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Si algo bueno está teniendo esta situación de crisis en la que nos hemos visto inmersos (porque, oye, de alguna forma u otra hay que hacer nuestro aquello de que “al mal tiempo, buena cara”, ¿verdad?), es precisamente que reglas que parecían totalmente establecidas en el mundo laboral se están cuestionando. No es de extrañar: en época de precariedad es cuando realmente queda al descubierto el sinsentido del estado industrial capitalista… Por mucho que, sin embargo, esto venga siendo algo que muchos pensadores y autores hace mucho pero que mucho tiempo que ponen de relieve en sus libros. Un buen ejemplo de lo dicho sería “El Patrón“, con el que Goffredo Parise planteó en el lejano 1965 una parábola de lo que estaba por venir: empresas mastodonte en las que el trabajador es tratado de forma déspota y obligado a operar dentro de un compendio de leyes surrealistas que quedan no sólo fuera de la norma, sino también muy legos de toda lógica humana y natural.

El Patrón“, novela ganadora del Premio Viareggio que ahora es publicada en nuestro país por Sexto Piso, está narrada desde el punto de vista de un narrador que entra a trabajar en la empresa del doctor Max. Es este un personaje melancólico, neurótico y excéntrico que hace pasar a sus empleados no sólo por un aro, sino por múltiples de ellos. De esta forma, el narrador pronto se dejará llevar por la inercia de un sistema que funciona con reglas extrañas, pero con reglas al fin y al cabo. Es un sistema habitado por otros extraños personajes como el padre del doctor Max, su prometida, un portero que le administra dolorosas inyecciones que nadie sabe para qué sirven u otros compañeros como el doctor Bombolo, Pluto y Goofy. Una parábola del sistema laboral en el que vivimos a día de hoy, donde las partes son prescindibles siempre que no consientan en convertirse en un engranaje más de la maquinaria.

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