En 1964, Stanley Kubrick, un cineasta de éxito, gracias a títulos como “Espartaco” (1960) o “Lolita” (1962), se reúne con un escritor de ciencia-ficción llamado Arthur C. Clarke. Acaba de descubrir su relato titulado “El Centinela“, escrito en 1948 y publicado en 1951, en el que unos astronautas llegan por primera vez a la Luna. Al aterrizar encuentran un objeto artificial que da muestras de llevar allí muchos siglos: está protegido por un campo de fuerza y emite una señal. Cuando los astronautas rompen el campo de fuerza para investigar el objeto, la señal cesa. Quien hubiese colocado allí la señal, ya debía saber que alguien había llegado hasta el objeto. Interesado en la guerra fría, (su último trabajo, “¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú” (1964), satirizaba abiertamente este conflicto) y, por tanto, en la carrera por la Luna, Kubrick propuso a Clarke extender el relato hasta convertirlo en un guión cinematográfico. Cuatro años de arduo trabajo después, el resultado fue esta obra maestra de la ciencia-ficción que se bautizó como “2001. Una Odisea del Espacio“.

Pero en 1964 la Luna ya no era un tema tan futurista, así que hacía falta un salto espacio-temporal para mantener el tono original. El misticismo presente en el fin del milenio y la lejanía de Júpiter (Saturno, en la versión novelada) fueron las soluciones elegidas. Mediante un prólogo intencionalmente situado en el amanecer del hombre se nos muestra cómo un primer centinela ha sido dejado en (¿o deberíamos decir “ha llegado por sus propios medios a”?) la Tierra y, con la primera luz del Sol, comienza a emitir su señal. Unos homínidos sorprendidos se sienten atraídos hacia él y el más valiente se atreve a tocarlo, siendo después imitado por el resto. Entonces la señal cesa y uno de esos homínidos descubre su capacidad de servirse de un objeto preexistente para darle un uso: inventa una herramienta. La primera. ¿Es el centinela – el famoso Monolito-, el que le ha conferido esa capacidad, término utilizado en algunas definiciones del concepto “inteligencia”? (Aquí hay que pensar en los mitos que hablan de dioses bajados de lo alto, como la griega Deméter o el etrusco Tages, para enseñar a esos pueblos habilidades como la agricultura o la lengua, respectivamente.) Y, ¿es casualidad que, en su primer uso, la herramienta sea convertirla en arma contra otro ser y luego, también, contra sus semejantes? ¿Sugieren Clarke y Kubrick que fueron extraterrestres quienes convirtieron al mono en hombre? ¿Que el principal uso que damos a esa inteligencia que nos diferencia del resto de animales es crear armas para destruirnos unos a otros? Tengamos en cuenta que era 1964: el peligro de la bomba atómica moderna, el misil intercontinental, estaba muy presente.

El resto es conocido. La trama original de “El Centinela” está ambientada en 2001, cuando el descubrimiento de un monolito semejante en Júpiter provoca el envío de una expedición cuya duración obliga a que los astronautas sean hibernados. La nave en la que viajan está comandadda por una súpercomputadora infalible llamada HAL (¿Alguien cree casualidad que las letras inmediatamente posteriores del alfabeto formen IBM?). El nudo es una metáfora de la crítica à la Kubrick de la guerra fría. Si en 2001 seguía existiendo semejante conflicto, está claro que habría viajado al espacio con sus técnicas de manipulación. Usadas habitualmente con éxito por ambos gobiernos, tanto con su oponente como con su propia gente, estas tácticas serán de hecho las responsables del desencadenamiento del drama, como confirmarán los bancos de memoria de HAL en una de las escenas más famosas del film (ya patente mucho antes, cuando Heywood Floyd, presidente del Consejo Nacional de Astronáutica, se encuentra con unos colegas soviéticos).

Según Carl Sagan, para el hombre, nacido, como el resto del Universo en una explosión en el espacio, todo viaje por este sería un largo y duro viaje de retorno a casa: una nueva “Odisea“, aunque no por mar. Ahora, la única posibilidad sería la de una odisea del espacio… David Bowman, nuevo Odiseo, alcanzará el Monolito de Júpiter para descubrir que es una puerta a otro universo, el de los seres que colocaron los Monolitos. En esta nueva dimensión, el que espacio y tiempo no actúan como en el nuestro… Pero eso sólo lo descubrirá cuando cruce la puerta.

Es común que un espectador que se aburre o no entiende una película alabe “su fotografía” o “su banda sonora”… Sobre “2001. Una Odisea del Espacio” se dicen, además, cosas como que “le sobra metraje” o que “no hay que entenderla para apreciarla, porque no fue hecha para el público en general”. Pero partamos una lanza a favor del ejercicio de Kubrick y Clarke: conocidas sus fuentes, se entiende perfectamente. No es su misión contestar todas las preguntas posibles, ni limitarse a no sobrepasar una determinada duración. Eso son prejuicios de espectador que pueden afectar al éxito comercial de una película, pero, sensu stricto, no a su calidad. Y esto conviene no olvidarlo: no es lo mismo.

[Marcos Arpino]

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