Estar en la cima de cualquier ámbito de la vida no significa que todo se vea de color de rosa. Ya lo dice mi abuela: “aunque tengas éxito, si eres un desagraciado, ni con todo el dinero del mundo vas a dejar de serlo”. Esto mismo se podría aplicar a los ricachones solitarios o a los triunfadores tristes… Cada uno es como es, y le toca vivir lo que le corresponde. Y sí, soltando unos cuantos billetes se podría borrar temporalmente la soledad o la desazón, pero no sería más que un parche irreal, un remedio que no vale de nada. The National deben de saber un rato de eso, no por la cifra de ceros de las cuentas corrientes de sus componentes, sino porque aún manteniéndose en la cumbre musical, no perdieron su aura de portadores de mensajes solemnes destinados a almas desoladas. Qué fácil sería para ellos cambiar el discurso y caer en el tópico de contar lo mal que se lleva la fama y todas las demás tonterías de estrella. O ponerse el disfraz de héroes planetarios que luchan por causas justísimas (¿verdad, Bono?). Pero no, los de Brooklyn no se dedican a eso ni nunca lo pretendieron en su carrera de casi una década: lo suyo es coger entre sus manos los corazones más débiles y sensibles y darles el mejor acomodo posible. El título de su segundo álbum, “Sad Songs For Dirty Lovers” (Brassland, 2003), da una idea de lo quiero decir y define a la perfección el espíritu del grupo.

Los cuatro años posteriores significaron el desparrame emocional absoluto de la banda. En ese tiempo publicó “Alligator” (Beggars Banquet, 2005) y “Boxer” (Beggars Banquet, 2007), dos joyas de rock oscuro, por momentos épico, profundo e incisivo (que no hiriente). Adjetivos que emparentó a The National una y otra vez con Joy Division o Arcade Fire, pero ellos están hechos de otra pasta. Como la voz grave de Matt Berninger, única en su especie (por mucho que intenten seguirle los pasos Tom Smith, cantante de Editors, y Paul Banks, el de Interpol), capaz de lograr que las palabras se nos cuelen hasta el tuétano: todavía resuenan las réplicas del terremoto provocado por “Mistaken For Strangers”, tema al que recurrieron seguramente muchos de los que están leyendo esto ante situaciones de riesgo de derrumbe personal.

Para esos mismos sentimentaloides (lo digo en el buen sentido, yo me incluyo), “High Violet” (4AD / PopStock!, 2010) volverá a funcionar a las mil maravillas como antídoto contra quebrantos varios. Y lo mejor es que, quien pensara que “Mistaken For Strangers” era insuperable, en este disco va a encontrar motivos para dudarlo seriamente. Además, parece que el grupo dispuso los cortes de tal modo que cuando llegamos al penúltimo escalón la onda expansiva del álbum nos hace añicos. Una ascensión que comienza parsimoniosa con “Terrible Love” y “Sorrow”, que nos ponen en estado de alerta: cuidado con qué o quién relacionamos lo que nos tratan de decir. El aparente letargo continúa con la elocuente “A Little Faith”, roto entre medias por “Anyone’s Ghost” y luego por “Afraid Of Everyone”, en la que Berninger eleva el tono para avisarnos de lo que vendrá después: ni más ni menos que “Bloodbuzz Ohio”, adelanto de “High Violet”, que aunque ya se hubiera escuchado mil veces no deja de conmover, sobre todo por su final furioso. Pero atención, que no es el único tema del conjunto que se lleva la medalla de oro: “Lemonworld” (tan agria como el cítrico al que alude) y “Conversation 16” (dramática a más no poder con coros dando el contrapunto a Berninger) están a la misma altura. Y tras ellas llegamos al susodicho penúltimo escalón, titulado “England”, que intenta atrapar algunos rayos de sol con sus preciosos arreglos de piano, cuerda y viento. Lo mismo que pretende la final “Vanderlyle Crybaby Geeks”, sorprendentemente optimista aunque sin alardes (estamos hablando de The National, no lo olvidemos). Sin embargo esa canción apunta a la posibilidad de que la banda americana ilumine en cierta medida su discurso en el día de mañana, sin perder, eso sí, su característica intensidad.

En todo caso, no es momento de hacer cábalas sobre su futuro. Lo que está claro es que ahora mismo están a la cabeza de todos esos grupos sombríos (hay que esperar a lo que diga Interpol cuando publiquen su nuevo trabajo en unos meses) cuya personalidad se basa en imitar las formas del post-punk de hace treinta años. The National no siguen ese camino: hace tiempo que sólo viajan a través del suyo propio. Sin compañeros de viaje. Pero con bulldozers que van abriendo la senda.

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