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La Iguana Club dejó de ser, por una noche, el mítico templo vigués del rock para abrir sus puertas al pop-folk cálido, emotivo y melancólico de tres nombres inevitablemente relacionados entre sí: Neil Halstead, La Familia del Árbol y Matthew P. La especial distribución del espacio del local, el peculiar decorado y la proximidad del público con respecto al escenario (se podía rozar con las manos a cada uno de los músicos) ayudaban a crear un ambiente entrañable y distendido, en el que la empatía con los artistas cuajaba al instante y los efectos balsámicos de sus propuestas alcanzaban los oídos a través de un sonido pulcro y cristalino. La ocasión lo merecía, ya que se pudo demostrar el debido respeto a Neil Halstead, uno de los hombres que más hizo por dotar de sentido y sensibilidad al shoegaze de principios de los 90 con Slowdive, de ternura al pop-folk de raíz británica con Mojave 3 y de sentimiento al folk actual facturado en las islas; también, certificar que Nacho Casado y Pilar Guillén, La Familia del Árbol, se encuentran unos cuerpos por delante del pelotón folkie español; y, en primer término, descubrir a Matthew P, una de las joyas ocultas del pop inglés de trazas acústicas.

Al cantautor de Suffolk (condado del este del Reino Unido que él mismo comparó con Galicia, aunque allí la comida es peor y no hay vino Albariño -sic-) le correspondió inaugurar la velada parapetado tras su guitarra y con una pandereta sujeta al pie derecho cual hombre orquesta, elementos suficientes para dibujar un ficticio y brillante sol que iluminaba sus composiciones, como la saltarina “Rolling On” y algún tema nuevo que mostraba la misma vena optimista y animosa. Igual que la personalidad del propio Matthew, afable y simpática en todo momento, a pesar de que igualmente enseñó su cara más reposada. La algarabía de “Long Straight Lines”, sin embargo, dejaba claro que le sentaba mejor el traje de divertido entertainer que le había servido para ganarse por completo a la audiencia.

La Familia del Árbol jugaban con ventaja de antemano gracias a la admiración que despertó en su día su álbum “La Montaña y el Río” (Mushroom Pillow, 2011), una de las obras representativas del género folk patrio por su mezcla de delicadeza e intensidad y su apertura estilística. Una combinación que los ilicitanos trasladaron al directo de tal forma que, en determinadas fases, pasaban por ser la versión española de Low al transitar por una montaña rusa de simas algodonadas (“Mi Preciosa Amada”) y picos de energía en los que la guitarra eléctrica se desbocaba. Eso sí, entre latigazo y latigazo no faltaron las voces armoniosas, los acordes transparentes y los desarrollos progresivos cristalinos que devenían en canciones de extrema languidez (caso de la sorprendentemente reconstruida “Tú Me Quieres”) o, directamente, en poesía cantada acapella cara a cara: antes de abordar “La Montaña y el Río”, Nacho y Pilar abandonaron los micrófonos, se bajaron de las tablas y se colocaron frente al público para interpretarla en forma de declaración de amor mutua hecha con sus miradas cruzadas. La manera ideal de cerrar su dulce actuación.

La expectación previa a la salida de Neil Halstead era máxima: los allí presentes sabían a quién iban a escuchar y conocían al dedillo el tipo de concierto que ofrecería, independientemente de la dirección que fuera a seguir (la suya propia, la de Mojave 3 o realizando algún pequeño desvío hacia Slowdive –casualmente, esto ocurría la noche en que My Bloody Valentine anunciaban la publicación de su anhelado nuevo disco…-). Reforzado por un multi-instrumentista encargado del teclado-piano y la guitarra rítmica y por el mismo Matthew P al contrabajo, el británico se centró en el repertorio de sus dos aventuras más recientes, creando una atmósfera intimista e introspectiva vivida a flor de piel. Parte de “Palindrome Hunches” (Brushfire / Sonic Cathedral, 2012), su última referencia y razón de su extensa gira española, sirvió como arranque de su actuación a través de “Digging Shelters” y “Full Moon Rising”, tan nostálgicas y encantadoras como las piezas que fue recuperando tanto de su repertorio clásico a solas (“Driving With Bert”, “Witless Or Wise”) y con Mojave 3 (“Who Do You Love”, “Some Kinda Angel” o una enorme “In Love With A View”) como del inédito, del cual dejó caer alguna canción (armónica incluida) que no se salía de la habitual línea folk-acústica trufada de historias sobre el amor, el desamor, los sentimientos de pérdida y otras tristezas humanas que provocaban que los ojos, irremediablemente, se pusiesen vidriosos. Al final, no hubo opción a que tales sensaciones se prolongasen en un solicitadísimo bis, pero a Neil Halstead le bastó con pronunciar las palabras justas, enseñar su sencilla personalidad y dar lustre a una porción de su amplio y emotivo catálogo sonoro para aislar al público de la cruda realidad por unos momentos y hacerle sentir mucho mejor que antes de verlo en acción. De eso se trataba, ni más ni menos. Reverencia.

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