Chant DarlingAtención, pregunta: símbolos relacionados con Nueva Zelanda. El kiwi. Bien. Los All Blacks de rugby. Correcto. ¿En cuanto al cine? Peter Jackson, cómo no. Pasemos a la música: grupos o cantantes que vengan de allí. Crowded House. ¡No, error, son australianos! Aunque… Un segundo, los hermanos Finn realmente son neozelandeses. Esto es lo que ocurriría si sometiésemos a alguien a este juego imaginario. Algo lógico por otra parte, ya que en nuestras antípodas, Australia domina el campeonato musical con abrumadora diferencia, y muchas veces no se sabe a ciencia cierta de dónde proviene alguna de sus figuras. A bote pronto, se podría nombrar a Kylie Minogue, The Go-Betweens, Nick Cave, Cut Copy, The Sleepy Jackson, Jet o Natalie Imbruglia (glups). Vamos, que hay para todos los gustos. ¿Y qué ocurre con la isla vecina? También tiene sus joyas, muchas de ellas conocidas, pero sin la repercusión de los representantes aussies: The Bats, The Datsuns, The D4, The Veils, The Ruby Suns o The Brunettes. Precisamente estas dos últimas bandas conectan directamente con su paisano James Milne, la sombra que se esconde tras el sugerente pseudónimo de Lawrence Arabia. Un hombre de gran inquietud artística que se encontró a sí mismo tras ser miembro de ambas y después de fundar en 2006 The Reduction Agents junto a su inseparable compañero de fatigas Ryan McPhun. Había llegado el momento de coger carrerilla y tomar vuelo en solitario. Así, ese mismo año, Milne publicaría en su propio sello el que sería su primer trabajo ya independizado, “Lawrence Arabia” (Honorary Bedouin / Lil’ Chief, 2006), muestra de que él solito podía hacer bien las cosas, aunque al final casi nadie le hiciese caso fuera de su tierra natal. A pesar de ello, no cejó en su empeño hasta hacer realidad su continuación, este “Chant Darling” (Bella Union / Nuevos Medios, 2010) que parece que, esta vez sí, está traspasando más fronteras.

En sus canciones se notan las huellas del indie pop que practicó con The Brunettes y de la psicodelia característica de The Ruby Suns, aunque él las acerca a la tradición de The Beatles y a la soleada Costa Oeste norteamericana a través de The Byrds y The Beach Boys. Es una de las ventajas de la autoproducción: cada uno la lleva por donde quiere. Y a la vez, puede elegir a sus ayudantes. Consciente de ello, Milne tiró de agenda y llamó a unos cuantos amigos para que lo acompañasen en la confección de este álbum que transcurrió por estudios de grabación de Auckland, Wellington, Londres y Estocolmo. De entre todos ellos destacan Luke Buda y Samuel Flynn Scott, miembros de otra banda neozelandesa, The Phoenix Foundation. Precisamente Buda es coautor del tema emblema de “Chant Darling”, “Apple Pie Bed”, una pieza refulgente y eufórica, en la que los coros y la pandereta nos trasladan a un tiempo y un espacio en el que el sol jamás se ponía. Lo mismo que le ocurre a “Like A Fool”, todo un homenaje beatleliano que hace que por un instante nos imaginemos a John Lennon en bañador reinterpretando “Fool On The Hill” con un tono más alegre, sin la parsimonia de Paul McCartney. ¿O es eso lo que sucede en el siguiente corte, “The Undersirables”? Podría ser, pero más bien se queda en una aproximación a “Free As A Bird”. Tras este empacho brit, el mejor remedio es dejar que otros sonidos refresquen la cara y los oídos, como los que Milne aprendió en The Ruby Suns. Por ejemplo, al estilo del Paul Simon de “Graceland” o al de Vampire Weekend (“Auckland CBD Part Two”, “The Beautiful Young Crew” y “Eye A”). Luego aún queda tiempo para recordar décadas anteriores a base de fotografías caleidoscópicas (“The Crew Of The Commodore” y “I’ve Smoked Too Much”) y souvenirs californianos (“Fine Old Friends” y “Dream Teacher”).

No se sabe por qué, pero vivir en una isla resulta inspirador, a la fuerza, cuando se quiere componer música. Y más si hablamos de Nueva Zelanda. Un entorno rodeado de mar, unos parajes peculiares, la lejanía con el resto del mundo… Será por eso que a Lawrence Arabia no le cuesta nada plasmar en “Chant Darling” los lugares a los que se escapa su mente creativa. Si no lo puede conseguir el cuerpo, que lo haga la cabeza.

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