Secuencia 1. Aparecen un chico y una chica: él, empleado de una tienda de discos, y ella, clienta, hablan sobre una de las mayores influencias de Green Day, los seminales Stiff Little Fingers. Solícito él, pincha uno de los vinilos de dicha banda punk de los 70 a través del hilo musical para paladear uno de sus temas… Y sí, claramente ella comprueba que Green Day son una burda copia de los norirlandeses.

Secuencia 2. El dueño de la tienda interrumpe la conversación y susurra al oído de su compañero que en ese mismo instante será capaz de vender varias copias de un disco de unos extraños británicos que allí dentro sólo conocen ellos dos y nadie más, simplemente haciendo sonar uno de sus temas. Unos segundos después, las cabezas de algunos de los compradores empiezan a seguir acompasadas su melodía y la atmósfera del local se transforma.

Esta es, resumida en dos secuencias, una de las muchas escenas legendarias de “Alta Fidelidad” (Stephen Frears, 2000), culminada por “Dry The Rain”, composición de una rara avis surgida en plena era post-britpop: The Beta Band, un grupo que causó cierto revuelo a finales de los 90 pero que con el paso del tiempo se fue diluyendo como un azucarillo hasta desmembrarse en 2004. El culpable de todo ello, tanto de lo bueno como de lo malo, fue precisamente el señor Steve Mason, su cantante y artífice. El estilo que practicaba el combo nada tenía que ver con lo que se escuchaba en Gran Bretaña en aquella época, ya que combinaban muy a su manera pop clásico, soft-rock, psicodelia, trip-hop y electrónica. Un eclecticismo que quedó plasmado en tres álbumes y otros tantos recopilatorios, hasta que la mollera de Mr. Mason hizo catacrocker. No es que estuviese loco de remate, pero según parece su cabeza no regulaba demasiado bien y su ánimo estaba por los suelos. Así que había decidido que lo mejor era que The Beta Band pasasen a mejor vida (para desgracia de sus fans) y que su única solución fuese esfumarse por arte de magia (aunque sin el enigma que rodeó al ya dado por muerto Richey James, el antiguo componente de Manic Street Preachers). Ni siquiera daba señales de vida su alias King Biscuit Time, proyecto que desarrolló paralelamente a su banda madre, así que todo el mundo pensaba lo peor. Hasta que en 2007 salió del mundo de las tinieblas gracias a Black Affair, particular plan de recuperación musical centrado en emular a New Order, Depeche Mode y otras luminarias del synth-pop ochentero. El caso es que el experimento no le salió nada mal (no estaría de más rescatar su LP “Pleasure Pressure Point”; Universal, 2008), y se convirtió en una buena lanzadera para dar su siguiente paso creativo (y van cuatro): él mismo.

Puede resultar chocante creer que la última estación artística de Steve Mason sea él mismo, es decir, usando su propio nombre: habría que interpretarlo como una señal de autoafirmación y de que por fin se encontró tal y como se hubiese gustado ver siempre. De ahí que su primera referencia bajo tal denominación, “Boys Outside” (Domino / PIAS Spain; 2010), comience con una especie de súplica: “Understand My Heart”. A partir de ahí, va resumiendo experiencias varias que fue acumulando todo estos años. Si hacemos caso a “Lost And Found”, en ella se aprecia una lírica muy personal: efectivamente, nos cuenta con sinceridad que es un hombre nuevo que vuelve a creer en su causa, superados los zarandeos que le dio la vida (por eso no es de extrañar que sea el single central del disco). Como contrapunto, el propio Mason se pregunta en “Am I Just A Man” qué es realmente y cuál es su papel en este mundo. Lo mismo le sucede cuando repasa algún asunto relacionado con el amor (siempre aparece, aunque uno esté perdido en la más profunda oscuridad): con “I Let Her In” explica cómo se sufre por él, y en “The Letter” da detalles de cómo se pierde. Este segundo corte, un dechado de melodramatismo, podría ser la otra piedra angular de “Boys Outside”, tanto por su letra (doloroso ese “could it be you don’t love me, could it be you don’t care”) como por la voz de Mason, que crece en intensidad y se acerca por momentos a la de Guy Garvey, líder de Elbow. Este cuarteto de canciones reflejan el interior de su autor y del de cualquiera de nosotros: nuestra existencia se basa en superar contradicciones, en pensar que lo bueno tiene muchas probabilidades de que se acabe por culpa de algo malo, y que lo malo se pueda ¿solucionar? con algo bueno. Además de la huella existencial del disco, musicalmente hablando Mason retorna en cierta manera a sus orígenes al frente de The Beta Band al incorporar a sus canciones toques electrónicos, pop ralentizado calcado al del Jack Peñate más reciente, y ecos dub usurpados a Massive Attack (“Yesterday”, “Stress Position”, “All Come Down”). Cualquiera diría que parte de la producción corrió a cargo del ubicuo Richard X (Róisín Murphy, Goldfrapp o Sophie Ellis-Bextor, entre otras estrellonas dance-pop), ya que prácticamente no se nota su rastro: en un disco tan íntimo no tiene cabida.

Secuencia 3. Se ve a un hombre sentado con el rostro serio pero sereno, bien cuidado aunque con apariencia de estar de vuelta de todo.

Secuencia 4. Se levanta y se queda quieto, sin mover un músculo. No parece que vaya a decir nada. Sin embargo, sus ojos indican que desea esbozar una leve sonrisa.

No, no es otra escena de “Alta Fidelidad“. Es el señor Steve Mason, viendo el final de su tortuosa travesía y recuperando la calma espiritual.

No Hay Más Artículos