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Sheila Heti vuelve a la carga acompañada de su amigo Misha Glouberman con el que ha escrito un libro de ensayos sobre las relaciones en la gran ciudad.

 

Sheila Heti es una autora muy dada a hacerse grandes preguntas. Una de las más gordas, sin ir más lejos, le sirvió para escribir una de las novelas más aclamadas de los últimos tiempos. En “¿Cómo Debería Ser Una Persona?” (publicada en nuestro país el año pasado dentro de la colección Héroes Modernos de Alpha Decay), Heti se planteaba grandes cuestiones sobre el amor, la amistad y la propia existencia en estos tiempos que corren mezclando con mucho arte ficción, realidad y autoayuda. Uno de los personajes que se paseaban por aquella novela era Misha Glouberman, canadiense de nacimiento como ella, profesor de improvisación y consultor y amigo de casi toda la vida de la Heti. Glouberman es una figura imponente dentro de “¿Cómo Debería Ser Una Persona?“, y es fácil notar la tremenda influencia (positiva y amistosa) que ejerce sobre la protagonista que es, a la vez, la propia escritora. Los que se quedaron con ganas de indagar un poco más en el círculo “hetiano” serán felices al saber que Alpha Decay sigue dándole cancha a la autora canadiense y que ahora publica “Las Sillas Están Donde La Gente Va. Cómo Vivir, Trabajar y Jugar en la Diudad“, un conjunto de ensayos pensados primero y escritos después, junto a su amigo Misha Glouberman.

Un libro que es más un juego dialéctico que una obra de no-ficción. Un partido de ping-pong intelectual en el que Heti, de nuevo, se hace grandes preguntas, pero esta vez acompañada de su amigo, que no le da tanto la réplica como que le ayuda a abrir nuevas líneas de pensamiento, dudas e interrogaciones centradas, en su gran mayoría, en un tema tan curioso y necesario estos días como el civismo y las relaciones en las grandes ciudades. Desde la editorial lo califican como “Un volumen de autoayuda para gente que no tiene necesidad de ningún tipo de ayuda, y un libro how-to que te urge a hacer cosas que realmente no necesitas hacer“. The New Yorker lo seleccionó como uno de los mejores libros de no-ficción del 2011 y, seguramente, ahora que tenemos la posibilidad de leerlo en nuestro idioma, también cale hondo en nuestras tierras. Ojalá todas las cuestiones que plantea también sirvan para obligarnos a pensar un poquito.

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