Adele podría mutar en una especie de seudónimo concepto-epílogo que rece: “cómo sobrevivir a la nube del boom revival soul de hace tres años y no morir en el intento”. La pelirroja rellenita (y no esbelta como Florence Welch, de Florence + The Machine -que, por cierto, participa en el disco de Adele– o Bethany Cosentino, de Best Coast) más total del mercado de pop-soul-mainstream de lo que llevamos de siglo crece como la espuma, a diferencia de la monstruosidad excesiva de diva post-cool de Amy Winehouse que descansa en paz aún con la resaca de “Back to Black” (Universal, 2006) (sí, uno de los mejores discos de lo que llevamos de siglo, pese a todo); o de lo light de aquella rubia galesa, Duffy, que no se sobrepuso a su “Mercy” y cuyo segundo álbum se dio de bruces a duras penas a ras del suelo. Crece no sólo porque de “19” (XL Recordings, 2008) a “21” (XL Recordings / PopStock!, 2011) (su edad en cada disco y, a su vez, título de cada una de las placas, aunque la muchacha ya tenga 22 y esté a sólo cuatro meses de los 23… A saber lo que hará cuando le dé por editar dos discos en un año: quizás mencione el mes) se ha inyectado del calor de las masas, del abrigo del público y ha evolucionado no sólo interpretativa sino compositivamente. Quizás no sean datos muy alentadores para los puretas indies a los que el éxito les da alergia, pero la señorita Adkins acaba de consagrarse como la primer artista viva que ha colocado dos singles en el top five de las listas británicas y, a su vez, número uno en ventas desde hacía más de cincuenta años, cuando The Beatles hicieron lo propio en 1964 (y tengamos en cuenta que, hoy en día, supuestamente, nadie compra discos y Spotify, eMule y los blogs de descarga son la principal tienda de discos de “coja usted lo que quiera” del globo terráqueo). Aún así, vamos a citar a nuestros colegas de Jenesaispop para lanzar una pregunta al viento: ¿Qué es Adele: revelación o timo? Me encanta que me hagas esa pregunta. Ambas.

La clave del éxito de esta jovencita no es su imagen. Tampoco lo son sus canciones (que sí, son buenas, pero no han cambiado el rumbo ni el mercado de la música, a pesar de sus récords). ¿Entonces? Su clave es el hambre. El vacío de poder que ha dejado Amy Winehouse en el Reino Unido, la sequía de los artistas más populares del pop-rock de allí, llámese Coldplay, Damon Albarn y alguna de sus locuras estrambóticas, Take That / Robbie Williams y/u otro superventas, Oasis y alguna nueva gamberrada, la aceptación de divas foráneas como Beyoncé, Lady Gaga o Rihanna o movimientos como el del indie adolescente de principios de siglo que encabezaron Arctic Monkeys, Kasabian, Bloc Party, Franz Ferdinand y visitantes americanos como Kings of Leon o The Killers. Nada. El Reino Unido necesita ídolos, gente de bien, buenos ejemplos, jovencitas bien avezadas, con buena voz, que compongan, que sean revelaciones y que mantengan la compostura. Adele es eso y algunas cosas más: une neo-soul blanco con una voz de negra que recuerda aquel mini-boom de la blonda Joss Stone de hace algunos años pero con una visión más propia del ítalo-británico Paolo Nutini con la base del nu-revival de las mencionadas Winehouse, Duffy y, por agregar un par más, Rox o Eliza Doolittle con una vertiente más clásica y superdotada: la de aquellas compositoras avanzadas, que coquetean tanto con el pop urbano (Corinne Bailey Rae) como con el pop de variedades en clave de jazz (Norah Jones), la canción de corte de piano acústico innovador (Regina Spektor o Amanda Palmer, de The Dresden Dolls) o el indie de estadio (Beth Orton, Beth Gibbons de Portishead e, incluso, Kate Bush). Todo mezclado por el mejor productor musical del mundo desde hace al menos diez años (con permiso de Nigel Godrich): Rick Rubin, en una suerte de batidora a punto de estallar que engaña tanto para bien (más de esta) como para mal.

Para bien cuando metralletas inspiradas, hits tanto de pista de baile como de radio-fórmula para adolescentes carpeteras, amas de casa aburridas y abuelas románticas como “Someone Like You” o “One and Only”; cuando deja ver su lado más permeable, natural y flexible en esos bonus tracks acústicos (“If It Handn’t Been for Love” o “Hiding My Heart”); o cuando aparece su vena más rabiosa en canciones de torrente vocal, fiereza y pasión como “Rolling in the Deep” (¿un homenaje a Gnarls Barkley?), “Set Fire to the Rain”, “I’ll Be Waiting” (o cómo desmenuzar el blues-soul femenino de Billie Holiday en la actualidad), “Rumor Has It” (posiblemente la mejor canción que Adele haya facturado hasta la fecha: esos coros, esos dedos chasqueando, ese riff rockero y esa mezcla de armonías tan naturales) o “He Won’t Go”, una canción que une ambas vertientes. Para mal cuando empapa de cuartetos de cuerda tan horteras como innecesarios en baladas pastelosas que saben a relleno (la prescindible versión de The Cure en “Lovesong” o “Turning Tables”) o suena a versión de versión de versión de los ’80, simulando participar en la versión británica de “Tú sí que Vales” u “Operación Triunfo” (RIP) en “Take It All”. Adele, aún con todo lo bueno y todo lo malo, se perfila como una diva madura, de amplias miras, de grandes visos, voz enormemente quebrada y con una buena cartera de hits potencialmente gigantes en el bolsillo… Al menos hasta que a Amy Winehouse se le pase el mono (o el colocón).

[Alan Queipo]

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