Las revoluciones silenciosas son las que verdaderamente acaban triunfando. Nadie se entera de cuando comienzan ni sabe quiénes son sus ideólogos… Pero cuando uno se quiere dar cuenta, siente que todo permanece igual pero diferente, que algunas cosas cambiaron sin parecerlo, de manera natural. En ese justo momento, el que lo vive ya se queda atrapado. En los años 60, en plena tormenta beatleliana, los pequeños grupos de Liverpool que se conformaban con recoger los escombros que dejaba tras de sí dicha tempestad estaban generando, sin ser conscientes de ello, otra corriente de agitación musical (y social) que todavía perdura en nuestros días: el Merseybeat. Sigilosamente, su influencia se fue extendiendo por toda Gran Bretaña, atravesó el charco hasta invadir toda América, de norte a sur (reconvertido en lo que se dio en llamar British invasion), y cruzó el Canal de la Mancha para conquistar Europa. Claro que los Fab Four tuvieron mucho que ver en ese logro, pero el trabajo sucio lo realizaron otros nombres no tan conocidos: The Searchers, Gerry & The Pacemakers, The Swinging Blue Jeans, The Hideaways, The Fourmost… y otras bandas que habría que rescatar a través de estudios arqueológicos pero que tendrían igual importancia en este asunto. La fuerza que había tomado esa ola era imparable y le permitió mantenerse erguida tras la disolución de The Beatles, la llegada de los confusos años 70, la irrupción del punk (y del post-punk) y el abandono de las guitarras en favor de los sintetizadores electropop de los 80. Demasiados obstáculos que fueron despareciendo alcanzados los 90 gracias a una new wave liverpuliana (The La’s, Cast o Benny Profane), que en pleno siglo XXI recobró protagonismo con The Rascals, The Stands, The Zutons… y The Coral.

El brit-pop ya estaba dando sus últimos coletazos, su influencia decaía y su anunciada muerte abría el camino a nuevos valores provenientes de la orilla del río Mersey. Pero como en muchos casos anteriores, la vida de esas formaciones no iba más allá de uno o dos discos, o de algún single que se colaba con relativo éxito en las radios británicas. A excepción de The Coral, los alumnos más raros y listos de la clase, encargados (involuntariamente) de reconducir la revolución silenciosa scouser principiada cuatro décadas atrás tras el revuelo que causó su debut en largo, “The Coral” (Deltasonic, 2002), que incluía uno de los himnos de la nueva generación backbeat: “Dreaming Of You”. Su inquietud creativa hizo que posteriormente publicasen un disco por año, sin bajar en ninguno de ellos el nivel de su primera referencia. Bajo el amparo en la producción de Ian Broudie (líder de otros liverpulianos de pro, The Lightning Seeds) firmaron dos grandes álbumes más, hasta que en 2005 Geoff Barrow (miembro de Portishead) tomó los mandos y dieron su único patinazo: “The Invisible Invasion” (Deltasonic, 2005). Parecía que, precisamente, la invasión, más que hacerse invisible, se diluía. El quinteto encabezado por James Skelly sabía que la solución pasaba por recuperar viejas costumbres, y para ello volvieron a recurrir a Broudie, que puso las cosas en su sitio con “Roots & Echoes” (Deltasonic, 2007), con el que The Coral consiguieron volver por sus fueros.

Con lo que no contaba nadie era con el largo barbecho en el que entraría el grupo a partir de esa fecha, algo extraño en él, ya que este “Butterfly House” (Deltasonic / Nuevos Medios, 2010) tardó tres años en caer, entre rumores que hablaban de que se les había pasado el arroz o de su posible separación tras la salida de uno de sus miembros fundamentales: Bill Ryder-Jones. Sin embargo, se sacaron de la manga un LP de diecisiete temas, sin paja ni relleno desechable, que se puede considerar todo un corte de mangas marca de la casa (imaginaos al futbolista Steven Gerrard cabreado para recrear la escena) contra toda esa palabrería. El talento no se pierde así como así, y “Butterfly House” demuestra que estos cinco chicos siguen a lo suyo: a elaborar, bajo su particular óptica, auténticas gemas pop-rock de sabor añejo sixtie, condimentadas con brillantes toques de psicodelia y desplegadas sobre fondos de cierto halo misterioso, como si no hubiesen pasado el tiempo desde su anterior aparición ni desde su estreno oficial… Eso sí, otra vez sin Ian Broudie, pero junto a un valor seguro en las tareas de grabación como John Leckie (The Stone Roses, Radiohead).

En la apertura del disco, The Coral despliegan todas sus virtudes, desde la melodía perfecta hasta la combinación armónica de los coros con la carismática voz de James Skelly, pasando por su característico sonido cristalino: aquí destacan “More Than A Lover” y “Roving Jewel” (cercanas a sus vecinos Space), y “Butterfly House” y “Green Is The Colour” (muy The Animals). La primera sorpresa llega con el medio tiempo “Falling All Around You”, registro poco practicado por la banda pero en el que se mueve como pez en el agua; la segunda, la manera en que The Coral hacen que el sol ilumine los vetustos embarcaderos que adornan el río Mersey desde su nacimiento en Stockport hasta su desembocadura en el mar de Irlanda, lugar que poco tiene que ver con la luminosidad de “Two Faces”, “She’s Comin’ Around”, y, sobre todo, “1000 Years”, más propias de California (sus fuentes de inspiración no se iban a circunscribir estrictamente a Gran Bretaña…) Si “Butterfly House” hubiese concluido aquí, se echaría de menos la otra cara de Skelly y los suyos, la más psicodélica y bizarra, que adquiere diversas formas hasta el final del disco siguiendo las pautas marcadas por The Beatles: de aire circense (“Coney Island”, deudora de “Being For The Benefite Of Mr. Kite”), de largo minutaje mutante (“North Parade” utiliza su primer acorde homenaje a “A Hard Day’s Night” para adentrarse en un desarrollo prog-rock setentero ) o de influencia oriental (“Coming Through The Rye”).

Los vientos provenientes del noroeste de Inglaterra indican que algo continúa moviéndose en las entrañas del condado de Merseyside. Ya no tienen el impacto de antaño, ni sus movimientos en la actualidad despeinan tantas cabelleras… Pero, ya se sabe, no es necesario hacer demasiado ruido para que la revolución siga su curso y cale hondo. Mientras se note cómo esos aires golpean con suavidad en la cara y abren con rabia nuestros oídos, sabremos que los puños scousers se mantienen en todo lo alto.

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