Dedicarle tiempo al nuevo disco de Mouse On Mars es como imaginarse un viaje iniciático al ácido y la lisergia desde el hormigueo que genera una maquinilla de afeitar eléctrica en tu entrepierna. Una cosa así como obligarte a hacerte las ingles brasileñas sin que tengas pelo en ellas. Una cosa muy marciana. Como lo que se disponen a defender en el paleontológico experimento que nos sirven en versión modulada que han dado por llamar “Parastrophics” (Monkeytown, 2012), el nuevo escapismo hacia los infiernos urbanos de un proyecto que hace de su versatilidad onírica y de su camaleónica reconcepción del ruidismo digital, el error, el sampleo y los loops retro-vintage un entramado tan bonito como belicoso del nuevo cosmopolitismo urbanita del pop. Cojo aire.

La mordiente y doliente actitud que muchos grupos, dúos o solistas provenientes de cierta rama purista de la electrónica adoptan con el paso de los años se torna cansina. Dejan de ser ociosos, de juguetear con nuevos lenguajes, manosean la métrica hacia zonas de militancian estética que los aplatana, aplasta su trabajo, les deja de sacar brillo. Mouse on Mars no son precisamente un ejercicio especialmente masivo, pero su misiva abstraccionista no se resiente. Su maquinaria industrial conecta la vanguardia más minimal con las estructuras de la electrónica clubber más fiestera y vomitiva de infieles breaks a mansalva. Su silencio de casi seis años tras la publicación de “Varcharz” (Ipecac Recordings, 2006) había generado cierto escepticismo, y el hecho de que el dúo teutón vuelva a ponerse (y poner) en el mercado como una alternativa pseudo-pureta pero renovada desde la post-realización y regeneración de nueva materia (in)orgánica se nos presenta como una severa alternativa al post-dubstep, a la electrónica digital más machacona y a hypes generosos consigo mismos y, casi, con nosotros como Joy Orbison, Flying Lotus, Jamie xx o Hudson Mohawke, entre otros.

Los casi veinte años de rodaje de Jan St. Werner y Andi Toma como mitos de la IDM y la electrónica de museo más revulsiva elude presentaciones, asimilaciones de género y entroncamiento dentro de un contexto histórico generoso (o no), pero todo aquello no quita la casi perfección atómica de Mouse On Mars en este su décimo álbum de estudio. Sus conexiones con cierta ramificación del rock de arte pop de The Fall, Public Image Ltd., el krautrock de Can o Neu! y los extremismos de proyectos como Jackie-O Motherfucker o Richard Youngs. El dúo alemán aprovecha la liberación de método y la asimilación del paso del tiempo como un avance superlativo a darle rienda suelta a su creatividad. Se atreven a repudiar el género 8bit desde una parodia amiguista con los sonidos de Arcade y Atari y, de paso, entregando una especie de ejercicio que conecta el electropicalismo con Radiohead y Broadcast (“Imatch”), entregar uno de los más machacones y mejores hits de temporada para la pista de baile más mainstream y nerviosa (“The Know Your Name” no desentonaría nada si la pinchase Deadmau5), abogan por una suerte de rearme del lenguaje de su propia electrónica de vanguardia en la aperturista y robótica “The Beach Stop”, hacen del noise digital una auténtica epopeya semi-rapper (“Chordblocker, Cinnamon Toasted”: tremendísima mulata), se utiliza el beat industria y el r’n’b más urbanita para formalizar un emulador de una posible batalla espacial (“Metrotopy”) o se resisten a dejar de utilizar ciertas ramificaciones acuosas de la melodía y el experimentalismo vocal (“Cricket”). Incluso hay espacio para que la sección más moderna del Bronx neoyorquino más machacón y maquinero tenga su sitio para conectar a M.I.A. con Beyoncé (“Baku Hipster”) o se haga del nervio digital una auténtica epopeya de la torpeza ordenada en una de las canciones más nerviosas, espásticas y vomita-espumas de lo que llevamos de año (“Seaqz”). Probablemente su mejor álbum, aunque los eruditos de la vaginación de su “Vulvaland” (Too Pure, 1994) o su kraftwerkianoAutoditacker” (Too Pure, 1997) se me tiren al cogote. Por aquí que me los paso, oye.

[Alan Queipo]

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