Más que transformarse, Vigo se revolucionó. Es una frase tópica y recurrente, pero la que describe más fielmente lo ocurrido en la ciudad olívica a lo largo de los nueve días de duración de este festival multidisciplinar para todos los gustos y públicos. No sólo de música vive el hombre, y por ello se pudo ver en algunas de sus calles, plazas y otros enclaves demostraciones y performances cada cual más extraña e interesante: sonidos generados a través del agua y la electricidad, juegos de luces matemáticos e incluso robots bailando breakdance ante la estupefacción de los viandantes. Propuestas llamativas, que junto a talleres y laboratorios de experimentación, convirtieron a Vigo Tr4ansforma en algo más que una reunión centrada en conciertos en directo. Esta parte, desarrollada en su práctica totalidad en el muelle de transatlánticos del amplio puerto vigués, destacó, además de por las vistas a la Ría de Vigo que se admiraban desde allí, por la ubicación de los dos escenarios (uno enfrente del otro, lo que permitía que con un leve giro de cuello se pudiesen seguir las actuaciones) y la puntualidad (británica) con la que iban saliendo los grupos, algo que se agradeció enormemente y que se cumple muy pocas veces en tales citas. Lo que no se pudo evitar fueron las quejas acerca de la espera para llegar a las barras de bebida y comida y wc’s, problemas más que conocidos y sufridos en cada evento de estas características que sólo puede solucionar la experiencia en posteriores años. Hecho que se espera sea realidad, y que la edición de 2010 de Vigo Tr4ansforma no se quede en un sueño de verano propiciado por las celebraciones del año santo Xacobeo.

JUEVES 8 DE JULIO


Centro Cultural CaixaNova. El arranque estrictamente musical del certamen lo protagonizó Standstill y su espectáculo “Rooom”, destinado a recrear sobre las tablas su último disco, “Adelante, Bonaparte” (Buena Suerte, 2010), y que aúna las tres secciones del álbum con una serie de imágenes coordinadas con la música, lo que permite que sus virtudes se potencien y adquieran otra dimensión. Seguro que muchos de los allí presentes vieron sorprendidos cómo las estampas que se habían imaginado escuchando canciones como las dos partes de “Adelante, Bonaparte”, “Sálveme Quien Pueda” o “Cuando Ella Toca El Piano” coincidían con lo que aparecía en las proyecciones del escenario: vacaciones infantiles, una habitación adolescente, posters de ídolos pasados, recuerdos de familiares, amigos, parejas… Fue una manera de revisar toda una vida arropada por la fantástica voz de Enric Montefusco e iluminada por el post-rock multiforme de su banda. Tanta emoción contenida entre las viejas paredes del Centro Cultural Caixanova provocó que pasase lo que tenía que pasar: casi cinco minutos de ovación final que obligó a Standstill a salir por segunda vez para rendirse ante el público. A eso se le llama cariño, respeto y atención.

VIERNES 9 DE JULIO


Escenario Heineken. La jornada inaugural a la orilla del mar resultó ser la de mayor afluencia: más de 5.000 espectadores. Las razones habría que encontrarlas en la obligación de programar a Jeff Tweedy para ese día por su apretada agenda y en la presencia de dos de los grupos más esperados por los asistentes: The xx y Love Of Lesbian. Ante tal panorama, daba la sensación de que Triángulo De Amor Bizarro se habían quedado como meras comparsas para iniciar el fin de semana festivalero. Algo de eso hubo, ya que todavía eran escasas las almas que merodeaban por el recinto (el resto debía de estar en la playa ante la solana que caía en plena tarde) y sólo les habían concedido media hora para tocar. De ahí que Isa apurase a Rodrigo para llevar a cabo un repertorio centrado en “Año Santo” (Mushroom Pillow, 2010), del que sonaron “De La Monarquía A La Criptocracia”, “El Culto Al Cargo O Cómo Hacer Llegar El Objeto Maravilloso” o “El Baile De Los Caídos”. Tampoco faltó alguna concesión a su debut, representado por “El Fantasma De La Transición”. Cumplieron con ruido y vigor, pero como en otros casos, no sé sabe qué hubiera ocurrido si les hubiesen dado otra hora, mayor margen y diferente cancha.

