Narrada desde un ángulo cinematográfico, como si de un pseudo-documental (bio)gráfico se tratara, “George Sprott (1894-1975)” (Mondadori, 2009), hilvana las últimas horas del protagonista, presentador de una televisión local venido a menos, con retazos de su pasado -tejidos a base de recuerdos y opiniones de quienes le conocieron- bajo un macramé sepia de instantáneas de época. Su lectura transmite una sensación similar a la que uno tiene cuando viaja y, a través del cristal -o reflejado en él-, ve pasar aquello que va dejando atrás: el chaval que un día fue y ya no es, las personas queridas que no están cerca o ya no están, el esplendor y decadencia de aquellos lugares que fueron testigos de los buenos y malos momentos… Como se puede suponer, la idea de irreversibilidad es patente, pero no querría que lo dicho llevara a interpretar que sólo se trata de una apesadumbrada y desalentadora obra -lo cual, dicho sea de paso para los más melancólicos lectores, hace más justicia a otra obra del mismo autor: “La Vida es Buena si no te Rindes” (Sins Entido, 2009). Si bien es cierto que sus páginas -barnizadas con una pátina bitono apagada- rezuman nostalgia por sus cuatro esquinas, este relato conducido a partir de variopintas opiniones sobre la persona de George aporta los colores necesarios para que la historia no decaiga en una monótona sucesión de grises subidos de azúcar sin mucho más que rascar. No se articula, pues, sobre una exaltación hagiográfica de los actos del protagonista, ni es una historia sentimentaloide basada exclusivamente en el aprecio que despertó en las personas que lo tuvieron cerca.

Otro riesgo habría sido dejar caer a George en la consecución de una íntima catarsis cual trofeo tocado por la mano de Dios a las puertas de la muerte, golpe efectista y resultón -pero también gratuito- del que tampco necesita hacer uso. Se trata, más bien, de un acercamiento humano mediante el que Seth deposita virtudes, defectos y emociones sin resolver en las manos del lector para que sea este quien acabe dándole forma según su propia manera de entender/comprender a Sprott. A medida que avanzamos pasajes, la mixtura entre lo dulce y lo amargo acaba por asentar un retrogusto de emociones encontradas que probablemente sean familiares al lector y que cada uno etiquetará -por su calidad de íntimo- a su modo. Gran acierto a la hora de expresar esa serena -aunque también implacable- aceptación de la naturaleza humana. No dejaré sin enhebrar otro elástico hilo al que también se hace referencia y que funciona como encaje de esos encontrados (también por opuestos) retales del pasado que forman el puzzle -más o menos coherente para el que lo ve, mejor o peor ensamblado por el que lo zurce- al que llamamos identidad y que, en este caso, alude a nuestro querido y/u odiado George.

Por si fuera poco, la edición original –Drawn and Quarterly (2009)- permite su disfrute a lo grande: hablamos de 30 x 35 cms en tapas duras con desplegable incluido a doble página (¡1 metro con 20 cms de largo!). Aspecto que no llega a tal desparrame en la edición a cargo de Mondadori -26 x 30 cm en formato rústico con solapas y también con desplegable- y que, por ello, merece un “pero”.

Si habéis llegado en vuestra lectura a este punto y os interesa mínimamente lo comentado, es probable que os preguntéis quién fue el protagonista del que llevamos un buen rato hablando. Quiero decir, si fue una persona real o ficticia. Para dar un caramelito a vuestra curiosidad, os diré que, en cuanto a su apariencia y algunos otros rasgos -como el quedarse dormido “on-air” en el programa que presentaba-, parece tener un referente: George Pierrot. Aún así, muchos de sus rasgos biográficos y de personalidad son ficticios y, como ocurre con el resto del elenco, están inspirados en las desvanecidas celebridades de la televisión local detroitesa y canadiense de los años 50 y 60. Si esta “chuche” lo único que ha hecho ha sido abrir más el apetito a vuestro interés, aquí tenéis una entrevista (en inglés) a Seth acerca de la obra.

Su estilo -muy a lo Chris Ware– se basa en un dibujo pulido y directo, de líneas simples y limpias, pero efectivo a la hora de transmitir lo que sus personajes sienten, lo cual también se ve potenciado por el eficaz uso del entintado -siempre en pálidos bitonos, sin degradados- con el que consigue recrear la característica atmósfera añeja y reposada que se respira a lo largo de sus grandes páginas. Detalles como las fotografías de recortables a modo de maqueta de los edificios en los que Sprott pasó la mayor parte de su vida como presentador, así como los árticos paisajes desplegados a doble página, representan las guindas sobre la gélida escarcha de este delicioso y digestivo pastel de cálido relleno… Yo todavía me estoy relamiendo la barba.

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