Érase una vez un productor de cine famoso por su afán de que todos los detalles y personas de sus películas fueran los mejores posibles, que con sólo 25 años ya trabajaba para la Metro y recogía siempre frutos en forma de éxitos en taquilla. El joven fue pronto conocido como “El Chico Maravilloso”. Por eso, cada año la Academia estadounidense entrega, junto a sus archisabidos Oscars, el premio Irving Thalberg a personas del campo de la producción: un galardón menos conocido pero no menos gratificante. Él invirtió la tendencia dominante en su época, según la cual el control casi total de una película estaba en manos de su directro, para que recayera en el productor.

Un día de 1934, Thalberg se unió a una partida de bridge. Sabía que una persona con quien quería hablar era adicta a ese juego y estaría allí. La persona en cuestión se llamaba Leonard Marx: un cómico con más de 20 años de oficio que ya había rodado 5 películas (6, si contamos la desaparecida “Humorisk” (1921), que sólo se proyectó una vez en un pase privado). Paramount Pictures, recién resurgida de la bancarrota, ya no estaba interesada en mantenerle bajo contrato. El productor había sufrido grandes pérdidas en 1929 y vio la posibilidad de trabajar con un nuevo rey Midas. En septiembre de 1934, Leonard y sus hermanos y compañeros de show Adolph y Julius firmaron un contrato que les unía a Thalberg y a la Metro. Inmediatamente, James Kevin McGuiness, guionista habitual de la Metro, encontró un entorno serio en el que los Marx aún no habían puesto el ojo para convertirlo en blanco de su famoso humor irreverente: la ópera. Se unieron el mejor director artístico de Hollywood, Cedric Gibbons, y el mejor ingeniero de sonido, Douglas Shearer; además de dos colaboradores habituales de los Marx en la escritura de guiones: Morrie Ryskind y George Kaufman.

Pero Groucho se quejó. Ellos estaban acostumbrados a probar los gags en giras por escenarios a lo largo del país antes de rodarlos; así que se organizó una minigira por salas de cine en lugar de teatros. Fue así como conocieron el director de la película, Sam Wood, acusado por Groucho de inapropiado por ser una persona que carecía de sentido del humor. Sin embargo, algo debió de hacer bien, pues trabajaría con ellos en su siguiente película, “Un Día en las Carreras” (1937). Pero no adelantemos acontecimientos: después de 55 días de un rodaje que consumió un presupuesto superior al millón de dólares de la época, en noviembre de 1935 se estrenó finalmente “Una Noche en la Ópera“. Rápido éxito de taquilla, se convirtió en la película de mayor recaudación, y la más clásica, de cuantas rodaron los hermanos Marx en su carrera, a pesar de que algunos críticos echasen de menos esa espontaneidad que destilaban sus trabajos anteriores y que el método Thalberg había eliminado.

El argumento es bien conocido: Otis B. Driftwood (Groucho) ha sido contratado por la millonaria señora Claypool para que la introduzca en sociedad. Su plan: presentarle a Hermann Gottlieb, director de la Ópera de Nueva York, que busca sponsor para contratar a Rodolfo Lassparri, un gran tenor de antipático carácter y elevado caché. Driftwood intuye cuánto puede ganar quien contrate a Lassparri y se dispone a hacerlo, pero en su lugar contrata a Riccardo Baroni, un principiante novio de Rosa Castaldi, la solista en la que Lassparri ha puesto el ojo. Es fácil prever que, al final, Riccardo y Rosa triunfarán juntos; Lassparri quedará en ridículo y Driftwood hará la corte a la Claypool. Como clásico, el film imprimió en el memoria colectiva muchas de sus escenas, tal y como la firma del contrato entre Driftwood y el agente de Baroni (que da título a este artículo), el ya mítico camarote de Driftwood en el barco a Nueva York o la recepción a “los famosos aviadores”, copiada de la que Chicago ofreció al general fascista italiano Italo Balbo y su equipo de pilotos en 1933.

Los personajes de los Marx no suelen tener un centavo y caen hasta lo más bajo para, después, remontar vuelo en una moraleja esperanzadora. No en vano, su primera película oficial, “Los Cuatro Cocos”, es de 1929: el año del crack. Será por eso que en la cinta que nos atañe vemos que Driftwood va a la oficina, charla afablemente con los empleados y sube en el ascensor hasta su despacho, donde le esperan los “poderosos” (Claypool, Lassparri y Gottlieb), que le comunican su despido. En su camino de vuelta, el ascensorista que llevó arriba a quien aún era “el señor Driftwood”, ahora le impide usar el ascensor “sólo para empleados” con malos modales, y lo tira por la escalera de una patada. Un poco más tarde, tiran a Otis del banco del parque donde está sentado: ha perdido el favor de los poderosos y cae en picado. De esta forma, se pretende incrementar la tensión dramática antes del happy end… Otro sello Thalberg, por cierto.

[Marcos Arpino]

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