Sin duda alguna, el verano en general y julio / agosto en particular son la peor época del año. Demasiado tiempo libre, calor infernal, aburrimiento eterno, el parón estival de las series, etc. Y si, además, a todo esto le sumas que todo el mundo se va de vacaciones menos tú, te das cuenta que tu vida no vale nada… Por lo menos hasta septiembre, cuando todo vuelve a la reconfortante normalidad. Cuando te ves sumido en esta espiral de apatía sin sentido, sólo te quedan dos opciones posibles 
-que, en el fondo, no son nada malas y te salvan de un muy posible vacío existencial-: la primera es emborracharte solo en casa mirando una película; y la segunda, a la que me he amparado hoy para escribir esto, es coger un buen tebeo y volver a leerlo para disfrute personal. Para darle un sentido a mi tiempo libre, he releído un tebeo que salió hace ya unos meses pero que me gustó tanto que he decidido sacarlo de la estantería, quitarle el no-polvo que tenía y hacer algo útil con todas las sensaciones que me ha dejado esta lectura. Así que centrémonos, pongamos una luz tenue y abramos nuestro corazón…

El pasado abril, de la mano de Ediciones de Ponent, nos llegó la primera obra en solitario del zaragozano Alfonso Casas. El joven dibujante no es un recién llegado al mundillo ya que, más allá de numerosas ilustraciones en distintas revistas, se dio a conocer al gran público con la obra “Marica Tú”, donde ya dio muestras de lo que era capaz de hacer: un dibujo precioso con un estilo muy personal que te deja embobado a la primera. Como si te diesen un buen jab en toda la cara y te pareciese la cosa más bonita del mundo. La obra se compone por tres partes que forman un todo; cada una está protagonizada por un personaje distinto y, como suele pasar con las historias buenas de verdad, los distintos hilos argumentales acaban convergiendo, al final de la historia, en uno solo.

Cada parte de la obra aborda el amor de una forma distinta. En la primera, vemos que el amor a primera vista existe y no es un simple cuento de hadas. Abrir un pequeña brecha y derribar el muro en el que se encierra una persona puede ser más o menos complicado, o puede que la persona con la que quieras estar te revele cosas que seguramente asustarían a más de uno, pero si quieres algo y no desistes en el empeño, vas a conseguirlo -palabra de un servidor-. La segunda parte nos enseña que las casualidades son parte de las relaciones humanas y, en especial, de las amorsas. Un inocente stalkerismo puede llevarte a tener las expectativas demasiado altas con alguna persona y puede hundirte cuando te chocas contra la dura realidad. Ese duro momento en el que te das cuenta de que las cosas no son como esperabas… Pero Casas no sólo nos enseña esto, sino que nos revela que este sentimiento de desazón y tristeza puede ser un potente motor para llevar a cabo numerosas cosas en nuestras vidas. Al fin y al cabo, todos sabemos que las mejores historias son las que se originan a raíz de momentos de melancolía y pesadumbre. La última parte, por su parte, nos ofrece otra cara del amor, tal vez una más realista y dura. Los sentimientos no son algo que se puedan forzar. El corazón no es un interruptor al que puedas darle, click, y esperar que se despierten cosas que nunca antes habías sentido. Las relaciones amorosas no pueden nacer del autoconvencimiento por mucho que lo único que se desee sea estar con alguien y no sentirse solo. En situaciones como estas hay que ser realista, aceptar que no hay nada y dejarlo estar. Estar por estar es una estupidez. Si esa persona no es la adecuada, ya llegará la que lo sea; y si, por un caso, esa persona lo fuese, ya volverá.

Gracias a Dios, Alfonso Casas cierra la obra con un capítulo final en forma de epílogo, responiendo a todas las preguntas que había dejado sin contestar y que nos tenían con el corazón en un puño.
 Al final, con una sonrisa en la cara puedes secarte las gotas de sudor frío, respirar hondo y cerrar el cómic con alivio, conociendo el sino de los personajes. 

Esta obra me tiene encandilado, y no porque sea una gran historia de amor formada por pequeños relatos amorosos -¿o era viceversa?-, ni porque salgan amigos y mi novia en ella, ni porque tenga un poster de “Ringer” escondido en una de las viñetas, y puede que tampoco porque haya tenido el placer de conocer y compartir varios momentos con Alfonso y ver que es una persona fantástica. Lo que de verdad me fascina de esta historia es que, en el fondo, no está protagonizada por tres personajes distintos, sino que sólo tiene uno y ese es Alfonso. Me maravilla la facilidad que tiene este autor para hacer algo tan difícil como es cogerse a uno mismo y dividirse en varias partes tan distintias pero que, a la vez son, la mimsa cara de la moneda. Las sensaciones, los miedos, las dudas y los sentimientos que afligen a los protagonistas son los mismos que siente el autor; y conseguir transmitir eso no sólo a varios personajes, sino del mismo cómic al lector, es un ejercicio encomiable y nada fácil, os lo aseguro.

Cierto es que, a lo largo de vida, buscamos y esperamos a nuestro gran amor. El que nos vuelva locos y nos haga sentir eso que nadie jamás nos había hecho experimentar. Nos obsesionamos con encontrar a nuestra media naranja y no hay nada malo en eso ya que, ¿quién sabe?, a lo mejor la encontaremos. El problema reside en que esta búsqueda del alma gemela tiende a desmerecer esos amores minúsculos que encadenamos durante nuestra existencia… cuando no debería ser así. Me considero un portaestandarte del amor, y eso incluye a los grandes amores y obviamente a los pequeños. Aunque, en realidad, si me paro a pensarlo, creo que todos los amores son mayúsculos y minúsculos a la vez y que son una cosa u otra en base al tiempo y/o la perspectiva con la que los ves. Puedes considerar a una persona el amor más grande de tu vida hasta que conoces a otra y te das cuenta de que sí, era algo muy bonito, pero que tampoco había para tanto. De la misma manera que una relación que al principio ni tú ni nadie le daba mucho futuro, acaba siendo la hisotria de amor más grande de todos los tiempos. La grandeza del amor reside en ese especie de poder metamórfico que tiene. Así que no nos obsesionemos con que el amor pequeñito construído día a día, momento a moneto, es igual de fuerte e intenso que el amor de cuento de hadas.

También quiero felicitar a Ediciones de Ponent por haber ofrecido a la obra una edición a su altura: una preciosidad en todos los aspectos, desde el papel hasta la portada con sobrecubiertas. Mención especial al material extra en forma de galería de ilustraciones en las que destacan, por merito propio, la de Evripidis Sabatis -que también se encarga del texto de cubierta interior- y la de David Buisán. Una maravilla, vamos. En definitiva, con su primera obra Alfonso Casas da un golpe contra la mesa, pasa de futura promesa del mundo del cómic a realidad concreta y se planta en el epicentro del cómic español como uno de los grandes o, por lo menos, entre mis preferidos.

Hazme caso. Corre a por él y deja que esta historia te enamore… Ni que sea un poquito.

¡Larga vida a los amores minúsculos!

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