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Arranca nuestra cobertura del Sónar 2014 con una primera jornada en la que el Sónar de Día se confirmó como el paraíso absoluto del festivalero exigente.

 

Ya no hay cultura del shock que valga… El año pasado, puede que el traje nuevo del emperador eclipsara comentarios generalizados y críticas periodísticas: por una vez, el traje nuevo del emperador era real, no un espejismo, y tenía forma de nuevo recinto para el Sónar de Día. Como diría la Klein (si tuviera un poco de humor), nos quedamos todos con el culito abierto y en estado de shock cuando nos vimos de repente en aquel oasis de césped verde, en un espacio capaz de aunar hipsteria y confort, elegancia y comodidad, sin dejar de resultar vocacionalmente post-moderno. El recinto del Sónar de Día tendría que ser el epítome absoluto en el que deberían mirarse los recintos de otros festivales. Pero esto ya lo dijimos el año pasado y, como venía diciendo, en este Sónar 2014 ya se nos ha pasado la sorpresa y hemos podido ver qué había debajo del traje nuevo del emperador.

Y debajo del traje nuevo del emperador, como supondrá todo el mundo, había desnudez. Dicho como algo muy positivo. El Sónar siempre ha sido un festival sin gilipolleces, sin pretensiones, sin soberbia: lo suyo no es despreciar sistemáticamente a sus asistentes, pero tampoco dorarles la píldora. Lo suyo, al fin y al cabo, es plantar en el morro de los festivaleros un evento impecable e impoluto desde su programación hasta su producción. Donde en otros festivales se intuye una actitud de “recibo todas las ofertas y me limito a decir esta sí, esta no, esta me gusta me la como yo“, en el Sónar se puede palpar el mimo absoluto con el que crean su línea programática, su voluntad visionaria de tener entre su programación todo un conjunto de actos que sorprendan y desafíen al asistente. Y donde en otros festivales se intuye un crecer a toda costa (y a costa de la comodidad del festivalero), en el Sónar se percibe una sanísima actitud de llegar hasta donde la música que es el corazón del festival les permite. No más allá. Pero tampoco más acá.

¿Estoy siendo apologético? Permitídmelo. Muchos son los festivales a mis espaldas y si, aquí y ahora, decido abogar por la subjetividad y dejar de lado el contrato periodístico entre periodista (supuestamente objetivo) y lector (que confía en la objetividad del periodista), es porque realmente no me avergüenza para nada afirmar públicamente que el Sónar está a años luz de las propuestas festivaleras habituales. En esta edición de 2014, con tan sólo una jornada de Sónar de Día a nuestras espaldas, todo lo dicho se traduce en que el festival ya ha asimilado el espacio y viceversa: los actos se suceden con naturalidad, la gente se mueve de forma fluida, el buen rollo se expande por el aire como una pandemia de poppers y, en general, prima un buen rollo, una sensación de comunidad, un “no te pierdas el SonarPlanta” o “¿has visto la locura de Carsten Nicolai?” y una especie de voluntad generalizada de abrir todos los canales sensoriales para dejarse sorprender por locurones como el monolito de Plastikman o la monumentalidad emocional de Nils Frahm. Esto es el Sónar: este no parar, este dejarse sorprender continuamnete… Y no ha hecho más que comenzar. ¿Que qué había debajo del traje nuevo del emperador? Señores, señores, lo que hay es una tranca digna de actor porno. [Raül De Tena]

 

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NEV.ERA. Descorchamos festival con materia prima nacional que sonó como si al pulcro y aséptico esqueleto de Raster-Noton se le hubiera sobrepuesto un cálido abrigo de ondas aterciopeladas. Melodías que tan sólo se dejaban entrever y acababan por diluirse en una hipnótica atmósfera; una atmósfera oscura que no llegó a calar como merecía debido principalmente a la hora (12 AM) y escenario en que aconteció (SonarVillage). Un sol de justicia y un foro abierto no propiciaron la inmersión en sus oscuras e intensas ondas. “Presión Profunda” se llama su trabajo más largo en estudio y profundas ansias de más es lo que dejaron tras su directo… Pero, eso sí, en un enclave más íntimo y oscuro. [Jose M. Collado]

DISCOS PARADISO CREW. Sabrosísimo aperitivo para empezar a degustar el menú festivalero. Los chefs de esta ya mítica tienda de discos barcelonesa nos sirvieron una amplia variedad de exquisitos sabores. Bombazos electro, bass music densa y contundente, breaks crujientes, pop desconocido pero no por ello menos fresco y un largo etcétera de adjetivos que aderezarían lo que fue un festín para nuestros oídos. Guindas que coronaron el pastel con suma exquisitez fueron, por poner dos ejemplos, una desconocida y fabulosa versión del “Aquarius” de Boards Of Canada o la remezcla del “Midas Touch” que estos mismos escoceses hicieron del tema de Midnight Star, “jitazo” que nunca deja de sonar tan fresco como la primera vez. En resumen, papilas abiertas de par en par y chorreando de placer. [JMC]

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BALAGO. Provenientes del satélite que atrae mareas y gira a románticos y soñadores, Balago se dejaron caer en el escenario más íntimo (SonarHall) como selenitas de pura cepa que son. De su cinemática nave salieron -como es de costumbre- oscuros drones que señalaban en una inhóspita dirección. Envueltos en una oscuridad casi absoluta -tan sólo algunos haces de luz atravesaban la densa niebla que les envolvía-, invitaban a adentrarse durante una hora en un sueño, unas veces inquieto, otras calmado y siempre emocionante. Imagen bastante representativa, teniendo en cuenta que todos los asistentes que ocupábamos la parte más cercana al escenario estábamos sentados y algunos incluso tumbados (una vez más y siempre, ¡gracias, Sónar, por el césped artificial!). No hacía falta mirar al escenario, ni siquiera abrir los ojos, tan sólo abrir los oídos y dejar que el resto viniera por si mismo y se te llevara hasta la luna… [JMC]

mo

MØ. De entrada, la actuación de ha recordado a la rueda de calentamiento de los Miami Heat: un prodigio atlético. Apoyada en una banda que podríamos calificar como solvente, una Karen Marie Ørsted pletórica de fuerzas, sentadilla va, sentadilla viene, y rematando la faena con un fugaz crowdsurfing que a punto ha estado de causarle alguna desgracia, ha ido desgranando los temas de su notable debut (“No Mythologies To Follow”) en un arranque sofocante de festival. Es que menudo bochorno. Y no, no me refiero a los atuendos del distinguido público que a las 15:30h empezaba a agolparse en el escenario Village, sino a esos trescientos a la sombra que ya nos castigaban a esa hora. Por suerte, el calor se tolera mejor con hits. Y ahí han sonado, entre otras, la perfecta “Pilgrim”, “Never Wanna Know” o una celebrada “Don’t Wanna Dance” para, al menos metafóricamente, refrescar al personal. Satisfactorio inicio de festival para un servidor, sin grandes alardes pero sin motivos para el reproche. [David Martínez de la Haza]

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