muerte aparente. – Lo que no sabía es que los caracoles tuvieseis también corazón, aunque sea muy rudimentario – le digo –. Hay hombres que no llegan a tanto.” (p. 157).

Los microcuentos de Javier Tomeo son artefactos pulidos al máximo, sofisticado e irónico entretenimiento. Si bien las historias cortas del autor aragonés se caracterizan por la sátira, detrás de las alusiones mordaces a las debilidades y defectos se muestra un sentido generoso y expansivo de la compasión. Concisión e ingenio. No son mal epitafio a toda una vida dedicada a la literatura.

[José de María Romero Barea]

No Hay Más Artículos

Send this to a friend