¿Es “¡Viva!” el primer disco regulero de Los Punsetes? ¿O es solo que resulta difícil superar la bajuna que provoca la canción que abre el álbum?

 

Desde el primer día, hay una palabra que acompaña a Los Punsetes -con más o menos escepticismo (sobre todo más) por parte de la banda-: “generacional”. Ge-ne-ra-cio-nal. Flipas: qué de responsabilidad. Si las palabras tuvieran peso, ahora la pantalla se estaría hundiendo y hundiendo replegada sobre sí misma una y otra vez en un insondable agujero negro. La etiqueta tampoco es que sea del todo fortuita, y si ha medrado es porque no sale de la nada: en la última década, ¿quién ha cantado al hastío, al desencanto al respecto de las oportunidades laborales y amorosas y, por encima de todo, a aceptar el fracaso como una parte integrante de una existencia compleja e interesante con más gracia y saña que los madrileños?

Pero -ojo que va perogrullada- un grupo generacional necesita una generación ante la que erigirse esplendorosamente como tal, y basta acudir a un par de conciertos de Los Punsetes para darse cuenta de que allí te encuentras desde el prototipo de Calvosaurius Pop hasta al veinteañero que se deja codos y rodillas rebotando en la multitud. Creo que el acierto de Los Punsetes -y el motivo por el que, más de una década después de su primera maqueta, sigamos hablando bien de ellos- fue justamente unir generaciones: recogieron el legado de grupos como Los Nikis y Ataque de Caspa y le infundieron un carácter propio e inconfundible.

Y han sido incluso capaces de sortear el arma de doble filo que supone encontrar la fórmula de tu éxito desde el minuto cero (es cierto que se han ido puliendo y estilizando, pero todo estaba ya en 2004 y “El Bar Del Tanatorio“): o te reinventas, o revientas. Los Punsetes destacan por muchas cosas, pero no justamente por innovar en su sonido y, aún así, en su discografía no hay un único disco, single, epé, maqueta, loquesea, que baje del sobresaliente. Hasta que llegó “¡Viva!” (Mushroom Pillow, 2017).

 

 

La verdad es que hay pocas elecciones más desafortunadas que abrir un elepé con una canción que sea ya no sólo la peor canción de ese disco en cuestión, sino de tu carrera musical al completo. “¡Viva!” resume, pues, todo lo que no termina de funcionar en este nuevo y quinto disco de Los Punsetes: no es que la fórmula se haya agotado por repetición, sino que pierde fuerza por reducida y simplificada. En lo que se refiere a la canción en particular, esta es sin duda pegadiza, compacta y coreable gracias a esa casi incesante acumulación de “¡vivas!” que la compone. Pero, en un grupo que justamente destaca por salirse de la senda marcada en cuanto a frases hechas y cómodas, no deja de resultar decepcionante una “viva la violencia / viva la ira / viva tu mirada llena de energía / viva la oficina / viva el trabajo / sólo de pensarlo me vengo abajo” asentada sin más sobre una estructura rítmica que le anda exactamente pareja. Y, desgraciadamente, con este primer tema se marca la tónica general de todo el disco: sólido, pero dirigido a acomodarse en sus propias convenciones.

Pese a lo dicho, debo romper una lanza a favor de dicho bodrio de canción: si es -como creo haber entendido tras ver la pasada de vídeo que dirigió Luis Cerveró– un homenaje en contenido a “Die Dritte Generation” (Rainer Werner Fassbinder, 1979) y a “Elephant” (Alan Clarke, 1989) en forma, se trata solamente de un guiño con un resultado no demasiado convincente como translación del código fílmico al musical. Si en ambos metrajes la cuestión gira entorno a la violencia desprovista de sentido y significado -en el primero, por desgaste de motivaciones ideológicas de sus personajes; en el segundo, por acumulación incesante de escenas violentas en la pantalla-, aquí Los Punsetes hacen lo suyo mediante una estructura obsesivamente repetitiva y una total ausencia de desarrollo lírico y temático, pero con resultados menos acertados.

Cabe decir que, una vez superado este pequeño socavón de poco más de dos minutos, “¡Viva!” logra arrancar con más destreza y eficacia, consiguiendo finalmente sumar un buen par de canciones al repertorio de los madrileños. No faltan los clásicos temas que revierten las ideas preconcebidas sobre las relaciones -románticas o no- desde una perspectiva de hartazgo (“Alphaville“; “La Pereza que me Da“), ni el humor ácido y directo hacia esa tipología de banda grandilocuente y cargante a los que Los Punsetes fueron respuesta cuando nacieron: “Un idiota que se da mucha importancia / un baboso que no mide las distancias / despilfarro de dinero público / reforzando el pensamiento único / poesía de 3o de EGB / en el hilo musical de El Corte Inglés“, lo que viene a ser “Tu Puto Grupo“, que podría haber sido un muy buen tema de no encallarse en una cadencia que, en vez de compactar letra y música, aplana ambas.

