Hace un tiempo, Anímic dieron carpetazo a su anterior disco, “Himalaya” (Les Petites Coses / Error! Lo Fi, 2009), de forma dulce e indolora, con  un concierto ya mítico en la Sala Apolo en el que invitaron a sus amigos a que subieran a un escenario engalanado con motivos naturales y florales, tal y como mandaba el cánon estético de aquel álbum. Después, el silencio. Más tarde, la expectación. Y, finalmente, hace unos meses, un pletórico “Hannah” (Les Petites Coses / Error! Lo Fi / BCore, 2011) que nos devuelve a unos Anímic que no conocíamos… aunque intuíamos. A unos Anímic aficionados a esa magia oscura que se realiza con economía de movimientos, sin aspavientos y casi casi en silencio. Por todo ello no es de extrañar que, para esta vuelta a los escenarios que llevaron a cabo el pasado 17 de mayo en la Sala Bikini (Barcelona), la banda optara por alejarse del bucolismo de aquella última actución. Sobre el escenario, nada de atrezzo. Sólo los músicos… y el calor humano inherente que, inevitablemente, desprende los integrantes de la banda (ya sea en la naturalidad de Luoise Sansom o en la timidez de Ferran Palau).

A la segunda canción, sin embargo, Anímic ya había apartado de encima de la mesa cualquier migaja sobrante de los recuerdos de su anterior gira y disco: lo que ahora toca, más que la fiesta campestre habitualmente atribuída a esta formación, es más bien una agrupación de artistas que siguen sacando el máximo partido de sus instrumentos (y voces) de una forma inversamente proporcinal a la celebración bucólica del pasado: lo que antes era extroversión, ahora es introversión. Sobre el escenario, los nuevos Anímic son ingenieros autónomos que miman cada una de las notas que producen teniendo en cuenta, por encima de todo, este modelo de autonomía esta supeditado a un conjunto superior, a un “todo” absoluto en el que la suma de introversiones estalla silenciosamente en una propuesta que puede recordar (y no anda desencaminada la propia banda al mencionarlos en múltiples entrevistas) a Einstürzende Neubauten. Nada que ver con el sonido… Todo que ver con el método, con ese conjunto de artesanos que van de lo mínimo hacia lo máximo, que escrutinan lo microscópico para llegar al formato de canción macroscópica.

No quiere decir esto que Anímic nos privaran de sus habituales momentos de celebración comunal. Ya no sólo por el amplio plantel de colaboraciones que fueron asaltando el escenario, por donde pasaron Jordi Lanuza de Inspira; Pau Vallvé sumándose a las percusiones; El Petit de Cal Eril aprovechando el apoteósis final de “Les Fulles fan d’Ocell“; una Maria Rodés a la que se le reclamó de entre el público para bordar, como es habitual, “La Mort i el Riu“; e incluso un coro angelical en el confluían las voces de Clara (de Renaldo & Clara), Anaïs Pascual y Maria Coma. Sino, sobre todo, porque es inevitable que los nuevos Anímic, de vez en cuando, levanten la cabeza y hagan que sus instrumentos brinden con el público en un festival visceral capaz de arrancar luz hasta al local más sombrío. Es el caso paradigmático de la mencionada “Les Fulles fan d’Ocell” o de la sublime “Blue Eyed Tree” (con unos nuevos Anímic durísimos, cortantes y afilados que, tras el sorprendente clímax final, consiguieron poner la puntilla final con la sonrisa de Louise al afirmar que uno de sus sueños se había cumplido al ver a gente en el público enarbolando sus manos en símbolo heavy), pero también esa “Taüt” que, desde el principio, se palpaba en el aire como final apoteósico y bailongo para el concierto. Así fue.

Pero, antes, un viaje de excepción en el que recurrieron a composiciones antiguas cuando tocaba pero en el que presentaron “Hannah” con la cabeza bien alta: no se dejaron ni una de las canciones del disco e incluso se permitieron pequeñas-grandes variaciones capaces de insulfar la ilusión de la novedad en todos aquellos que se saben el álbum de memoria. Fue el caso de la trompeta que se filtró sutilmente en “1979” para estallar con toques fronterizos y casi desérticos en la escalofriante “That Black Hole“. Hubo espacio también para los paréntesis. Específicamente, para dos paréntesis bien diferenciados, cuatro signos de puntuación entre los que Louise y Ferran se mostraron, por separado, más que cómodos: tanto en el caso de “Howlin’ Zombie” para ella (con un desarrollo vocal final en el que Samson se permitió una mayor y dulce expansividad ausente en el corte de estudio… piel de gallina) como de “La Pols i el Punyal” para él (en la que Palau volvió a demostrar una capacidad extrema para buscarle los pliegos oscuros a su ensimismamiento lírico), en estos dos momentos la banda aparcó los instrumentos y dejaron a sus voces con la única compañía de las cuerdas clásicas que iban lanzando fogonazos desde el lateral del escenario.  Y así, poco a poco, por separado y en conjunto, de subidón o de bajón, hacia fuera o hacia adentro… Anímic volvieron a los escenarios demostrando que han dado un salto sonoro impresionante. Pero que lo que importa sigue intacto: siguen arrancándonos lagrimillas sabiendo que siempre caerán sobre la colcha algodonada de nuestra sonrisa. Y ambas las provocan ellos.

[FOTO: Marta Busquets]

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