Entonces Llegamos al Final” (RBA), el debut de Joshua Ferris (que recientemente ha sido incluido en la lista de los mejores escritores de menos de cuarenta años que ha publicado el New Yorker), se desarrolla en una agencia de publicidad en plena regresión económica. Empieza a faltar el trabajo y a haber despidos, los empleados se ponen nerviosos y parece que la única salida que tienen es reunirse en despachos, esquinas o cubículos poco frecuentados por sus superiores para dedicarse al chismorreo. Uno de los empleados de la agencia es Hank Neary, un aspirante a escritor que se viste con chaquetas de pana y coderas como si fuera una parodia de un profesor de literatura. Este personaje está escribiendo una novela “pequeña” e “iracunda” sobre el lugar de trabajo. Sus compañeros no entienden por qué se ha decantado por un tema tan poco atrayente y él les intenta explicar que nos pasamos más de media vida en el trabajo, que compartimos la mitad de nuestra existencia con personas de las que en el fondo no sabemos nada. Sabemos que Marcia lleva un peinado ridículamente pasado de moda y escucha música infumable, que Benny es judío y tiene un talento especial para explicar anécdotas, que Jim es socialmente torpe y siempre acaba siendo el chivo expiatorio de la oficina, que Tom Mota lee a Ralph Waldo Emerson y que se toma dos Martinis durante la comida y luego empieza a despotricar contra todo, etc. Pero, en realidad, no sabemos nada de ellos.

La novela de Joshua Ferris no acaba siendo ni pequeña ni iracunda. Es un libro eminentemente humorístico, pero el autor es plenamente consciente de que “novela de humor” no quiere “obra pequeña”. “Entonces Llegamos al Final” es una novela seria, con más profundidad de lo que deja entrever la contracubierta. Tampoco es una novela iracunda, el humor nunca es satírico ni agresivo, es más bien entre ácido y amargo, con cierto toque de melancolía. La característica que sin duda más llama la atención del manuscrito de Ferris es que está escrita en primera persona del plural, un recurso que muchas veces suele acabar en un fracaso total pero que aquí funciona a la perfección, ya que se trata de dar una voz colectiva a un grupo de empleados que no se pueden distinguir los unos de los otros, con las mismas preocupaciones, un conformismo idéntico y un desprecio igual por cosas como el café de máquina, los calendarios y las manecillas del reloj.

Sin embargo, no es una novela sólo para los que trabajan en una oficina o los seguidores de las tiras cómicas de Dilbert y la serie “The Office”; es un libro para todos los que sepan lo que es trabajar con otras personas, sentirse frustrado por el trabajo y a la vez temer perderlo. Es extrañamente conmovedor ver cómo Carl Garbedian cae en una depresión pero se niega a aceptarlo, cómo Chris Yop al perder su trabajo pasa de la negación a la ira pero nunca llega a la aceptación, o bien cómo Tom Mota parece que está perdiendo la poca razón que tenía hasta el punto que nos preguntamos si será capaz de cometer una locura. Es una novela sobre personajes que se hunden e intentan salvarse como pueden. Es muy divertida, pero a veces también es conmovedoramente triste. Es una obra arriesgada, original, incisiva e inteligente, con un estilo que se asemeja a las muñecas rusas porque, sin llegar a confundir nunca el lector, hay conversaciones sobre conversaciones que tratan de otras conversaciones. Joshua Ferris, con gran maestría, nos narra historias dentro de historias que a la vez están dentro de historias, y nos implica de una forma íntima y especial en este relato, nos convierte en uno más de los empleados de esta oficina y, cuando el libro se termina, sentimos una cierta nostalgia porque ya no volveremos a saber de estos personajes.

[Núria Casademunt]

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