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Resulta curioso y, a la vez, desconcertante afirmar que, tras doce años de existencia, el Festival do Norte de Vilagarcía de Arousa (Pontevedra) tuviera que superar en su edición de 2013 una doble reválida. La primera, durante su planificación, ya que el habitual y obligatorio apoyo institucional, clave en su realización, dependía de que se conociese la configuración y los beneficios de la oferta del evento, como si se hubiese olvidado, por arte de magia, su dilatada y brillante historia y sus positivas consecuencias sobre el circuito gallego de música en directo en particular y cultural en general. Y, la segunda, una vez confirmada su continuidad, para constatar que las poco alentadoras previsiones surgidas a su alrededor por los efectos de la crisis económica actual no impedirían hacer un balance final positivo pensando en su supervivencia a corto plazo.

Si nos quedamos exclusivamente con las cifras, las aproximadamente 12.000 personas que, según la organización, pasaron por el recinto exterior de Fexdega durante los dos días de duración del certamen, no cumplieron con lo esperado a priori y se quedaron lejos de las 18.000 del año anterior, que había registrado el recórd de afluencia del festival arousano. Las sensaciones vividas sobre el terreno, sin embargo, indicaban que los números nada tenían que ver con la creación del ambiente idóneo que se respiró a lo largo del fin de semana, en el que confluían en armonía jóvenes melómanos y aficionados más curtidos (se apreciaba que la media de edad del público había aumentado con respecto a ediciones pasadas). El cartel artístico no incluía nombres de relumbrón de la escena nacional independiente y no tan independiente (como en 2012) ni grandes estrellas foráneas (como en 2011) pensados para atraer una atención masiva, pero los grupos que lo fueron desgranando en una veintena de conciertos destacaron por ofrecer interesantes y diversos puntos de vista de la denominada música alternativa. Así, el Festival do Norte 2013 aumentó su carácter de escaparate que mezcla propuestas quizá no demasiado arriesgadas pero sí actuales con outsiders, clásicos y valores a seguir muy de cerca.

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VIERNES. 17 de mayo

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ESCENARIO ESPÍRITU RÍAS BAIXAS. El juego puesto de moda los últimos años entre los asistentes al Festival do Norte es adivinar las condiciones meteorológicas que lo acompañarán, sin que ni siquiera las nuevas aplicaciones tecnológicas les aseguren un resultado fiable. Esta vez, volvió a repetirse tal rito con la esperanza de que el retraso de sus fechas de celebración ayudase a disfrutar de un tiempo benigno. Pero no fue así, lo que, sumado a que la jornada inaugural estaba marcada como festivo en el calendario de la comunidad gallega, provocó que el decorado inicial del recinto de Fexdega pareciese un desierto… húmedo. A Pedrito Diablo y Los Cadáveras les hubiera encantado lo contrario: que fuese seco, muy seco; y caliente como el infierno. También, que estuviese situado en la frontera entre Estados Unidos y México, para que su combinación de rock & roll, rockabilly y surf instrumental de aromas chicanos adquiriesen todo su sentido. A pesar de ello, sus guitarras, trompetas, lazos mexicanos y, sobre todo, su actitud lograron trasladar una todavía escasa audiencia a ese cinematográfico espacio, en el que tanto podían sonar una versión sui generis del tema principal de la película “El Padrino” como algún pasaje (“La Cárcel de Tijuana”) inspirado en las bandas sonoras de Quentin Tarantino. Si por ellos fuera, hubieran dejado la carpa secundaria convertida en una fiesta tex-mex abierta hasta el amanecer.

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De amaneceres, pero relajados, luminosos y cálidos, también sabe Jorge Pérez, la voz y cara más visible de Tórtel. Su repertorio sonoro parece que está diseñado para musicar momentos del día como ese y todos aquellos que se viven con calma, felicidad y entusiasmo, tal como refleja el último trabajo de la banda, “Entusiasmo” (El Volcán, 2012). Pero la tarde estaba avanzando gris y plomiza, algo que contrastaba con la luz que irradiaban “Los Cantantes”, la tropicalista “Héroe del Río” o una vigorosa “Tórtel lo Hace Todo sin Mirar” (esta perteneciente a su debut, “Lugar Nuevo” -Los Enanos Gigantes, 2009-), perfectas para elevar los ánimos y buscar el cariño compartido. No importaba que fuera lloviese: el pop agradable y accesible de la banda valenciana funcionaba como antídoto contra las adversidades climatológicas y otro tipo de calamidades más humanas.

