James Yuill es lo que comunmente se conoce como “un tipo majo”. No es excesivamente guapo, no tiene un estilo que te haga girar la cabeza si pasa por tu lado (aunque el rollo de british gentleman bien podría valerle un silbido y un suspiro), no escribe canciones románticas que hagan que quieras arrancarte el corazón del pecho con una navaja suiza, ni ha protagonizado escándalos, entrevistas con millones de visitas en YouTube o proezas varias. Tiene pinta de ser un tío calmado, inteligente, de esas personas calladas por lo general que cuando abren la boca sube el pan. No lo hacen muy a menudo, pero cuando pasa puede ser memorable. Cuida mucho su aspecto, aparenta hablar correctamente y poner todos los caracteres cuando escribe SMS. Es ese novio que tu madre quiere que conserves toda la vida (igual nunca debería saber que el chaval iba para forense), y ese hombro fraternal al que sabes que podrás llamar si tienes un problema. Es apañado y correcto. Todo esto lo sé porque leo su blog y porque me he escuchado de cabo a rabo sus dos discos: “Turning Down Water for Air” (Moshi Moshi, 2008) y “Movement in a Storm” (Moshi Moshi / Nuevos Medios, 2010).

De su web y sus actualizaciones extraigo que es educado, cercano y encantador. De sus discos, que es un geek musical que está muy por encima de la media, que sabe fascinar sin epatar, que conoce las herramientas que utiliza y que todo lo que sale de sus manos es oro. Es un creador 2.0, porque no se limita a componer, grabar y producir su música: él mismo ha diseñado su web (aunque pide disculpas, porque no pasa de ser un template de WordPress…) y diseña las ilustraciones que acompañan sus ediciones. Todo un collage creativo que lo convierte en elemento solitario y autosuficiente, que controla el proceso creativo de su criaturita de principio a fin. Y eso al final, se nota. Y mucho.

El chico pertenece a esa generación fascinada tanto por los beats como por la acústica clásica. No en vano, sus referentes son Nick Drake y Aphex Twin, dos tíos que habitan en las Antípodas de lo musical pero cuya esencia ha sabido aúnar en todas y cada una de sus canciones… sin que quede un pastiche o una chorrada. Armado de una guitarra acústica, un laptop con Ableton y Protools y cierta cacharrería sonora, apuntala unos temas con la vista puesta en el horizonte soleado, marcadas por una nostalgia naïve y encantadora. Ojo, que lo de este londinense va muy en serio. Con su primer disco dejó claro que en la liga de la folktrónica él iba en primera línea y a mucha distancia de sus competidores. En esta entrega predominaban los temas más reposados, en las distancias cortas destacaba por ser un sufridor emperdenido y un folk singer notable, pero era en las distancias medias donde marcaba la diferencia. “No Pins Allowed” y “Over the Hills” fueron un maravilloso avance de lo que nos esperaba después de la tormenta. En “Movement in a Storm“, Yuill afina el tiro y perfecciona su propio estilo, abandona las sendas intimistas: decide tirar por la tangente del pop de melodías brillantes y ensoñadoras y se marca un disco que está fuera de cualquier límite, donde conjuga con estilo y elegancia la IDM, el house, el sonido ibicenco, el pop de maquinitas y el folk divertido. Como un Hot Chip meets The Postal Service… pero cien veces mejor. No, en serio. Mucho mejor. Yuill no tiene la vena petarda de los de “I Feel Better” y tiene algo que no tienen The Postal Service: que existe aquí y ahora.

La apertura del disco es extraordinaria: “Give you Away” empieza con un beat consistente que poco hace augurar la melodía luminosa y contenida que se descubre a continuación, como si Delphic bajaran las revoluciones y se enamoraran un poquito, con un Yuill cantando de manera dulcísima, invitándonos a quedarnos cerca de él (como mínimo los cuarenta minutos que dura el disco; y oigan, si me lo pide así, yo encantada). Pero después del comienzo contenido empieza la fiesta. Puede que “Crying for Hollywood” fuera la canción perfecta para abrir el disco, mucho más impactante (y mucho más hit, para qué negarlo), pero en contraposición con “Give you Away“, esta sirve para que Yuill confirme de qué va la cosa: de canciones que se suceden como rayos de luz después de una tormenta, entre las nubes, con el ambiente húmedo todavía pero con la inminencia del sol. Me atrevo a decir que “Crying for Hollywood” es perfecta: en su desarrollo, en su estructura, en sus arreglos… es la típica canción que una puede ponerse ochenta veces en repeat sin cansarse, un precioso bucle que se sustenta en un tímido punteo de guitarra y que se construye sobre unas bases luminosas y una letra nostálgica y ensoñadora. Yes, I cry for Hollywood too. “First Line” suena a folktrónica retro, muy en la línea de Cornelius, pero hecha para ser bailada a las doce de la noche. Pero si de hits bailables hablamos, no se puede obviar “On Your Own“, en el que los fantasmas de Royksopp y Erlend Oye se hacen más presentes que nunca, pero con la diferencia de su sonoridad optimista y su regusto a cierre de chiringuito del mes de julio. Con “Taller Son” cierra el disco de forma tremendérrima y tremendista, con un beat oscuro que rememora el electropop ochentero más genuino pero que a su vez suena sensualmente deprimente, como si a Junior Boys les hubiera dejado la novia.

Pero no olvidemos que James Yuill nos enamoró por su capacidad para construir baladas electrónicas y, aunque a lo largo del disco deja claro que ahora le interesa más experimentar con las bases que con las cuerdas, se reserva grandes momentos para ponerse intimista de la mejor de las maneras: en “My Fears” se pone el corazón en la mano y en “Foreign Shore” nos recuerda lo buen songwriter que es y lo poco que necesita para marcarse una balada sintética. Yuill se siente a gusto firmando tanto canciones de dormitorio como hits para la pista de baile. Aunque con este disco deja claro que lo que mejor se le da es firmar temazos inteligentes y classy, y que cualquiera que mirara con desdén la unión de folk y electrónica debería repasarse un poco la vista y las miras.

Yo lo tengo claro, James Yuill: más que trobador folktrónico, alquimista folktástico.

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