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Cuando llegue el momento de recopilar los Ups de 2012 (ya falta poco), estará muy arriba el boom de marcas de moda sostenibles que hemos podido descubrir este año. El mismo año en el que se suponía que el mundo iba a llegar a su fin, los nuevos diseñadores (y las grandes marcas, por qué no) han hecho un sesudo ejercicio de conciencia y han desarrollado iniciativas cada vez más concienciadas con el medio ambiente, dando lugar a propuestas ecológicas de lo más interesantes. Gracias a ellos, la etiqueta “eco” ya no se asocia a camisetas de rayas y las pantuflas del Natura; gracias a ellos, hoy existe una variedad estupenda de prendas y accesorios que podemos vestir orgullosos de lucir algo bonito que en su proceso de manufactura y distribución no ha perjudicado el medio ambiente.

Caboclo es, sin duda, una de estas marcas sostenibles que han hecho del 2012 su año. Ayer mismo estuvimos en la pequeña tienda que han abierto recientemente en la Baixada Llibretería en el barrio gótico de Barcelona -un espacio pequeño decorado bajo los preceptos de la marca y con productos reciclados- y pudimos ver, tocar y entender todo lo que tiene detrás esta firma.

De hecho, vimos y tocamos sus zapatos de verano e invierno -para hombre y mujer-, además de sus bolsos. Entran por los ojos porque son bonitos, ponibles y elegantes. Aunque no supieras nada de su historia, te gustaría tener alguno en tu armario. Entendimos la filosofía de la marca porque allí aprendimos que Caboclo nace del trabajo de Juliano Lima, brasileño afincado en Barcelona que produce todas las piezas en un pequeño pueblo de Brasil. Allí utilizan neumáticos reclicados para las suelas de los zapatos (parecen resistentes porque lo son), tiñen los zapatos con tintes sin químicos que están obtenidos de forma natural y, lo que es (todavía) mejor, ayudan a crear trabajo en una pequeña comunidad de artesanos que lo necesita. La producción es tan limitada y artesanal que sólo se pueden producir cincuenta pares al mes. ¿Y los precios? Inmejorables: de los 55 a los 180 euros. Pero, sabiendo todo lo que hay detrás, al final el precio es lo de menos.

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