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La transparencia melódica de Tórtel mutó en arrebatadora electricidad suntuosamente adornada en manos de Elba Fernández o, lo que es lo mismo, Jane Joyd. Reforzada por cello, violín, trompeta y piano, la cantautora destapó en directo la intensa esencia de su referencia más reciente, “Shy Little Jane Presents: The Dramatic Tale Of Her Animals” (Origami, 2013), postulándose por sus meritorios modos más como buena aprendiz de PJ Harvey que como aventajada alumna de la academia del neo-folk femenino español. Sólo los murmullos de fondo que salían de un foso cada vez más poblado rompían en determinados momentos la deliciosa tensión que la coruñesa creaba con su gran voz y la elaborada instrumentación que la rodeaba para sacar hacia fuera todos sus sentimientos, justo lo opuesto a lo que sucedía en su etapa más folk e intimista. De esa manera, Jane Joyd  mostró con decisión su potente y compacta personalidad musical (pese a su frágil figura) y cargó la atmósfera del segundo escenario de una sutil y embriagadora energía.

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La ventaja de participar en festivales es que, muchas veces, un grupo o artista puede aprovechar la inercia dejada tras de sí por su predecesor para ejecutar su actuación. A Antonio Luque no le hizo falta nada de eso para llevar en la dirección correcta la nave de Sr. Chinarro (formada por Marc Greenwood, Pau Roca y Jordi Sapena de La Habitación Roja, además de Alfonso Luna de Tachenko). Y eso que daba la impresión de que no iba a ser su mejor día: él mismo confesó que tenía más ganas de hablar que de tocar. De ahí que sacase a pasear su habitual locuacidad (divagó sobre Bob Dylan, el ya célebre pueblo de Churra e incluso “Juego de Tronos” y otras “series pseudo-pornográficas”…) mientras hacía una pausa para introducir en una batidora rockera temas de su nuevo LP, “Enhorabuena a los Cuatro” (Mushroom Pillow, 2013), como “El Destino Turístico”, “Mal de Cabeza” o “Las Fuerzas de la Naturaleza”. Dadas su condición de compositor prolífico y su vasta discografía anterior, no sé olvidó de rescatar, cuando la banda ya había cogido carrerilla, algunas de sus piezas más destacadas: “El Rayo Verde”, “Los Ángeles”, “Quiromántico”, una agitada “Babieca” o una bailonga “Todo Acerca del Cariño”, que supieron a miel para los más duchos en la materia chinarra. Los que no la dominaban tanto festejaron con efusividad dos de sus himnos más claros, “Una Llamada a la Acción” y, por encima del resto, una alargada y ruidosa “Del Montón” que puso el broche a un concierto que contuvo todas las particularidades de Sr. Chinarro en directo. Ya sea en reuniones multitudinarias o en salas de aforo reducido, su planteamiento siempre funciona.

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ESCENARIO ESTRELLA GALICIA. Ese mismo debate sobre los lugares (amplios o privados; abiertos o bajo techo) que resultan más adecuados para ciertos músicos surgió a propósito de Guadalupe Plata, que alzaban el telón del escenario grande del festival. Teóricamente, su blues-rock de raíz norteamericana, grasiento, garagero y moderno pero interpretado a la vieja usanza (como su peculiar contrabajo hecho con un barreño, un palo y una cuerda), encaja como un guante en todo espacio que recuerde a los humeantes y oscuros tugurios en que se desarrolló tal género. Pero el trío de Úbeda recurrió a su virtuoso efectismo y a su implacable efectividad para llenar el ancho decorado con sus incendiarias y sudorosas jams y trasladar toda su garra a una audiencia entre entregada al baile y sorprendida por la propuesta de los andaluces. Lógico, ya que no es habitual por nuestros lares observar cómo una carpa festivalera se transforma en un templo dedicado al rock pecaminoso.

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Por el lado opuesto, ocupado por el pop inocente y juvenil, aparecieron los emblemáticos The Primitives. La razón de su inclusión en el cartel del Festival do Norte 2013 recordaba en cierta manera a la de The Vaselines un par de años atrás: banda de los 80 semi-olvidada regresa con un álbum muy digno y sale a la carretera para presentarlo y rememorar sus viejos clásicos. Eso fue lo que hicieron la pizpireta (a pesar de su edad) Tracy Tracy y los suyos: recuperar para la ocasión la dulzura del bubblegum-pop ochentero que se movía entre los sonidos sixties y la efervescencia C86 vigente en aquella época. De ella, los de Coventry revisaron temas de melodías saltarinas y frenéticas como las de “Stop Killing Me”, “Sick Of It” o “Thru’ The Flowers”, que despertaban en los más talluditos imágenes de tiempos pasados y mejores. Aunque el verdadero motivo de su presencia en Vilagarcía era su último trabajo, “Echoes & Rhymes” (Elefant, 2012), del que despacharon, por ejemplo, “Panic” o “Turn Off The Moon”. Su set iba como la seda de un algodón de azúcar, repleto de buenas vibraciones y estribillos pegadizos, hasta que se vieron obligados a recortarlo para desgracia de su guitarrista Paul Court, que iba a coger el testigo vocal de Tracy Tracy. Con lo que “Crash”, la canción más deseada, llegaría antes de lo esperado llenando de júbilo al gentío y certificando la capacidad del pop de cambiar en tres minutos la vida de las personas.

