Hacia el meridiano de “Skibber Bee-Bye“, la protagonista femenina (que es femenina por mucho que tenga un par de orejas de oso o algo parecido coronando su cabeza) escribe en su diario: “Tenemos la esperanza de que nos traerá algo sabroso… la próxima… la próxima… Una parte de dulzura. Dos partes de dolor“. Vayamos primero a por las explicaciones y después a por las conclusiones extrapolables. Explicación: el protagonista masculino, un elegante elefante que viste en traje chaqueta y es aficionado a los sombreros y los bolsos de hombre, ha tomado la cocina de la casa de la protagonista y se ha encerrado allá, cocinando pastel tras pastel y sirviéndoselos al objeto de sus anhelos y al hermano de esta. La pastelería como expresión de un amor dulcísimo capaz de romper dientes a base de esa fórmula, de helar el corazón a base de “una parte de dulzura, dos partes de dolor”. Ahora a las conclusiones extrapolables: así, con una única frase en el corazón de su novela gráfica, Ron Regé Jr. consigue sintetizar el alma de su creación, un cómic que parte de un puerto rodeado de paisajes benevolentes, amables y casi infantilistas y que acaba recalando en un puerto de aguas podridas y múltiples remolinos capaz de llevar a la zozobra al navío mejor armado.

La historia de amor entre este elefante y la chica con orejas de oso panda es un cuento de aquellos que, lejos de la nueva tradición paternalista disneyana, abre heridas con mayor frecuencia de lo que pretende cicatrizarlas. “Skibber Bee-Bye” (bellísimamente publicado en nuestro país por Apa-Apa) es una fábula en la que varios personajes típicamente de cuento entran en contacto con el mundo humano sellando, sin saberlo, un contrato con la auto-destrucción y la tragedia. Desde el principio, la existencia de los protagonistas transcurre con una cadencia luminosa y mágica en la que juega un papel especial unos extraños seres que son como ojos que se sostienen sobre una pierna y vuelan con el aleteo de sus largas pestañas y de unas alas de mariposa. Una vez superado ese mencionado ecuador (curiosamente, la única parte de la novela gráfica que es en color, aumentando así la intensidad de su significancia), los protagonistas toman contacto con la realidad humana y se ven abocados al drama: un drama sin sentido, destructivo como el fuego de una hoguera de San Juán a la que se lanza la habitación de un niño que ya ha dejado atrás la inocencia de la pre-adolescencia. Cuando la violencia hace acto de presencia, lo hace con una explosión cortante y seca, con una dureza estética y fascinante en la que es imposible no quedarse prendado… De esta forma, la espina dorsal en color de la que hemos sacado las palabras iniciales de esta reseña divide la novela gráfica de Ron Regé Jr. en dos mitadas simétricas: la primera se refleja en la segunda como si de un espejo roto se tratara.

Como colofón, todo esta intencionalidad casi mitológica se ve amplificada por el grafismo del autor, una especie de simbolismo que huye de la simplicidad y el feísmo de ciertas corrientes modernas para buscar su razón de ser en las composiciones de página y viñetas laberínticas en las que cada elemento es casi un jeroglífico imprescindible para desentrañar el significado del conjunto. De hecho, las representaciones de los personajes son, en muchas ocasiones, rayanas a una especie de representación mitológica ancestral: como si los cartoons de Tex Avery descubrieran su particulares cuevas de Altamira y en las paredes estuvieran representadas las viñetas de este “Skibber Bee-Bye“. El cómic puede parecer, en un principio, algo críptico tanto a nivel visual como argumental… pero basta una lectura en profundidad (para la que hay que esforzarse, ya que la belleza de la coraza visual a veces conduce a un ritmo de lectura vertiginoso) para darse cuenta de la circularidad de la propuesta. El mito parte del caos, se ordena y desemboca en una violencia que destruye y hace regresar todo al caos… del que vuelve a surgir la creación. Puede sonar a intelectualización pura y dura, pero es que incluso si te quedas en la cáscara de este sabroso huevo, vas a disfrutar como un niño con sus juguetes nuevos. Y, sobre todo, también vas a sufrir como ese niño cuando, de adolescente, contempla los mismos juguetes ardiendo en la mencionada hoguera de San Juán.

[Raül De Tena]

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