Existen dos formas muy diferentes de acercarse a “Gainsbourg. Vida de un Héroe”. La primera es la kamikaze, que consiste en lanzarse contra el film como quien se arroja a sí mismo contra un muro de contención. Sin casco. Con cierta estupidez a lo “Jackass“. Esta forma implica dejarse guiar por la primera palabra del título, Gainsbourg, y pensar que vamos a disfrutar de una hagiografía del artista digna de formar parte de la parrilla del canal BIO. Pero es que The Biography Channel ya existe para algo y, es más, desde el minuto cero de metraje, el film ostenta un subtítulo más que revelador, “Un cuento de Joann Sfar”, que nos lleva de cabeza a la segunda forma de aproximarse a a la cinta: dejando de lado la figura retratada y centrándonos en el carácter de fabulación que impregna la estructura de la narración. De hecho, la carga mítica que la propia figura de Serge Gainsbourg soporta sobre sus espaldas hace pensar que no es tan descabellado aplicar unas cargas explosivas bajo el suelo ya de por sí fragmentario sobre el que siempre se tambaleó el personaje. Y es que el artista retratado fue “personaje” antes de necesitar una película que lo encuadrase como tal: Gainsbourg es una creación de una alma artística que, en su declive, no dudó en cambiar su máscara por otra parecida pero completamente diferente que respondía al nombre de Gainsbarre. Máscaras y personajes… Con semejante material de partida, ¿quién no soñaría con abordar esta biografía en forma de cuento?

Más todavía si tienes los antecedentes de Joann Sfar, uno de los principales renovadores de la viñeta francesa en los últimos años al frente de su saga de álbumes “La Mazmorra” (una versión perversamente divertida y falsamente naïve de múltiples mitos fantasmagóricos tradicionales) y, sobre todo, como una de las figuras más importantes dentro de ese colectivo comiquero que es L’Association. Precisamente bajo ese paraguas operan otros dos autores hacia los que no es difícil tender lazos rojos desde “Gainsbourg. Vida de un Héroe”: tanto Marjane Satrapi como David B. (el segundo con más maestría y hondura que la primera, todo sea dicho) se distinguen por su capacidad de abordar diarios autobiográficos en los que la materia intangible del mundo imaginado se entrelaza con el plano de la realidad cotidiana a través de deliciosas fugas que se materializan en una forma física que puede tener la forma de un fantasma o de un ejército calavérico. En su debut cinematográfico, Joann Sfar opta por adoptar la misma técnica como herramienta para sublimar el poético y onírico mundo interior de Gainsbourg: ya sea en forma de un judío cabezón con múltiples brazos o de un dandy mefistofélico y hedonista. De hecho, el director nunca pierde de vista el tono de fábula a la hora de desenmadejar los múltiples hilos de la historia del artista francés. Es una declaración de intenciones alta y contundente: si no vas a ser capaz de desentrañar qué es realidad y qué es ficción con una figura de la talla de Gainsbourg, mejor opta por sublimar el mito.

De esta forma, Sfar consigue que tanto la forma como el fondo de su debut queden marcadas a fuego por el hierro ardiente de la fábula: el argumento se estructura como un cuento de superación personal por la vía de la lucha despiadada contra el yo interior, mientras que la forma es un festín visual que empieza en unos créditos fabulosos (pura animación estilo con la marca gráfica del director) y no se agota por mucho que corran los fotogramas. Está claro que, en su afán cuentista, el director se salta a la torera ciertas partes de la biografía del artista (su final como Gainsbarre o ciertos claroscuros en las relaciones de pareja, por ejemplo)… Pero recordemos: si quieres estrellarte la cabeza contra el muro del biopic, allá tú. Tómatelo a pecho y piensa que esta es una biografía chusquera que se deja fuera muchos detalles de la vida de Gainsbourg. Ahora bien: si prefieres que te cuenten un cuento que, como los buenos cuentos, te suene a conocido pero te abra todo un nuevo mundo de poesía… esta es tu película

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