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Agota Kristof nunca terminó de sentirse a gusto en los zapatos de ninguna lengua… Y de eso habla en “La Analfabeta”, libro editado ahora por Alpha Decay.

 

Con la muerte de Dios, Nietzche mató de paso la realidad. Su martilleante asesinato mató el lenguaje como lo conocíamos hasta entonces. De manera menos explosiva y sensacionalista pero con igual efecto rompedor, la lingüística posmoderna hizo pedazos el Velo de Maya lingüístico, haciendo imposible volver a esconder jamás el hecho de que la realidad no existe, sino que es el lenguaje quien la crea. Por lo tanto, si el lenguaje falla, no hay realidad posible de construir: nos encontramos solos y desamparados en medio de significantes impuestos por la Historia, sin significados a los que aferrarnos.

Dentro de esta desgarradora existencia se encontró irremediablemente sumergida la escritora húngara Agota Kristof, quien tras la derrota en 1956 de la Revolución Húngara se vio forzada a fluctuar entre lenguajes y lenguas impropias y -en su sentido más literal- alienadas. La muerte de Stalin, el exilio de su lengua materna y las lenguas enemigas como el alemán y el ruso, la huida de Austria y la llegada a Lausanne con su bebé configuraron su existencia y su manera de intentar expresarla. Eligió para ello el francés, pero siempre afirmó no terminar nunca de sentirlo como su lengua y lenguaje. “La Analfabeta“, publicado ahora en castellano por Alpha Decay, es el testimonio de una pasión y una dificultad que Kristof arrastró durante toda su vida: la pasión por la lectura y la escritura y el trauma de tener que hacerlo siempre en una lengua extranjera.

Once breves capítulos que corresponden a once intensos episodios de la vida de la escritora, en los que narra con humanidad y transparencia cómo fue forzada durante los años de ocupación de Hungría a aprender el alemán y el ruso o exiliarse en Suiza. Su lucha para reconocerse en otra lengua -en este caso, el francés- y en otra cultura con las que criar a sus hijos y retomar ese alimento intelectual necesario para sobrevivir que eran la lectura y la escritura nos llega mediante un estilo directo, simple y conciso. Caen todo tipo de florituras posibles, pero la historia de Agota Kristof nunca deja de transmitir con imperante fuerza una lucha de superación personal.

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