A continuación (no en el tiempo, ya que los escenarios se iban alternando) era el turno de Jeff Tweedy. Y con él se hizo el silencio. Ese era el ambiente adecuado para seguir con atención la interpretación de sus composiciones, desnudas y sin artificios, sólo apoyada en una armónica, un pedal delay y en cada una de las seis guitarras acústicas que había traído consigo. Sin olvidar una bandera española que indicaba que el líder de Wilco estaba con la Roja de cara a la final del Mundial. Ahí se acabaron los gestos de complicidad con el respetable, aparte de alguna pequeña sonrisa, ya que se concentró en ejecutar los acordes correctamente y en levantar de vez en cuando la mirada para contemplar las vistas de la costa que tenía ante sí. Tampoco se le pedía nada más, simplemente que sorprendiese con las canciones elegidas para la ocasión: no faltaron los clásicos de su banda madre (“I’m Trying To Break Your Heart”, “Jesus Etc.”, “Theologians” o el broche final “I’m The Man Who Loves You”) ni otras pequeñas joyas como “A Shot In The Arm” (del lejano “Summerteeth”; Warner, 1999) o “You Are Not Alone”, incluida en el disco de próxima salida que produjo para Mavis Staples, “You Are Not Alone” (Anti, 2010). Acabada la actuación, pocos fueron conscientes de haber presenciado cómo una de las mayores figuras del rock norteamericano actual había abierto su corazón de par en par.

De modo similar, con los brazos abiertos, recibió el gentío a los británicos Fanfarlo. Aún estaba reciente en la memoria su celebrada actuación dos meses atrás en el Festival do Norte de Vilagarcía, en la que habían desplegado todo su pop candoroso y amable. En Vigo no fueron menos y no defraudaron, tanto a los que ya los habían visto como a los que tenían la curiosidad de hacerlo. Si hubiera que ponerles una pega, estaría relacionada con su listado de canciones, idéntico al tocado en Vilagarcía, sólo que con las piezas cambiadas de lugar. En cualquier caso, el orden de los factores no alteró el producto final.

El cierre de este escenario la primera noche fue como asistir al milagro de la resurrección. Nadie se podía imaginar que el retorno de los brasileños Os Mutantes resultase tan enérgico y tropicalista. Sobre todo al comienzo, cuando cayeron “Baby” (original de Caetano Veloso), “El Justiciero” y, claro, “Minha Menina”. El baile estaba asegurado: sólo faltaba que repartiesen unas cuantas caipirinhas. Sin embargo, el ánimo decaía ligeramente (por desconocimiento o por las ganas de fiesta) cuando Sergio Días empuñaba su guitarra y realizaba sus legendarios solos de rock progresivo-psicodélico. Con todo, el viejo zorro tiró de buen humor para que el público se mantuviese bien arriba. Los más jóvenes ya tenían un motivo de peso para descubrir a ese grupo histórico al que nunca habían prestado atención pero que aparece como referencia cada vez que hablan sus modernos ídolos musicales (véase Animal Collective).

Escenario Xacobeo. Devendra Banhart estrenó el escenario grande con nuevo corte de pelo y camiseta de Modest Mouse como indumentaria (adiós a la estética hippie). Y fue el encargado de anunciar que se vivirían dos días de diversión y juerga, lo que trasladó a su forma de manejar el concierto y de moverse sobre las tablas: su vena venezolana explotó para atraer toda la atención de los que ya abarrotaban el espacio del muelle. Acompañado por su banda habitual, The Grogs, se dedicó a desgranar parte de su último (y no tan bien considerado) álbum, “What Will We Be” (Warner, 2009), lo que hizo que las guitarras eléctricas tomaran el protagonismo en perjuicio del sonido neotradicional que algunos esperaban oír. Por momentos se respiraba cierto aire zeppeliano (como en el desarrollo de “Rats” o “Baby”), mezclado con incursiones en los 80, ya fueran en serio (“16th & Valencia, Roxy Music” y su recuerdo a la banda de Bryan Ferry y a la ciudad de San Francisco) o en broma (descacharrante versión de “Tell It To My Heart”, de la otrora diva dance-pop Taylor Dayne). Para no olvidar que alcanzó su status gracias a lo que se dio en llamar weird-folk, Devendra recuperó de esa época “Carmecinta”, más electrificada pero igualmente coreada y disfrutada por el público.

