Y de repente dieron señales de vida. Nadie sabía qué había sido de The Magic Numbers desde el lejano 2007 hasta mediados del año pasado, y algunas voces empezaban a sugerir como último recurso llamar al Paco Lobatón británico para dar con su paradero. Al final no fue necesario, pero no cuesta imaginarse los motivos de tan largo paréntesis creativo: cuidar de sus bonitas casas y sus coquetos huertos en la campiña inglesa en una estampa empalagosamente bucólica; revisar todos los capítulos de “La Tribu de los Brady“; o desenredar entuertos sentimentales al más puro estilo del grupo con el que se les comparó tantas y tantas y veces, The Mamas And The Papas. Por suerte para los hermanos Stodart (Romeo y Michelle) y Gannon (Sean y Angela), a la vez matrimonios cruzados y bien avenidos, no tuvo lugar ninguna trifulca de esa clase que acabase con la carrera musical del cuarteto (circunstancia que sí había ocurrido en su momento con los americanos). Además, sólo con ver sus fotos, repletas de caras sonrientes y melenas hippies al viento, cualquiera se daría cuenta de que se llevan muy bien y de que se puede vivir anclado en un permanente verano del amor sesentero en plena era virtual. Sus discos (“The Magic Numbers”, Heavenly, 2005; “Those The Brokes”, Heavenly, 2006; y el EP “Undecided”, Heavenly, 2007) también son un espejo de ese buenrollismo, traducido en flamantes y pegadizas canciones folk-pop que harían bailar al mismísimo Sheldon Cooper. Hasta que “The Runaway” (Heavenly / Nuevos Medios, 2010) llegó…

No es que el cabecilla del grupo, Romeo, hubiese tenido una revelación mariana anunciándole que el mundo se va a ir al garete en dos días, pero si atendemos a la solemnidad que desprende “The Pulse” (single previo de presentación del disco) gracias a sus arreglos orquestales, podríamos pensar eso o que la composición fue fruto de un trip junto a Brian Wilson (y su bendita locura), Van Dyke Parks (poniendo un poco de cordura) y George Martin (que pasaba por allí). La cruel realidad es que The Magic Numbers tuvieron que pasar por el trance de recibir la noticia del fallecimiento de su más estrecho colaborador, Robert Kirby (afamado arreglista que trabajó con Nick Drake o Elvis Costello, entre muchos otros, y cuyo trabajo con la banda había hecho que se le considerase su quinto componente), durante la grabación del LP. Así que, el sentimiento de pérdida planea inevitablemente sobre todo el minutaje. Eso sí, musicalmente hablando, lo que no falta es brillantez ni armonía, como los coros marca de la casa: las palabras de Romeo no tendrían el mismo calado sin el apoyo vocal de Michelle, Angela y Sean. Basta con fijarse en el inicio y el evocador desarrollo de “Hurt So Good”, que no precisa más que unas suaves guitarras (acústica y eléctrica) y una mínima percusión para sentir que realmente el dolor puede ser bueno (que alguien me lo explique…) Si el asunto va de flagelarse, qué mejor que hacerlo con nocturnidad para que nadie se entere, aunque haya que liberar la rabia con algún que otro grito silencioso: “Why Did You Call?” excava en la mina de The Sleepy Jackson para explicarlo.

Aún habrá quien se esté preguntando si, a pesar de la sombra de tristeza que cubre “The Runaway”, existe la posibilidad de que caiga el habitual hit radiante de The Magic Numbers. Bien, me temo que tendrá que esperar sentado, porque esta vez no hay espacio para un “Forever Lost” o un “Take A Chance”. Todo lo contrario: que a nadie le extrañe escuchar divagaciones sobre temas relacionados con cosas que se tuvieron (y se compartieron) en el pasado o con las consecuencias propias de no conseguir encontrarse a uno mismo (“Once I Had”, “Throwing My Heart Away”). La única veta positiva se abre con “A Start With No Ending”, en la que parece que Romeo y los suyos sí creen que hay un limbo en el que llevar una vida mejor, para redimirnos de nuestros errores y alcanzar la luz eterna. Puede ser… Tampoco es cuestión de ponerse filosófico, aunque en el tramo que va de “Restless River” a “Sound Of Something” sería lo más natural, dada su profundidad y sensibilidad. Con todo esto, si hacemos caso al epílogo, “I’m Sorry”, el disco al completo se podría entender como una especie de homenaje-despedida a Robert Kirby (¿será el fugitivo al que se refiere el título?), y una manera de decirle aquello que se quedó en el tintero. Puede que esa no fuese su intención inicial, pero el resultado se acerca bastante a ello. Ahora ya sabemos quién debió de dejar marcada la gran huella que ilustra la portada.

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