Nuestra crónica del Festival de San Sebastián 2015 aborda tres films muy esperados: “Mountains May Depart”, “Trois Souvenirs de Ma Jeunesse” y “El Clan”.

 

Un ya habitual del festival, como es el cineasta chino Jia Zhangke, presentaba su última obra en la sección Perlas: “Mountains May Depart“, una película que narra veinticinco años en la vida de tres amigos, una mujer y dos hombres, cuyas rutas tomarán caminos distintos a partir de un hecho a priori moderadamente banal, pero a la postre trascendente. Lo que inicialmente es un triángulo amoroso jovial, despreocupado, que recuerda vagamente al de “Banda Aparte” de Jean-Luc Godard, se torna violento e inmanejable cuando aparecen los celos y el ansia de posesión. A partir de aquí, se construye un drama fluido, precioso, moralmente interesantísimo. Ideas a propósito del determinismo, la libertad (emocional pero también económica), la evolución/involución tecnológica o el anhelo de las raíces son tratados de forma tan sensata como inteligente mediante un trazo sencillo, sin saturar en exceso la trama propuesta.

Asimismo, la inclusión de pequeños momentos explosivos de catarsis lúdica, a veces abiertamente cómica, contribuye a que una obra de calado densísimo en su trascendencia personal como es esta, sea ligera en sus formas. Un suspiro de cine total, con una de las escenas de apertura más euforizantes y preciosas que recuerdo haber visto últimamente en una sala. Cabe destacar que se aloja en los primeros minutos de “Mountains May Depart” la que seguramente sea una de las imágenes más bellas de todo el Festival de San Sebastián 2015 para quien esto firma: un gran plano general picado en el que los tres protagonistas en plena juventud se disponen formando un triángulo, como el que forman sentimentalmente, en paralelo a una orilla de la playa mientras se disparan fuegos artificiales. Esta imagen, una metáfora brillante de la eclosión dramática de la película, vale como apertura de un camino donde la sincronía entre lo formal y lo narrativo es verdaderamente irreprochable.

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También nos ha parecido muy notable “Trois Souvenirs De Ma Jeunesse“, la película de Arnaud Desplechin presentada igualmente en Perlas. La cinta presenta a modo de flashback la vida pretérita de un antropólogo, deteniéndose especialmente en su adolescencia y juventud, etapa capital en la que conoció al amor de su vida. Desplechin recupera a un personaje recurrente en su obra, Paul Dédalus (interpretado por el diosal Mathieu Amalric en su etapa adulta), para elaborar un cuidado discurso que teoriza sobre la probabilidad del amor total en la vida del hombre, a través de sus acciones de juventud y sus reflexiones de madurez, ambas superpuestas para el espectador por la vía de la narración en off.

La inversión y reversión de roles de los personajes en su relación de pareja durante el transcurso de la obra resulta capital para entender esta geneaolgía del amour fou, como una pulsión / pasión contradictoria y absurda, devastadora y maravillosa. Los jóvenes y bellos Paul y Esther (los debutantes Quentin Dolmaire y Lou Roy-Lecollinet) se desean, se odian, se cuidan y se desgastan el uno al otro; asumen prácticamente todos los roles posibles en una relación, alternando sus ubicaciones en la escala de dominación emocional. La caída del Muro de Berlín, momento elegido como trasfondo histórico señalado en el film, apuntala mediante su simbología el devenir de esta apasionada y apasionante historia: ciertos sentimientos parece que nunca podrían derruirse, y ahí están, cayéndose a pedazos de un día para otro, aunque por la ley de la memoria histórica emocional, su recuerdo se hará eterno. Preciosa y de algún modo reconfortante película, que se cierra con la mirada directa de Esther a la cámara, a nosotros, en un gesto de complicidad y advertencia que supone una de la más bellas y prodigiosas rupturas de la cuarta pared vistas en este siglo.

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Mucha expectación en un Teatro Victoria Eugenia a rebosar para ver el primer pase de “El Clan“, la cinta de Pablo Trapero basada en la historia real del Clan Puccio, un grupúsculo dedicado a secuestrar empresarios durante mediados de los años 80 en Argentina, liderado por Arquímedes Puccio y con miembros de su propia familia formando la estructura criminal. Recientemente galardonada en Venecia con el premio al mejor director, la película mantiene un pulso narrativo tonificado, con una notoria habilidad a la hora de transmutar entre géneros, del cine político al thriller y viceversa sin apenas solución de continuidad.

Aun así, llama la atención el reconocimiento en Venecia a la dirección de Trapero, que resulta de una funcionalidad admirable pero sin grandes alardes creativos, salvo en contados tramos, como por ejemplo quizás ese plano-secuencia determinante al final de la película, posiblemente caprichoso, ciertamente efectivo. Sí tiene un papel preponderante la riquísima en matices interpretación de un camaleónico Guillermo Francella, casi como un Nicolas Cage sobrio y envejecido, que muchas veces sustenta por sí misma la pulsión narrativa del film, algo al alcance de pocos. Algunas figuras de estilo, así como el uso de determinada música como énfasis a veces sarcástico de la narración (como la reincidente “In the summertime” de Mungo Jerry), traen directamente al recuerdo la filmografía de Martin Scorsese, con la que “El Clan” mantiene una cierta relación de, digamos, proximidad. En esencia, una obra que, como todo buen thriller –y este lo es-, pasa rápido, pasa fuerte y pasa agradable. Que no es poco.

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