En ese momento, el sol aún pegaba con fuerza, y era de ilusos creer que para cuando saliesen The xx (21:30, hora en la que, dada la situación de Vigo, aún había demasiada luz) ya sería de noche, la atmósfera ideal para ellos. Ello no impidió que la oscuridad bajo la que transita su debut, “xx” (XL, 2009), se desplegase en directo. Establecidos definitivamente como trío, Romy Madley Croft y Oliver Sim (más Jamie Smith) representaron su toma y daca dramático con firmeza y tensión, a pesar de la leve afonía de ella y la cara de él (las malas lenguas decían que no era el efecto precisamente de la brisa marina de las Rías Bajas). “Crystalised”, “Islands” y “VCR” sonaron pulcras e impolutas como en el disco, gracias a que Romy conseguía que las notas de su guitarra resultasen transparentes como el cristal y a que Oliver deslizaba el bajo como si estuviese acariciando terciopelo. Incluso el propio Jeff Tweedy, testigo de excepción, tuvo que arrancar en aplausos ante lo visto y oído. A medida que los londinenses avanzaban, el sol se iba poniendo hasta casi desparecer tras el horizonte. Ahí fue cuando “Heart Skipped A Beat” o “Shelter” hicieron que la postal adquiriera tintes crepusculares estremecedores.

Otra clase de temblor fue el que provocaron Love Of Lesbian: el populista. Así se calificaría su actuación, centrada en sus dos últimos trabajos, “Cuentos Chinos Para Niños Del Japón” (Naïve, 2007) y, sobre todo, “1999” (Warner, 2009). Primero, porque el público se apelotonaba en las filas delanteras deseoso de gritar las canciones de los catalanes (de hecho, para muchos era la única motivación para asistir al Vigo Tr4nsforma, lo que quedó claro cuando sonó “Club De Fans De John Boy”); y segundo, por todos los clichés de concierto de estadio que se sacó de la manga el grupo. Nadie va a negar el derecho de Love Of Lesbian a aprovechar al máximo el creciente éxito de su último disco en sus directos (algo que sucede continuamente desde hace año y medio), pero lo que se vio en Vigo fue un poco exagerado: Santi Balmes rozó el paroxismo mainstream levantando alegremente los brazos, señalando al público con fijación, acercándole el micrófono como en un karaoke colectivo, colocándose una careta y poniéndose al cuello la bufanda celeste del Celta. Ahí no se quedó la cosa: luego apareció Iván Ferreiro en estado de euforia total para unirse a Balmes en “Incendios De Nieve”; y, como traca final, en el remate de la actuación, todos los miembros de Love Of Lesbian se metieron dentro del nuevo disfraz del héroe de ficción Amante Guisante para realizar una descoordinada coreografía al son de “Algunas Plantas” (en playback), con salto entre la muchedumbre incluido. Un baño de masas impensable cuando presentaban “Maniobras De Escapismo” (Naïve, 2005). Entre todo el jaleo, se echaban de menos esos tiempos.

La jauría humana se tranquilizó relativamente con la salida de los suecos Miike Snow (con unas máscaras blancas que se quitarían posteriormente), que pretendían echar el telón al frenético viernes a base de electro-rock bailable. Lo lograron a medias, con sus hits “Animal”, “Black And Blue” y “The Rabbit”, ya que cuando atacaron su sección más pausada (“Silvia” y “Sans Soleil”) el bajonazo fue de campeonato. En resumen, mucho ruido y luz y pocas nueces.

