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Desde hace ya un tiempo, Annie Clark, la cual no parece ser alguien a quien se le escape ningún detalle, viene presentando sus últimas canciones con una estudiada coreografía que bien podría ser un número descartado, por demasiado extraño, de Lady Gaga. Embuchada en ceñido cuero negro y con pelos de loca, súbitos movimientos a lo muñeca diabólica, mirada impertérrita fijada en un punto del infinito, St. Vincent ya no es la cantautora de música fascinante: ahora es un personaje creado, artificialmente, para fascinarnos con su música. Ha pasado de ser el último eslabón de ese linaje que une estrellas femeninas de la experimentación pop como Kate Bush y Tori Amos a tener su sitio en el firmamento por derecho propio. Se lo ha ganado, sin duda, Annie Clark; pocas personas pueden presumir a su edad de cuatro álbumes de estudio en solitario, una colaboración con David Byrne y formar parte del maravilloso grupo liderado por Sufjan Stevens.

Pero qué queréis que os diga, echo un poco de menos a Annie: La chica de de los ojos despiertos con pinta de ser la más lista de la clase, un poco repelente, de lo sumamente inteligente, pero que, con esa tímida simpatía y belleza adorable, se le perdona todo. Mi disco favorito sigue siendo “Actor” (4AD, 2009), segundo trabajo que la catapultó hasta su posición privilegiada en la escena alternativa norteamericana y niña mimada de la crítica especializada, un lugar que hoy sigue conservando. Intrincadas melodías pop, ricas texturas, detallismo extremo y creatividad desbordante: estos son los ingredientes que ha usado desde sus inicios Clark para dejarnos con la boca abierta. Si en ocasiones parecía caer hacia al lado del frío intelectualismo, ahí estaban temas como “Actor Out Of Work” para ponerle un poco de rock primitivo de toda la vida al asunto, o las tiernas melodías de “Strange Mercy” para hervir nuestra sangre a fuego lento. Por momentos parecía que St. Vincent lo tiene todo: la mezcla perfecta de experimentación ingeniosa y corazón salvaje.

Su último y homónimo disco, sigue la línea trazada por la de Oklahoma en el pasado sin desviarse demasiado. El progreso es lento pero evidente. “St. Vincent” (Loma Vista Recordings / Republic / Universal, 2014) es su producto más pulido, su vástago más evolucionado. Hay poco espacio para la duda, pocas concesiones para el error: Clark suena más segura de sí misma, más perfecta… menos humana. La extravagancia hecha ciencia. Paradójicamente, es también el mayor éxito comercial de su carrera. Cierto es que a primera vista parece más accesible, con sus canciones más in your face hasta la fecha. Comienza con “Rattlesnake”, que hace honor a su título, amenazador, serpenteante; sus esquinas no son curvas, en cambio, sino dibujadas sobre una cuadrícula, formada por ceros y unos. “Digital Witness”, sin salirse del guión, es como la hermana robótica de tUnE-yArDs. Intenta rescatar el funk, el groove, de su disco con David Byrne, sin mucho éxito: el extraño “yaaaa” de acento teutón que acompaña a los arreglos de viento recuerda más a Kraftwerk que a James Brown. No menos extraña es “Birth In Reverse”, rock mecánico que parece sacado de una radiofórmula de los 90 y de una recóndita galaxia, a partes iguales. Todo es ambiguo, excéntrico y ligeramente inquietante. Aparentemente sencillo, por dentro es duro de hincarle el diente.

Dicho todo esto, la verdad es que el disco está muy bien, como todo lo que hace St. Vincent, talento único donde los haya. En él, sin embargo, Clark explota su lado más cerebral y, en consecuencia, parece olvidarse del alma por el camino. Odio esta expresión, pero si hay que decirlo se dice: en ocasiones me deja frío. Incluso en sus temas más cálidos existe una amarga sensación de desapego de la realidad. Temas de preciosas melodías como “Prince Johnny”, “I Prefer Your Love” o “Severed Crossed Fingers” parecen cantados por una Lana del Rey interestelar, como encerrados en una destartalada y polvorienta radio sonando, hasta la eternidad, perdida en el paisaje desértico de un planeta lejano. Está todo pensado y planeado al milímetro, obviamente, y sus coreografías en directo no son fruto de la improvisación. Annie Clark se sube al carro del temor a las nuevas tecnologías y la alienación de nuestra sociedad, esta sociedad autómata y somnolienta, inhumana. Su personaje de laboratorio nace en un mundo apocalíptico donde los zombies son usuarios de whatsapp. Un triste mundo, el nuestro, donde más que un espejo donde recordar nuestras miserias, reconforta escuchar una voz humana, imperfecta, que nos mienta, que nos diga que todo va a ir bien. Y esto, St. Vincent, con todas sus numerosas virtudes, no lo es.

 

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