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John Cage (1912-1992) es un compositor al que asociamos con el sonido de una moneda al caer; un músico cuya obra más famosa no incluye un solo sonido; un artista que dedicó su vida a cuestionar las convenciones sobre el proceso de escucha; un revolucionario, por último, que nos instó a evaluar no sólo el fenómeno musical, sino la totalidad de la experiencia artística. Carmen Pardo, en “La Escucha Oblicua: Una Invitación a John Cage” (editado por Sexto Piso), sostiene que John Cage fue “el sonar de un pensamiento en movimiento, el pensamiento como fluido” (p. 150). Su objetivo, según la filósofa, “dar lugar a una modulación enarmónica para entonar una melodía en la que ojo y oído sintonicen para, simplemente, hablar de lo que se vive” (p. 152).

El ensayo “La Escucha Oblicua” logra acercase y acercarnos al inventor del “piano preparado”, un genio para quien el acto de componer era cuestión de método, nunca de inspiración y mucho menos egoísmo. Leyéndolo, descubrimos a un músico que combinó una curiosidad renacentista con un optimismo genuinamente americano. Un ser creativo, dueño de una producción que no se detuvo en la música, sino que se extendió a la poesía, la pintura, el grabado, la política y la filosofía. Una mente indómita, en las artes y las ciencias, preclara por la variedad de sus ideas, la amplitud de sus intereses y la implicación radical de su pensamiento.

Nadie expresó mejor el silencio que John Cage. “Silencio“, su colección de ensayos, manifiestos y anécdotas de 1961, es uno de los textos más leído e influyente jamás escrito por un compositor. Carmen Pardo se detiene en el libro de un veinteañero que se extiende sobre la naturaleza del ruido, sobre la forma en que escuchamos (o no escuchamos), que trata de explicarse y explicarnos cómo la tradición y la costumbre son una amenaza, puesto que merman nuestra capacidad de maravilla: “No hay silencio en el pensar, tan sólo el lenguaje de lo no-intencionado, el susurro de una gramática no acotada. El silencio sonoro, y tal vez este modo distinto de ejercer el pensar, se quiere situar fuera de toda re-territorialización” (p. 63).

La autora desmenuza con mimo la estética cageana, subraya su impulso imparable, y la compara con los escritos de Joyce o Proust en su empeño por calibrar la importancia del instante. Adora su tema de estudio. (¿Y por qué no? Cage fue un modelo de generosidad, humildad y buen humor inagotables.) Pardo consigue, sin embargo, encontrar el equilibrio crítico. Su ensayo es todo lo contrario a una apología especializada. Sabe cuestionar el legado musical del compositor norteamericano. No en vano, es doctora en filosofía, especialidad estética, y es profesora en la Universidad de Girona (España). Toda una experta, que sabe evitar el dogma ideológico que tan a menudo acompaña a la exégesis musical.

Carmen Pardo nos ofrece un análisis exhaustivo del arte de Cage, que escribió mucho acerca de sí mismo, pero, al igual que su héroe Thoreau, mantuvo una opacidad puritana sobre sus emociones. De hecho, el término “escucha oblicua” es un acierto, ya que incide en “esa forma en la que la escucha atraviesa el sonido y su representación. Consiste en un escuchar a través del sonido y no de las ideas, para percibir que el sonido nunca cesa” (p. 133). Tal vez por ello, la investigación de Pardo revela una vida colorida y a veces tormentosa: la relación de Cage y el joven Merce Cunningham, socios, amantes y colaboradores; la compañía de Cunningham, su importancia en la composición e interpretación de sus conciertos y giras; sus altas y sus bajas; su encuentro con el joven Pierre Boulez; las doce horas al día durante cinco meses que pasa con su alumno Earle Brown, empalmando piezas minúsculas de cinta de audio para crear “Williams Mix”; la primera interpretación del pianista David Tudor de “4’ 33’’“, “composición silenciosa” que utiliza el sonido ambiente a modo de contenido musical; las personalidades memorables y a menudo escandalosas como Morton Feldman, Robert Rauschenberg, Yoko Ono, Karlheinz Stockhausen y Nam June Paik; incluso la pasión del músico norteamericano por las setas, sus parientes excéntricos y sus parábolas zen. Estas anécdotas se diluyen en el ingenio y encanto personal de Cage para crear un ensayo delicioso. El retrato, rico en luces y sombras de alguien profundamente humano.

[José de María Romero Barea]

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