“Painting With” sigue intentando vender el traje nuevo de los emperadores Animal Collective… Pero ya no cuela. Ahora lo vemos: están desnudos.

 

En 2009, justo antes del paso a la segunda década del siglo 21, se vivió un momento que parecía crucial en el mundo de la música: el alumbramiento del octavo disco de Animal Collective, Merriweather Post Pavilion (Domino, 2009), que emergió como reflejo de un excitante cambio de paradigma en el que se intuía que las nuevas tecnologías romperían esquemas sonoros preconcebidos como consecuencia de su influencia en los modelos de composición, grabación y difusión.

Una teoría cuya evolución histórica se recogería ese mismo año en el libro “El Sonido y la Perfección. Una Historia de la Música Grabada” (2009) de Greg Milner, en el que se analizaba el efecto de los diferentes soportes de registro y reproducción de cada época en la transmisión de la música y la modulación de los diferentes géneros surgidos. Se suponía, por tanto, que el grupo de Baltimore se encontraba en disposición de liderar ese giro estructural en el mundo del pop (entendido en su acepción tradicional) al haber alcanzado su cumbre creativa, presagiada por el también sobresaliente Strawberry Jam (Domino, 2007), álbum con el que ya habían resquebrajado sus propios moldes.

 

 

Este ascenso galáctico dentro de un universo en el que colisionaban en perfecta sintonía el clasicismo melódico y coral de The Beach Boys y una perspectiva visionaria del pop (hasta colocarle el prefijo súper) se fundamentaba en sus deslumbrantes juegos vocales, la aplicación de las texturas electrónicas deconstruidas, los malabarismos con los ritmos y los samples y la elaboración de cadencias intrincadas que encajaban armoniosamente en un proceso de creación -que iba más allá del estudio y situaba el directo como campo de pruebas- que definió el pop de vanguardia del nuevo milenio y, a la vez, tuvo unas consecuencias naturales en forma de influencia sobre grupos coetáneos y posteriores afines (y no tanto) estilísticamente.

Pero toda esa efervescencia sónica y euforia ante el futuro de brillo cegador de Animal Collective se apaciguó en el siguiente Centipede Hz (Domino, 2012), notable álbum que, sin embargo, fue recibido con una mezcla de sensaciones encontradas: por una parte, desconcierto por su construcción más orgánica; y, por otro, extrañeza al plantear una ruptura formal estridente con respecto a su antecesor aumentando la dosis de psicodelia y acentuando su cariz tribal y schizo-pop.

¿Querían sus autores cambiar radicalmente su dirección musical para quitarse de encima el peso de la responsabilidad que conllevó su obra maestra? La personalidad artística de Avey Tare (David Portner), Panda Bear (Noah Lennox), Geologist (Brian Weitz) y el retornado Deakin (Josh Dibb) se había relacionado siempre con un espíritu libertario que les empujaba a saltar barreras y desfigurar límites genéricos. Al analizar “Centipede Hz”, esa condición casi inherente a Animal Collective funcionaba como una coartada para justificar un acto abigarrado en el que buscaban, a nivel grupal, volver a poner los pies en la tierra (en forma y fondo).

Sin embargo, individualmente, algunos miembros de la banda habían constatado poco antes que su talento expansivo seguía la senda contraria a través de obras más sólidas y mejor acabadas (Avey Tare, Down There -Paw Tracks, 2010-; y Panda Bear, Tomboy -Paw Tracks, 2011-) que indicaban que las partes estaban adelantando por la derecha al todo. Los movimientos que ejecutaban por un lado la banda matriz y por otro sus componentes parecían buscar, dentro de sus lógicas conexiones, destinos divergentes y evidenciaban que el traje nuevo que el colectivo animal vestía en “Centipede Hz” podía convencer a su audiencia incondicional, pero generaba dudas: la indumentaria lucía engañosamente telas brillantes, aunque algunos retales comenzaban a volverse invisibles dejando al desnudo sus defectos.

 

 

Con todo, era posible creer que los avanzados puntos de vista y los productos resultantes de las aventuras personales impulsadas en el seno de Animal Collective confluirían en los modos artísticos de la banda. La última señal de esta probabilidad se observó cuando Noah Lennox entregó como Panda Bear el destacado Panda Bear Meets The Grim Reaper (Domino, 2015), cuyos destellos presagiaban en cierto modo los derroteros que podía tomar el siguiente disco de Animal Collective, para los cuales aquel futuro adelantado en 2009 ya era el presente y debían sugerir una nueva predicción sonora encapsulada en un álbum.

Para completar la operación, no era descabellado pensar que la figura de Lennox en el trabajo del grupo -siempre notorio- se agrandaría gracias a su evolución reciente. Este presentimiento, sin embargo, acabó provocando que Painting With (Domino, 2016) palideciera ante el efecto de las comparaciones evitables, en este caso, pertinentes e incluso obligatorias.

 

 

Ni siquiera el punto de partida conceptual de “Painting With” ayuda a revertir esa sensación: las canciones del disco se inspiran en corrientes pictóricas claves en la cultura de la humanidad (desde las pinturas pre-históricas hasta el cubismo), formas de pensamiento drásticas (dadaísmo) y sonoridades primitivas (el punk de los Ramones). Esta mezcolanza dispar apelaba a un ánimo de recuperar la esencia y alcanzar el meollo de su sonido para hacerlo más inmediato. Un objetivo legítimo que, trasladado al repertorio del LP, se queda en una intención diluida entre canciones pretendidamente aligeradas (con una pátina nítida y sin múltiples cargas de reverb) que reiteran una fórmula sónica reduccionista y desprotegen a sus creadores. Esta vez, el traje nuevo del emperador es totalmente invisible, por mucho que sus testigos intenten verlo como un envoltorio carente de gruesas capas aunque adornado con vivos colores. Sí, Animal Collective se han quedado desnudos.

En “Painting With”, Animal Collective -excepto Deakin– despliegan sobre un lienzo acartonado brochazos de (tecno)pop policromático, acuarelas fluorescentes y psicodelia de PVC que han perdido el componente adictivo de antaño, poder hipnótico e impacto sinestésico: no hace tanto, su sonido se saboreaba, sus notas musicales se palpaban con las yemas de los dedos mientras flotaban en el aire y se olía cada una de las moléculas de sus cósmicas partituras. Las melodías que se alojan en su interior son directas y no dan tantos rodeos, pero tampoco van más allá de la epidermis ni alteran el funcionamiento neuronal.

Esta concreción pop obliga a interpretar “Painting With” como uno de los trabajos menos ambiciosos (y más convencionales) de Animal Collective, inclinados hacia el golpe rápido y efectivo en el receptor olvidándose de su calculado efectismo y de su consagrada virtud de voltear a la audiencia, sacarla de su zona de confort, sacudirla y destrozar sus esquemas previos. Así, del pop experimental elevado a la máxima potencia se ha pasado a los experimentos pop con gaseosa reducidos a la mínima expresión.

El descenso progresivo de Animal Collective desde el triunfal 2009 refleja un proceso de declive que, tratándose del grupo de Baltimore, puede ser perfectamente reversible. Pero, a día de hoy, no establecen la pauta ni anticipan una tendencia dentro del universo pop, sino que desaprovechan sus propias capacidades y desvirtúan los hallazgos que han marcado a fuego una identidad que se cubre con unas vestiduras sonoras que ya ni siquiera confunden los sentidos. [Más información en la web de Animal Collective]

 

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