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El que viró el timón de su vida artística hace un año fue Xoel López con la publicación de “Atlántico” (Esmerarte, 2012), un disco que el coruñés todavía está rentabilizando en directo, lo que provoca que haya perdido su frescura inicial. Tanto sus seguidores de siempre como los que pasaban por allí disfrutaron con la (enésima) escucha de canciones reconfortantes y coreables como “Hombre de Ninguna Parte”, “Caballero” o “Por el Viejo Barrio”, banda sonora de una improvisada verbena porteña. Sin embargo, a la vez que esa poética fórmula regada de suaves sonidos latinoamericanos se iba completando (sólo rota por temas eléctricos y antiguos como “Los Jóvenes Mueren Antes de Tiempo”), iba entrando en un peligroso terreno plano y carente de vivacidad. Demasiada calma para un público que ya necesitaba emociones más fuertes.

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Por ello agradeció el derroche físico y musical de los integrantes de La Habitación Roja, que llegó al punto de que su cantante y guitarrista, Jorge Martí, se abriera una ceja. Quizá su edad de oro haya transcurrido a mediados de la década pasada, a pesar de que desde hace tres años están logrando un mayor impacto comercial. Esta circunstancia se notó, casi de forma natural, en la reacción de los espectadores: mientras que los más jóvenes gritaban a pleno pulmón las canciones (“El Resplandor”, “Annapurna” o “Indestructibles”) de “Fue Eléctrico” (Mushroom Pillow, 2012), los experimentados (al igual que un servidor) se decantaban por seguir el compás de “Nunca Ganaremos el Mundial”, “Scandinavia” o “El Eje del Mal”, temas de “Nuevos Tiempos” (Mushroom Pillow, 2005). Durante el proceso, interesase más o menos su actuación, había que reconocer que el grupo valenciano no había perdido un ápice de su sonido fibroso y sólido, que unas veces se convertía en una auténtica oleada pop-rockera y otras en pasajes melódicos derrite-corazones (“La Segunda Oportunidad” o “Voy a Hacerte Recordar”) que sirvieron para alcanzar el clímax de su show.

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Aunque, para clímax en mayúsculas, el que se viviría tras los valencianos y que servirá para tener grabada a fuego en la memoria la primera noche del Festival do Norte 2013. Triángulo de Amor Bizarro estaban preparados para arrasar con todo y, como dijo Isa, sin contemplaciones dieron inicio al “encabronamiento”. Literalmente. Porque ante los de Boiro empezaron a producirse gestos de incredulidad, rechazo, miedo y asco; pero también de placer, euforia y conexión absoluta con su apabullante noise-rock preñado de distorsión y rabia. A estas alturas, debería conocerse al dedillo cómo manejan su material radiactivo Isa, Rodrigo, Zippo y Rafa. Sin embargo, siempre queda un resquicio para la sorpresa. En Vilagarcía tocaba catar en directo algunas de las nuevas composiciones que entrarán en su inminente tercer álbum, “Victoria Mística” (Mushroom Pillow, 2013): por una parte sobresalieron las estructuras progresivas y cósmicas en las que se apoyaban un par de ellas, cantadas tanto por Isa como por Rodrigo, hasta estallar cuales supernovas perdidas en el espacio; por otra, se confirmó la contundencia de las conocidas “Robo tu Tiempo” (con el sintetizador llevado al límite), “Estrellas Místicas” y la catártica “Ellas se Burlaron de mi Magia”. El tsunami revienta-tímpanos adquiría cada vez mayor altura, y en él se acoplaban a la perfección los clásicos del cuarteto “Amigos del Género Humano”, la sublime “El Fantasma de la Transición” o “De la Monarquía a la Criptocracia”. El fulgurante concierto de TAB terminó por ser toda una experiencia sensorial, un aquelarre sónico de tintes ancestrales polémico e incomprendido. El zumbido en los oídos aún no se ha disipado del todo. Qué gusto…

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Menos mal que a aquellos que habían huido despavoridos de la carpa principal todavía les quedaba una oportunidad, antes del cierre de la jornada, para regresar a ella gracias a Dorian, que refrendaron su estatus de grupo de seguimiento masivo dentro de la parroquia indie amante del electro-pop de épica con extra de glucosa. En este sentido, los barceloneses se mostraron como unos New Order de gominola transmisores de vacuos discursos existencialistas post-adolescentes e insertados en píldoras para tomar en amor y compañía (“Verte Amanecer”, “La Mañana Herida” o “Paraísos Artificiales”) o con la mirada tornada hacia el suelo (los medios tiempos “El Temblor” o Las Palabras”). Estos vaivenes anímicos hicieron que su set resultase irregular y no cuajase del todo, a pesar de que había levantado relativamente el vuelo mediante su himno “A Cualquier Otra Parte”. Dio la sensación de que Dorian se movieron según el significado de la frase que titula su último álbum: la velocidad del vacío.

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