Los mandamases de Sub Pop deben de estar frotándose las manos repasando los buenos resultados que están obteniendo sus grupos en lo que va de año: cálida acogida a los debutantes Avi Buffalo, Dum Dum Girls y Male Bonding; consagración de fichajes procedentes de otros sellos, como Beach House; expectación ante los inminentes nuevos trabajos de Blitzen Trapper o No Age; y hasta el retorno de viejas glorias como… ¡The Vaselines! Las cosas cambiaron mucho desde los dorados 80 y 90 pero, tras superar una grave crisis económica y de identidad, se puede asegurar que los signos de recuperación de Sub Pop intuidos hace unas temporadas son ya una realidad. Eso sí, gracias a que detrás hay todo un imperio como Time Warner poniendo la pasta… aunque también hay que dejar hueco para el romanticismo de los tiempos pasados. De eso se ocupan bandas como Jaill, un cuarteto (Vincent Kircher, voz; Ryan Adams, guitarra, no confundir con el músico country-rock de mismo nombre; Andrew Harris, bajo; y Austin Dutmer, batería) salido de Milwaukee, la ciudad de la cerveza, de cuyos vapores etílicos procede buena parte de su actitud e insolencia. Pero ellos no lo hacen a la manera de las bandas británicas de pub y taberna tan empeñados en componer himnos gritones para corear jarra en mano… No, su filosofía procede de la energía del indie-rock que embriagaba las radios universitarias estadounidenses hace dos décadas y media, del punk-pop espídico de esa época e incluso de la corriente lo-fi posterior.

Bajo esas coordenadas autoprodujeron y editaron a principios de 2009 su verdadero debut, “There’s No Sky (Oh My My)”, que provocó que Sub Pop llamase automáticamente a su puerta. Un LP más sucio e inmediato que “That’s How We Burn” (Sub Pop / Pop Stock!, 2010), tamizado por manos profesionales en las tareas de grabación y en el que se pulieron algunas aristas y se aclaró el sonido garagero. ¿Supone ese cambio un lastre? Depende, simple y llanamente, de la tendencia musical del oyente: para el que prefiera pop se decantará por la primera parte del disco, iniciada con “The Stroller”, que confunde un poco y hace preguntarse dónde está el tan cacareado nervio de Jaill… La misma interrogante que surge con las melódicas “On The Beat” y “Thank Us Later” y con la acústica “Summer Mess”. Y el rock, ¿cuándo aparece? Salvo “Everyone’s Hip” y el traqueteo de las baquetas de Dutmer, en la segunda mitad del álbum. Así que, para aquellos aficionados a los riffs veloces, mejor que empiecen la escucha de “That’s How We Burn” por el final: ahí es donde la adolescente voz de Kircher acapara el protagonismo y obliga a tomar como referencias modelos más cercanos: Fountains Of Wayne (“Baby I” y “Demon”), They Might Be Giants (“Snake Shakes”) y The Thermals (“How’s The Grave”).

La señal de alarma se enciende precisamente en este punto, al que se llega hablando más de otros grupos que de los propios Jaill. Volvamos entonces a la pregunta clave: ¿el cambio tan evidente en la producción del sonido de Jaill se acabó convirtiendo en su mayor obstáculo? Definitivamente, quizás. Así es cómo se quemaron, si jugásemos con el título de su disco. Y hablando de juegos, otro con el tiempo y las referencias: si estuviésemos en 1985, ¿Jaill andarían más cerca de Hüsker Dü o de The Replacements? Sea cual sea la respuesta, no podrán evitar el peligro que conlleva tirar de mil y una fuentes de inspiración, que difuminan al que acude a ellas y acaban por engullirlo.

Jaill – The Stroller from Sub Pop Records on Vimeo.

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