Con gran entusiasmo esperaba un servidor el nuevo trabajo de esta banda escocesa que ya se acerca a los quince años al pie del cañón, algo que no tiene que ser nada fácil moviéndose en las coordenadas en las que lo hace la banda de Glasgow. Vaya por delante que, a estas alturas, Mogwai no tienen nada que demostrar a nadie pues, guste o no, han sido capaces de seguir manteniendo una línea de producción de interesantes discos que, si bien no alcanzan la calidad y solidez de su debut “Young Team” (Imperial, 1997), siempre han estado habiados por una serie de canciones que, hablando claramente, podrían definir el nuevo post rock, el asociado a todo aquello que vino después de Slint. Esta etiqueta de la cual muchas bandas huyen ha estado en auge en los últimos años gracias a un buzz creado alrededor de un sonido que siempre oscila entre la melodía experimental y las guitarras más potentes cercanas al metal como puntos opuestos… Y en esto Mogwai son unos maestros.

Lo son porque dominan como nadie la capacidad de moverse entre las dos posibles variantes que nos ofrece este tipo de música. Demostraron su lado más bestia en sus primeros trabajos, pero últimamente se les va descubriendo una faceta que, si bien más melódica, no deja de conseguir todo lo que su música siempre ha hecho: abstraernos y transportarnos a otros momentos y/o lugares a base de trabajadas bases instrumentales, acompañadas de medidas apariciones electrónicas de sintetizadores y vocoders. Sus últimos dos trabajos, “Mr. Beast” (Matador, 2006) y “The Hawk is Howling” (Matador, 2008), explotaban más esta última versión; y aunque parte de la crítica no acabó de comulgar con ello, se puede decir que objetivamente nos dejaron algunos de sus temas más celebrados, como “Auto Rock”, “Friend of the Night” o “I’m Jim Morrison I’m Dead”, por poner sólo algunos ejemplos. Y, entonces, os preguntaréis… ¿en qué paquete metemos al séptimo trabajo de estudio de los escoceses? La respuesta fácil y rápida sería incluirlos en el segundo. ^Pero vamos por partes.

Y es que Stuart Braithwaite y compañía vuelven a entregarnos en “Hardcore Will Never Die, But You Will” (SubPop / PopStock!, 2011) una nueva apología del post rock más clásico, ese que titula sus discos de manera catastrófica, que lo decora con una misteriosa portada y que pone nombres a sus canciones dignos de investigación. Comienza la grabación con el relativo optimismo de “White Noise”, un tema que funciona de perfecta introducción para lo que viene: cincuenta minutos de lo mejor que puede escucharse en el género hoy en día. Siguen la estela los vocoders de “Mexican Grand Prix” y la guitarra metal de “Rano Pano”, un tema más de la vieja escuela, que podría haber colado perfectamente en su debut. Sin embargo, lo mejor viene en la segunda parte del trabajo, en la que se concentran una serie de canciones simplemente brillantes: escuchar “San Pedro”, “Letters to the Metro”, “How to be a Werefolf” y, sobre todo, “Too Raging to Cheers” del tirón no tiene desperdicio. Pura épica.

¿La pega? Que no es nada nuevo, lo cual no debería de pillarnos por relativa sorpresa, considerando los estrechos parámetros propios del sonido en el que nos movemos… Además de la falta de riffs más potentes, de su ruido más característico, algo por lo que seguramente protestará el núcleo más heavy de su extensa base de fans. No seré yo quien lo haga, pues encuentro en “Hardcore Will Never Die, But You Will” uno de los trabajos más destacados de esta banda de Glasgow que, por suerte para nosotros, siguen en forma casi quince años después, algo de lo que no muchas formaciones pueden presumir. En mayo, a pillarlos en el Primavera.

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