SÁBADO 10 DE JULIO


Escenario Heineken. La víspera de la deseada final del Mundial de fútbol había amanecido con un tiempo espléndido: el cielo despejado y el sol en lo alto. Con todo, el recinto del Vigo Tr4nsforma no se llegó a completar como el viernes, y se quedó en poco menos de 4.000 espectadores, fruto quizá del contraste tan evidente del cartel del sábado: durante el día pop y para la noche electrónica pura y dura. Ni siquiera el teórico tirón de Neil Hannon u Orbital consiguió el lleno. Aunque para atracción la que ejerció Polock sobre el público femenino. Tampoco era de extrañar, porque los valencianos son guapos, tocan muy bien y poseen un gran disco de debut, “Getting Down From The Trees” (Mushroom Pillow, 2010). Abrieron con “Sometimes” (su mejor canción), a la que siguieron “High On Life”, “Fireworks” o “Tangerines & Unicorns”. Ejemplos de que Polock combinan con pericia referencias del estilo de Phoenix, The Kooks y Hockey.

El que no tiene parangón es Neil Hannon, que había dejado en casa a The Divine Comedy. Existían ciertas dudas sobre su aparición en solitario, pero una vez que se sentó al piano con su elegante traje, su bombín y una copa de vino se disiparon todas de un plumazo. Se le veía cómodo y alegre por estar allí, y por ver, como Jeff Tweedy, “lo jodidamente precioso que es el paisaje de la Ría de Vigo”, según sus propias palabras. Sólo con esa frase ya se había ganado la complicidad de los presentes; faltaban las canciones. Pronto cayeron “National Express” y “At The Indie Disco”, que sirvió de guía para interpretar una gran aunque accidentada versión de “Time To Pretend” de MGMT: el papel en el que tenía escrita la letra voló con el viento y tuvo que detenerse para que un técnico se la recuperase, problema que resolvió con mucha gracia. La que no perdió en ningún momento con sus bromas en relación a los fallos de sonido y los beneficios del cricket, e historias como la que relató sobre el premio que no ganó su proyecto paralelo The Duckworth Lewis Method en favor de Paolo Nutini. Prosiguió su repertorio con otros temas de su reciente “Bang Goes The Knighthood” (Divine Comedy Records, 2010), como “I Like” o “Have You Ever Been In Love”, dedicada románticamente a su actual novia, y rescató clásicos del calado de “Everybody Knows (Except You)”, “Your Daddy’s Car” y “A Lady Of A Certain Age”, interpretada guitarra en mano. A pesar de que confesaba entre risas que no se le daba nada bien dicho instrumento ni el piano, Hannon demostró con creces que es un crooner como la copa de un pino: muy a su manera, pero superlativo. Love Of Lesbian deberían tomar nota de que es posible elevar el espíritu del público con mucha clase y originalidad.

Los fuegos artificiales de colores quedaron para Delafé Y Las Flores Azules, a pesar de que la pólvora se les mojó justo al inicio, cuando el micrófono de Óscar D’aniello no quiso arrancar y la única voz que se escuchaba era la de Helena Miquel. Así que stop y vuelta a empezar: estruendo de vuvuzelas (lógico) y directos a la estación del buenrollismo con “Río Por No Llorar”. Se suponía que su nuevo álbum, “vs. Las Trompetas De La Muerte” (Warner, 2010), desprendía más tristeza y pesimismo que sus antecesores (asuntos del corazón, ya se sabe), pero no se notó nada de eso en su show. La química entre la pareja se mantenía, y sus seguidores (y los que no lo eran) se dejaron llevar por la frescura de “1984”, “Espíritu Santo” y la antigua “El Indio”. Todavía se busca una forma de etiquetar su música: ¿happy hip-hop? ¿Cuentos cantados? ¿Canciones contadas? Sea cual sea, en Vigo funcionaron las tres.

La llave para cerrar definitivamente este escenario hasta nueva ocasión caía en manos de Fischerspooner. La noche ya había entrado de lleno en el terreno del baile electrónico desenfrenado, con lo que a nadie parecía importarle que le hubiesen dado gato por liebre: en teoría, su anunciado espectáculo “Fun Machine” iba a ser un live set de los que acostumbran hacer los neoyorquinos, pero finalmente se quedó en una sesión como otra cualquiera de macro-discoteca. Para empezar, venía sólo Casey Spooner (sin su otra mitad artística, Warren Fischer), acompañado de una dj que a la postre fue la que hizo todo el trabajo. Ella manejaba los platos y el portátil detrás de una mesa que parecía la barra de un bar, y él se dedicaba a pasear a su alrededor, a darle a la botella y a cantar algunos temas propios (“Never Win”, “Just Let Go” y “Emerge”) en descarado playback soltando entre medias proclamas chuscas de incitación al hedonismo. Sí, era un timo, pero sirvió para sudar al ritmo de un electro de trazo gordo y subidones machacones: hasta hubo sitio para temas de radiofórmula dance como el “Let The Bass Kick In Miami Bitch” de Chuckie & LMFAO

