Que vaya por delante que el nuevo álbum de Kelis no es un buen disco (si lo evaluamos bajo los baremos pajilleriles habituales, claro), pero será necesario recurrir a él en más de una, dos y trescientas ocasiones en un futuro próximo y lejano, cuando nos veamos en la tesitura de marcar un punto de inflexión en el paso de las electrodivas a las chonidivas. No es que sea algo que nos pille de nuevas, sólo que Kelis es la primera en tener los huevos de pato de dar el paso final y dejar de bordear la nación Scorpia para descender a la pista de baile y codearse con los Gremlins creamfielderos pasadas las 12 de la noche. Si hiciéramos una cronología exprés de la historia de las “nuevas divas”, todo partiría de la inocencia pop de la primera Britney, de ahí saltaría al cerdismo que Xtina copió a la Spears en “Dirrty” y, a partir de allá, la cosa nos la apropiamos los indies. Primero intentamos sofisticar a la nación de viejunas haciéndonos fans de Kylie, más fans de Róisín Murphy y devotos de Annie. Y cuando aquello nos sabía a cecina, decidimos que era hora de dar paso a la nueva generación: esas electro-divas que, no nos engañemos, no han hecho nada más que perpetuar el legado de las abuelas pero que, además, tenían la capacida de meterse en una XXS del Bershka y hacerlo pasar por un boyfriend-oversize. Nos encanta Little Boots, nos da grima el tupé de La Roux y tenemos emociones encontradas con la mamarracha mayor del reino: Lady GaGa. Y justo cuando empezábamos a hablar de la Next Gen de electro divas, como si Ellie Goulding y Ke$ha fueran el trasunto musical de la Xbox 360 y la PS3, llega Kelis, junta los discos de todas estas, se baja las bragas, se acharranca y se mea literalmente encima de ellos.

¿Estoy siendo radical? Ni mucho menos. Leed la primera línea de esta crítica y recordad que no, que “Flesh Tone” (Interscope, 2010) no es, ni de lejos, un buen disco. Pero las Hot Wings del Kentucky Fried Chicken tampoco es buena comida y ahí estamos todos, enganchados. Desarrollemos antes de continuar otra de las ideas del párrafo anterior: que nada de lo que hace Kelis en este álbum es nuevo. Y no voy a caer en el lugar común de decir que esto es lo que toda la vida ha sonado en el coche de los tuneros que fichan cada viernes en “Callejeros” (porque eso, ya lo veremos pronto, es precisamente lo que hace inmenso a “Flesh Tone”), sino que la falta de novedad viene proporcionada por el hecho de que este chonismo musical es algo que ya han mirado de reojo, en algún punto u otro de su carrera reciente, las más grandes. ¿No es “If U Seek Amy” de Britney el hit fundacional del electro-hooligan para drunkard brit bitches? ¿No es “Celebration” de Madonna un plagio de los momentos cunda-chunda de Faithless pero con las revoluciones al mínimo para que lo puedan bailar la octogenaria y sus compañeras de aquagim geriátrico? Pues ahí está. De nuevo, mientras que a las otra les ha faltado osadía, Kelis ha vuelto a bajarse las bragas, a acharrancarse y a mearse en la boca de las más cobardes.

Porque si algo atesora “Flesh Tone” es valentía. Desde la portada (hace falta valentía para semejante outfit), Kelis se toma este álbum no sólo como una oportunidad de reinvención, sino como un statement absoluto: esto es el futuro de las divas, y yo soy la puñetera pionera que parte la pana. Algo tendríamos que haber intuido de esta tendencia de la facción indie a refrendar el Scorpia‘s way of life cuando, el año pasado, Tiësto juntó en su “Kaleidoscope” (Ultra, 2009) a peña como Emily Haines (Metric), Jónsi (Sigur Rós), Kele Okereke (Bloc Party) o Calvin Harris. Lo dicho: evolución pura y dura. O te comes a tus contrincantes… o detrás viene la muerta de hambre de Christina Aguilera. Y esta sí que es peligrosa.

Y ahora, a por el disco en sí, que también tiene su miga. “Flesh Tone” es un no parar, una acumulación de despropósitos y subidones que compiten los unos con los otros para ver quién la tiene más gorda. Todo empieza con “Intro”, una apertura en la que Kelis recurre al futurismo estilizado del tramo final del “Aerodinamic” de Daft Punk para vendernos una sofisticación de la era espacial que se irá a la mierda a partir del segundo corte. En “22nd Century” se introduce ya la constante que se repetirá a la largo de los siete cortes restantes: el desbarre. Aquí no se escatiman pi-ru-ri-ru-rís ni percusiones electrónicas ni “uuuhhsss” proferidos por borrachas de WC a las 4 de la madrugada. Pero es que la suma total proporciona tal crescendo que, cuando todo peta en el minuto 3:30, lo único que puedes pensar es que dónde están las viejas que venden M(adalenas) cuando las necesitas. “4th of July” es tan tramposa como para hacerte pensar que no repetirá el mismo truco (el bombo que te sube por las piernas hasta sacudir a tus espermatozoides) dos veces, pero lo hace. “Acapella”, pese a ser el single, es el más flojo de los hits: le falta riesgo, le falta orín, le falta mierda. “Emancipate” es el temón que lleva buscando Madonna para reinventarse desde hace tres discos, aunque si se lo encontrara de frente en un callejón oscuro, seguro que la Mado salía corriendo con el pantalón mojado. “Brave” lo resume todo en su estribillo: “I was super cool but now I’m super strong. I had nothing to lose but I was super wrong”. Nada que añadir. Y para el final me dejo la Capilla Sixtina de “Flesh Tone”: “Scream”. A ver cómo os lo describo. Este tema empieza con un piano electrónico que te hace pensar en el peor house noventero, con Kelis fraseando tontada tras tontada… Y justo en el segundo 42 entra un espontáneo pastillero que grita “One! Two! Three! Four!” y todo se pone del reves y te vuelves loco del coño cuando entra un pi-pi-pi-ru-pí que te insta a bailar repartiendo cartas y Kelis tiene los santos ovarios de introducir, en pleno subidón, el sonido de la máquina de humo con la que se suelen engalanar los subidones en los garitos de chonismo más fino. Sí, habéis leído bien. Máquina de humo. Luego se repite la jugada una vez más… y tú ya sientes que, después de “Scream”, puedes morirte tranquilo. Que vas a ir al cielo de las chonis. Pero que te lo vas a pasar de muerte.

Una vez más, volvemos al principio: “Flesh Tone” no es un buen disco y, sobre todo, no es algo que pudiera esperarse de alguien con la carrera de Kelis por mucho que la producción haya corrido a cargo de David Guetta, Benny Benassy, Boys Noize y otros de los habituales en el Top 10 de Flash TV. Pero es el disco que quería hacer Kelis y, sobre todo, es la piedra roseta que nos va a guiar en esta nueva era oscura en la que se está adentrando el indie. Por ahí dicen que ahora gente como 2manydjs y otras luminarias del diyeismo internacional menos comercial se están pasando al lado Scorpia de la vida. Sólo hace falta sumar dos más dos (y aquí llega el momento en el que firmo una frase a la que sé que volveré mil veces en el futuro, ya sea para disculparme o para ratificarme) para ver que el nuevo must en el indie va a ser recuperar los recopilatorios de las discotecas de extrarradio de los 90 y que las nuevas divas no van a tener nada que ver con Ke$ha y con lo visto mil y una veces. Las nuevas chonidivas tendrán a Kelis como faro guía. De hecho, ella ya se empeña en vestirse como un faro. Si es que lo tiene todo.

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