Salvan la situación el toque ochentero de “Humanizando los Polígonos” y la contundencia pop de “Miedo“, que funcionan como una especie de binomio sobre el deseo de hacer estallar una  apocalípsis de caos y destrucción, pero con métodos diamentralmente opuestos (“Voy a envenenar el agua que sale por el grifo / para llenar los botijos y que beban vuestros hijos” en el caso de “Miedo“, y “Aparezco cuando menos te lo esperas / y te meto dinero en la cartera […] / y cuando todo el mundo me deba un favor / sembraremos el caos y la destrucción” para la que la antecede). A propósito de “Humanizando los Polígonos“, llama la atención -para bien, pues cualquier novedad será siempre bienvenida- lo místicos que parecen haberse puesto Los Punsetes en su nuevo trabajo: “Mis manos se aventuran por el Universo / mis dedos rozan la espalda de Dios“, cantan aquí; y, en “Camino“: “a veces pienso en serio que si me concentro / encontraré una forma de rebelión /  un dardo de luz que abrirá una puerta / que vaya directa a la izquierda de Dios“.

 

 

En esta línea nace uno de los indiscutibles temazos de “¡Viva!“, en el que finalmente Ariadna y compañía consiguen ofrecer una canción que conserve toda la esencia del grupo sin encallarse en ella con desgana. “Presagios de Partida” lo tiene todo: desamor, distorsiones, una melodía pegadiza, una batería seca y contundente y una de las mejores estrofas del disco entero: “Mire donde mire veo presagios de partida / perspectivas invertidas, catedrales vacías / Mire donde mire veo el tiempo y el espacio / dislocados en extraños, arabescos garabatos / Y además está la obsesión por la pornografía“. Ponerse tan sublimes que uno cree estar escuchando una letra de Los Planetas en su etapa flamenca y alucinada y luego cortarse a sí mismo con tanto acierto y destreza rebajando totalmente el tono con una vuelta humorística y cotidiana es algo que solo Los Punsetes hacen tan bien.

Llegan así los últimos coletazos de “¡Viva!“, y la cosa ya sólo va hacia arriba. En “El Manual” se materializa por fin la admiración de Manuel Anntona por The KLF -digo “por fin” porque no pocas veces le he visto llevando una camiseta del grupo-, y en la mejor manera que se me ocurre: trasladando las directrices que escribiesen Drummond y Cauty en de “The Manual: How to Have a Number One Hit The Easy Way” (aquí entero) a una canción cuya estructura ascendente es sin duda un acertado recurso. Construyéndose poco a poco y con calma (“Vende esos teclados / deja el trabajo y vete al paro / para llegar al número uno“), empieza paulatinamente a coger cuerpo (“deja el trabajo y vete al paro /para llegar al número uno haz lo que dice…”) y justo estalla en una poderosa y envolvente bola de sonido en el momento adecuado. Finalmente, llega la última canción del disco, y una de las mejores canciones que Los Punsetes hayan escrito nunca: “Estrella Distante”.

Personalmente, para mí se coloca en la estela de canciones como “Un Corte Limpio“, “Cien Metros Para El Cementerio“, “Paraíso“, “Falso Documental“o, lo que viene a ser lo mismo, temas que sientan como cien mil puñaladas y tras los cuales muy entero o muy sordo tienes que estar para poder volver a salir de tu cama. A veces creo que nos gustan Los Punsetes porque son capaces de dar forma, voz y belleza a sentimientos que en realidad son todo lo contrario a algo deseable y poético. Y lo hacen sin caer en una romantización del dolor, con una demoledora delicadeza tan única y suya que en boca de nadie mas escucharás: “Esto es todo lo que hay / es silencioso y estridente / Esa estrella que tanto adoras / ha dejado de quererte / Esto es todo lo que hay / es lo anterior y lo siguiente / Esa estrella que estás viendo/ es la estrella de la muerte / Y la muerte os sienta tan bien“.

No deja de parecerme curioso lo diametralmente opuesta que resulta “Estrella Distante” como cierre respecto a la apertura que constituye “¡Viva!“. Si en aquella tenemos parquedad y concisión, como si alguien hubiese cogido la canción y la hubiera publicado solo tras hacerla pasar por un embudo, aquí sucede todo lo contrario: la canción crece poco a poco, se expande y se desarrolla sobre sí misma… Y, con sus casi ocho minutos, incluso se hace corta. “No hace falta ser muy listo /para comprender que no / se ha inventado un mecanismo / que evite la decepción“, cantaban Los Punsetes en “Una Montaña es una Montaña” (Everlasting Records, 2013). Y puede que terminar un disco regulero con una canción tan sublime no evite la decepción, pero es sin duda una manera de olvidarse de ella durante un buen rato.

 

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