Escenario Xacobeo. La cuota viguesa del festival se empezó a cubrir con Eladio Y Los Seres Queridos (el motivo de cambiar el Elodio del anterior nombre no quedó aclarado) que, sin otras novedades, siguieron recordando “Esto Que Tienes Delante” (Grabaciones En El Mar, 2007). Un disco casi olvidado, excepto por los fans locales, que seguían al pie de la letra “No Quiero Perderte”, “Espanha A Las 8” o “Medidas Desesperadas”, canción en la que colaboraron Beni y Tarci, miembros del grupo también gallego Igloo.

La sensibilidad pop creció con los insultantemente jóvenes The Morning Benders. Debutaban en los escenarios españoles, y daba la sensación de que aquellos que aún no conocían “Big Echo” (Rough Trade, 2010) andaban un poco despistados. Seguramente porque los californianos habían decidido despachar la primera parte de su recital de manera pausada y relajada, mecida por las brillantes melodías (ideales para escuchar a la orilla del mar) de “Promises” o “Hand Me Downs”. Cuando ya tenían a casi todo el mundo metido en el bolsillo, imprimieron mayor pulso bailable a sus guitarras: “All Day Daylight”, y sobre todo, la versión fidelísima de “Ceremony” de New Order, sonaron irresistibles. El punto culminante llegó con “Excuses”, esa oda al optimismo que remataron entre llamas celestiales y explosiones vitalistas. Los en un comienzo indiferentes acabaron deseando volver a verlos en directo.

Mismo pensamiento que tenían los que querían saldar la deuda de ver a los mitos (para otros, dinosaurios) del techno y electrónica en general, Orbital. Lo suyo fue como un viaje en el tiempo, pues la foto se podía haber sacado 15 años atrás sin diferencia alguna. Bueno, sí, los hermanos Hartnoll ya no tienen tanto pelo y en Vigo presentaron sus dos temas nuevos, “Don’t Stop Me” y “The Gun Is Good”. Por lo demás, hicieron realidad su afirmación de que “los festivales ocuparon el lugar de las raves” al desempolvar sus clasicazos de siempre: “Chime”, “Crime”, “Satan”, “Lush 3”, “Impact” y el interludio archiconocido construido con el “Heaven Is A Place On Earth” de Belinda Carlisle. El dúo tenía el privilegio ser el cabeza de cartel y de disponer de más tiempo que el resto de artistas, lo que hizo que su máquina audiovisual funcionase a pleno rendimiento hasta dejar extenuados a los que no habían parado de quemar la suela de sus zapatillas.

El dj vigués Caino, del colectivo Arkestra, aprovechó que aún olía a goma derretida para hacer retumbar el muelle con bajos profundos y vibrantes procedentes del dubstep y el electro-hop. Lo peor para él y sus dos acompañantes fue que parte del público ya había tenido suficiente y enfilaba la salida para continuar la fiesta por las calles de la ciudad. Esa impaciencia le impidió disfrutar de una sesión trufada de himnos indie reconvertidos en armas de destrucción masiva. Unos cuantos ejemplos: “Where Is My Mind?” (Pixies), “In For The Kill” (La Roux), “Hold The Line” (Major Lazer) o “I Am Not A Robot” (Marina And The Diamonds). El refuerzo visual a cargo de Zinqin ayudó a que la experiencia sensorial fuese integral. Por cierto, en esas imágenes se desveló el enigma del curioso oso panda que había llamado tanto la atención durante la tarde con sus paseos entre la gente. Cuando lo tuve delante me susurró al oído que sabía quién iba a ganar el Mundial. Incluso mucho antes de que lo pronosticase el pulpo Paul.

[Jose Antonio Martínez]

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