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A día de hoy, bien pudiera parecer que el lector interesado en obras clásicas sólo tiene una salida: las ediciones de bolsillo de diseño horrible y papel barato que proporcionan un placer sensorial inversamente proporcional al placer lector que se le presupone a estos libros imprescindibles. O, en el caso de que haya suerte, también se pueden encontrar tochacos carísimos y cuidadísimos en el contenido (no necesariamente en lo estético) más pensados para catedráticos con fajos de billetes en los bolsillos que para el lector medio. En este triste paradigma, habrá que agradecer la aparición de colecciones como Sexto Piso Ilustrado, donde la editorial Sexto Piso está pasando a muchos de los clásicos por un interesante proceso de chapa y pintura: la jugada no pasa solamente por intensificar el propio relato gracias a la incorporación de las ilustraciones de algunos de los artistas más interesantes de la escena contemporánea, sino también por crear un objeto que dé gusto tener entre las manos, con tapa dura, de tamaño considerable y hojas de bello papel satinado. Por la colección están pasando grandes como las “Memorias del Subsuelo” de Dostoievski, el “Frankenstein o el Moderno Prometeo” de Mary Shelly, “El Corazón de las Tinieblas” de Joseph Conrad… O un imprescindible entre imprescindibles como es “Washington Square” de Henry James arropado por las preciosas ilustraciones de Jonny Ruzzo.

Puede que este último libro, originalmente publicado de forma serial en Harper’s New Monthly Magazine, no fuera el trabajo preferido de su autor, pero eso no ha impedido que haya sobrevivido al paso de los tiempos como el reverso masculino y muy oscuro de la literatura de Jane Austen y de muchas otras escrituras que abordaron el romanticismo desde un punto de vista tan femenino como feminista. “Washington Square” tiene mucho de relaciones amorosas y de casta sociales, de jovencitas enamoradas que pierden el norte, de padres que se creen más listos que el hambre, de tías solteronas que alimentan amoríos imposibles y, al fin y al cabo, de trepas, arribistas y cazafortunas. Estas coordenadas no andan muy lejos de obras como “Orgullo y Prejuicio” o “Jane Eyre“, y aunque Henry James no llega a los límites de oscurantismo narrativo de “Cumbres Borrascosas“, sí que chapotea sin vergüenza alguna en otro tipo de oscurantismo, el de la abyección moral.

La historia de “Washington Square“, por si todavía queda alguien que la desconozca, se centra en un atípico triángulo amoroso que tiene su vórtice central en Catherine Sloper, una joven heredera sin demasiados atributos ni físicos ni intelectuales (algo que, de entrada, la diferencia por completo de las heroínas austenianas, que podían ser desgraciadas en lo físico pero agracidas en el intelecto) que se ve desgarrada por su amor enfervorecido hacia Morris Townsend (un tipo al que le acompaña su mala fama y su capacidad para dilapidar fortunas ajenas) y el cariño eterno hacia su padre, Austin Sloper (que tampoco es que sea la alegría de la huerta a la hora de exteriorizar sus sentimientos y que tiene una inquietante tendencia hacia una frialdad emocional capaz de cercenar por completo las ilusiones de su hija sin mover ni una ceja). Entre los dos hombres se establece un juego de poder en forma de continuo tira y afloja en el que a nadie parece importarle que la que va a salir desgarrada es precisamente Catherine.

A través de una prosa abrumadora (los párrafos son extensos y extenuantes) y sorpendentemente moderna (el propio autor se inmiscuye en la trama haciendo comentarios que sacan al lector de la trama para dejar al descubierto el entramado de la ficción),James se deshace de los idealismos románticos de Austen e incluso de la tendencia excesiva hacia el pathos de Emily Brontë, mordiendo directamente en el hueso de una burguesía decadente que ve cómo merma su capacidad para el amor y para la moral a medida que también van mermando sus arcas. Poco espacio hay aquí para la ternura y para la compasión, ningún espacio para la empatía. El autor se esfuerza en dibujar caracteres odiosos: desde el padre implacable hasta la hija sin sangre en las venas, pasando por el cazafortunas desalmado y la vieja solterona que proyecta sus carencias sobre la vida de su sobrina. La intención de “Washington Square” nunca parece ser generar mitos icónicos para lectoras primerizas del calibre de Jane Eyre o Lizzie Bennet, sino mostrar más bien los oscuros espectros que genera el romanticismo mal entendido. El sueño de la razón produce monstruos, pero el sueño del amor produce armas blancas capaz de rajar corazones en el silencio más absoluto.

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