No suelo escribir nada sobre cine, por no decir que no lo he hecho nunca… Pero hoy es un día especial. Así que voy a cambiar mi manto de lector de cómic enfermizo por el de cinéfilo empedernido. Con toda la buena intención del mundo os traigo la última película de Ben Affleck, “Argo“, un trhiller político de muy buen ver que se postula como una de las grandes favoritas a llevarse alguna que otra estatuilla. Sin más dilación, vamos allá…

La película narra los hechos transcurridos entre finales de 1979 y principios de 1980. En aquella época, los Estados Unidos se vieron involucrados en una serie de revueltas en Irán a raíz de las que la embajada norteamericana fue atacada por miles de ciudadanos iraníes. La gran mayoría de los diplomáticos que se encontraban en el lugar fueron capturados como presos políticos. Pero, aún así, seis de ellos consiguieron escapar y se refugiaron en la embajada canadiense. “Argo” narra la historia de cómo un grupo reducido de personas, entre las que destacan por merito propio Tony Mendez y John Chambers, decidieron ponerse al servicio de su país y poner en marcha la mayor de las operaciones de rescate jamás vista hasta la fecha.

Los primeros minutos de metraje son trepidantes: la violencia con la que la embajada estadounidense es atacada, la desesperación por ambas partes afectadas -la de un pueblo que no puede más tras años de sumisión y la de un grupo de diplomáticos que se ven envueltos en una situación que les supera, con la muerte como resultado más plausible– te deja petrificado en la butaca, boquiabierto y con una tensión en el cuerpo que no se te quitará en las dos horas que dura la película. Affleck acierta en todo momento y consigue que el ritmo de la cinta se mantenga. La tensión no disminuye en absoluto, sino que va in crescendo y nos acompaña hasta el mismísimo final del film.

Poniendo a un lado el drama, el director deja un amplio espacio a la política y al sentimiento patriótico típico de los norteamericanos -inevitable teniendo en cuenta la historia que está tratando-. Este tipo de películas suelen funcionar de una manera parecida: tenemos al bueno y al malo. Hoy en día, aunque se algo recurrente, es complicado dejar por los suelos a un país islámico y tildarlo de violento y anti-democrático. Ben Affleck lo sabe y por eso recubre la cinta de una fina capa de espíritu patriótico comedido. Vamos, que el director hace entender al espectador que ni los Estados Unidos son tan buenos ni Irán es un país de salvajes revolucionarios. Eso sí, está claro que los americanos juegan el papel de los más listos y los más generosos. Y la verdad es que, para un servidor, esto es una gozada. Me declaro fan acérrimo del espíritu “Los USA son la mejor nación del mundo” que se respiraba allá por (y desde) los años 50. Es salir de la sala tras el visionado de “Argo” y querer ser norteamericano desesperadamente.

En lo que respecta al casting, nada malo se puede decir. Todos y cada uno de los actores se meten en el papel y son creíbles. Pero, más allá de la buena elección de casting, lo que ayuda a darle ese halo de veracidad a la historia es el esfuerzo y el buen hacer a la hora de la caracterización. Para empezar, tenemos unos años 70 muy conseguidos: en todo momento crees que estás viviendo la época de las medio melenas, polos con cuellos enormes y Jimmy Carter al poder. Aquellos tiempos en que el FBI y la CIA parecían pequeños e inofensivos, aunque traviesos, que se divertían llevando a cabo golpes de estado y derrocando presidentes para sustituirlos por marionetas a su merced fáciles de manejar. Vamos, que no podías enfadarte con ellos: ese tipo de maldades que al final te parecen monísimas. Además, todos los personajes son recreaciones milimétricas de sus homónimos en la vida real. De hecho, en los créditos hacen eso tan bonito de poner el fotograma de la película y la foto original, para que te des cuenta de lo bien ubicado que está todo.

Otro punto fuerte e importante del film son los actores secundarios. La mayoría, por no decir todos, son grandes estrellas de Hollywood. Caras reconocibles desde kilómetros, vistas y vistas en todas las series y películas: maravillosos eternos secundarios que le dan ese surplus al film, ese toque de distinción necesario para hacerla destacar por encima del resto. Entre estos hay que destacar al grandísimo John Goodman -que interpreta el papel de John Chambers, pieza clave en la operación de rescate y hombre al que se le dedica la película- y al inefable Bryan Cranston que se quita la máscara de gas de su personaje en “Breaking Bad” y se deja crecer pelo para interpretar a Jack O’Donnell, un agente de la CIA que tendrá un papel importante en el transcurso de los hechos.

En su película, Ben Affleck hasta se permite el lujo de intentar profundizar en su propio personaje, tal vez en el intento de darse un poco más de protagonismo. Con esto quiero decir que incluso hay espacio para el sentimentalismo personal, más allá del drama de los seis “huéspedes” -nombre por el que se conocían a los diplomáticos americanos escondidos en la embajada canadiense-. El personaje interpretado por Affleck tiene problemas matrimoniales, algo normal en hombres de su posición; de esta forma, a lo largo de la película veremos varios intentos de mantener el contacto con su hijo. Para ser sincero, diré que esta trama, aún estando de más y careciendo completamente de importancia para la película, no perjudica en ningún momento al ritmo del film. El único problema es que, más que aportar algo a la historia, vemos como Affleck desaprovecha esos minutos extras que se da.

Sea como sea, el último film del californiano lo reafirma como un director más que capaz. Tras “Gone Baby Gone” y “The Town“, el norteamericano da el paso definitivo en su carrera y se asienta en su nueva posición detrás de la cámara. Tanto que, por unos instantes, incluso llegas a olvidar cuánto tiempo hace que se infundió el traje del cuernecitos. Por consiguiente, quien esto escribe sale de la sala encantado con lo que ha visto y con ganas de que se lleve algo el próximo 24 de febrero en los Oscars… Hasta aquí llega mi humilde opinión. Para una revisión más valida que esta chapuza, os recomiendo encarecidamente que os paséis por el mejor blog de cine que conozco: Y Encima Se Llamaba Alabama. No sé si para cuando esto vea la luz ya habrá publicado su punto de vista sobre “Argo“; pero si no es así, os sugiero que le echéis un vistazo a cualquier post que encontréis ahí. Canela fina.

Ahora sí. Adiós y gracias. Me voy a leer un cómic.

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