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Una de cal y otra de arena. Así, con lo de Malú resonando en mi cabeza, empezaba para nosotros ayer la 61 edición del Festival de Cine de San Sebastián. Y, a pesar de todo, bendito final de jornada con una de las películas del año, que redimió cualquier amago de catástrofe inicial. Vamos al lío.

La inclasificable “Mujer Conejo” de Verónica Chen servía para abrir nuestro periplo festivalero. La trama viene a ser algo así: una joven inspectora está dispuesta, a pesar de los consejos de sus corruptos superiores, a entrometerse para desenmascarar un tinglado mafioso que tiene instaurada la colonia china en su ciudad. La muchacha, que tiene dos amigos con derecho a roce (y curiosamente los dos acaban salpicados por el trapicheo mandarín con nefastas consecuencias), ante semejante quilombo decide dejar la ciudad y escapar al campo, donde se encuentra con una súper raza de súper conejos carnívoros de ojos inyectados en sangre. Ahí, con la ayuda de unos abueletes mitad pamperos, mitad euskaldunes, tendrá que sobrevivir a la doble amenaza: los conejos mutantes y los mafiosos asiáticos con muy mal catite. El resultado final es cruel con el espectador, que asiste ojiplático (en el mejor de los casos) al desarrollo bastante inconexo de la trama, que alterna secuencias de animación bastante pedestres y que acaba resultando globalmente chirriante y esperpéntica. Un zancocho, vamos.

Mucho mejor sabor de boca nos dejaba el cortometraje “Zela Trovke“, de Asier Altuna, que se proyecta conjuntamente con “Mujer Conejo“. A partir de la historia de una canción popular centroeuropea (incluida en el género de las “moritat”, relatos musicados sobre asesinatos) y la interpretación que hace de ella la orquesta Holland Baroque Society y en particular su violinista Maite Larburu, el cineasta no necesita más de quince minutos para elaborar una reflexión ejemplar sobre la (re)creación, la improvisación y el impulso, cerrando su pequeña gran obra con un plano bellísimo de Larburu en bicicleta casi difuminándose con el paisaje urbano que la observa.

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Punto y aparte merece, por supuesto, “La Vie d’Adèle“. Palma de Oro en Cannes, premio FIPRESCI y aplauso unánime (casi sin precedentes recientes) de la crítica, la obra de Abdellatif Kechiche sin duda representa uno de los fenómenos cinematográficos del año. La cinta se presentaba en una única sesión y a unas horas que recomendaban perderse la primera sesión matutina del siguiente día (muchos nos íbamos a dormir ayer pasadas las 3:00 de la madrugada, y no por cuestiones gambiteras), en una decisión cuanto menos polémica. Entrando en materia, la película es, en esencia, una maravilla. Kechiche presenta el fragmento de vida de la protagonista que se extiende desde la proto-adolescencia hasta la plena inmersión adulta de forma fluida, natural y naturalista, prestando especial atención al recorrido sentimental y sexual de Adèle con respecto a Emma (estupenda Léa Seydoux). La narración fluye sin exabruptos, vertebrada en unos primeros planos extremos, extraídos casi con microtomo, haciéndonos cercanos y sinceros partícipes del cuento de amor y dolor de la joven protagonista.

Esa sensación de fisicidad extrema, que apenas se desvanece en ese último plano en el que Kechiche nos da opción y espacio para respirar, acaso suspirar, tiene su causa principal en la hasta ahora desconocida Adèle Exarchopoulos. La joven actriz francesa sobresale por encima de cualquier otra consideración, dotando al personaje de una voluptuosidad emocional y física superlativa: cuando come, cuando ríe, cuando llora, cuando folla. Su interpretación de Adèle, hiperrealista hasta cotas a veces casi angustiosas, es la punta de un iceberg cálido, como la luz que penetra entre los cuerpos de Adele y Emma, como el azul de su título completo (“Blue Is The Warmest Colour“). Película-escultura, como las que admiran las dos protagonistas en una de sus primeras citas, rotunda y sin aristas, de una fluidez desbordante, cuya única pega que podemos atrevernos a ponerle es cierta permisividad en su metraje: sus tres horas de duración comprometen la intensidad del relato en ciertos momentos, preferentemente en su último tercio. Aun así, dolorosamente física, ultrajantemente física, maravillosamente física, “La Vie d’Adèle” realmente justifica su merecido hype.

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El gran Hirokazu Kore-Eda llegaba con la vitola de haber emocionado en Cannes al mismísimo Steven Spielberg (que también dices, joder, es que es Spielberg, que no es Unabomber) y, en fin, damos fe: hemos visto hombres maduros de todos los pelajes derramar alguna lagrimita en la proyección de “Like Father, Like Son“, su última película. Pero no nos extraña, ya que el director japonés ha demostrado que, cuando quiere, sabe dar con la tecla de los sentimientos diríase que sin trabajo alguno. Y es que Kore-Eda parece tener una varita mágica que convierte en absolutamente natural algo tan anti-natural como es el intercambio erróneo de dos bebés en el hospital, base argumental de esta conmovedora historia. Como en su brillante “Still Walking“, aquí Kore-Eda vuelve a disfrazarse de paisajista familiar, de funambulista del drama tierno y amable, con más que apreciables resultados. El cineasta nipón vuelve a dotar a su obra de un humor y sentimentalismo en inquebrantable equilibrio. Así, la película se sumerge sin reproches pero sin riesgos en un atenuado crescendo dramático, que se resuelve sin estridencias gracias al tino de su director a la hora de enfatizar la sencillez en el desarrollo narrativo. Una pequeña delicia.

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