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Una de las directrices de toda crítica cinematográfica ha de ser ponderar las pretensiones iniciales del film y lo que realmente te proporciona al final… Este es un rasero que también puede utilizarse a la hora de sopesar el éxito de un festival de cine: ¿su línea programática prometía excelencias que se han quedado en agua de borrajas? ¿Se ha vendido una coherencia temática que no aparece por ningún lado? Son dos sensaciones que pueden surgir cuando atiendes a determinados festivales pero que, en el caso de la edición de 2013 del Atlántida Film Fest nunca hacen acto de presencia.

Para empezar, en este festival de cine online no nos prometieron ninguna excelencia, sino que nos las hemos topado hasta el nivel de preguntarnos casi continuamente “¿cómo puede ser que esta película tan gigante no haya llegado ni a nuestras pantallas ni a nuestros festivales?”. Y, para continuar, la única coherencia propuesta por el festival se reducía a dos líneas básicas (títulos hispanoamericanos inéditos en España y títulos triunfadores en festivales inéditos en nuestro país) que, al final, se han visto ampliadas por otras sub-líneas mucho más apasionantes: la convivencia de documental y ficción sigue siendo moneda habitual de cambio, pero también hay muchas aperturas de vías de lo que ha de significar un film (ya sea en su vertiente humorística o no), una disección más que poderosa de los sinsentidos de la vida moderna e incluso una abierta voluntad de buscarle los pliegues al último cine homosexual. Todo ello hace pensar que, si comparamos las pretensiones del Atlántida Film Fest con lo que finalmente ofrece, el que sale ganando es el espectador: ¿acceder al mejor cine festivalero desde el sofá de tu casa? ¿Realmente se le puede poner precio a esto?

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A SOMEWHAT GENTLE MAN. Después de pasar doce años en prisión por asesinato, Ulrik intenta adaptarse a una nueva vida. Pero, claro, no es cosa fácil cuando siempre te has movido entre lo peorcito del hampa sueca, le debes un montón de pasta a un gangster que ha estado alimentado a tu familia mientras tú has estado entre rejas y en tu DNI pesan casi sesenta años. De esta forma, cada día que pasa es un nuevo esfuerzo para recuperar el tiempo perdido trabajando en un taller para un señor que da sermones, para acercarse a una familia que reniega de él y para conseguir una vida más o menos digna alejada de la delincuencia y la venganza. Estupenda historia sobre segundas oportunidades ambientada en los bajos fondos de una Suecia que no estamos acostumbrados a imaginar por aquí (fea y sucia), filmada con la misma dosis de frialdad (nórdica) que de humor (nórdico también) en la que el patetismo y la ternura se entremezclan gracias a un puñado de personajes tan entrañables como miserables que hacen lo que pueden por sobrevivir y hacerse la vida más llevadera a sí mismos y a los que les rodean. Ojo a su desenlace, posiblemente uno de los mejores de todo el festival. [Estela Cebrián] [8]

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BOY EATING THE BIRD’S FOOD. El film de Ektoras Lygizos llegaba al festival como la mayor representante de la nueva ola griega que, desde hace unas temporadas, se ha dedicado a replantearse los cimientos de una estructura social que cada vez se revela como más y más inservible e inoperante. Y, de hecho, en “Boy Eating The Bird’s Food” hay mucho de lo que ha fascinado en este último cine griego: una historia concreta como metáfora de un mal mayor (en este caso, no es difícil ver la precariedad del país reflejada sobre la caída del chico protagonista en un estilo de vida prácticamente homeless que le lleva a alimentarse a base de alpiste y de otras lindezas), una rotura con tabúes tanto sociales como fílmicos (en la historia del medio ya debería constar ese plano secuencia en el que el protagonista se hace una paja, se corre en su mano y acaba comiéndose su propio semen en un acto final de hambre desesperada), un autismo emocional que subyuga y angustia a partes iguales, una puesta en escena estilizada pero cruda y visceral… Todo lo que puede esperarse del nuevo cine griego está presente en “Boy Eating The Bird’s Food” y, sin embargo, Lygizos se queda a las puertas de la excelencia al faltarle ese factor-x, ese toque final de iluminación que tan bien saben imprimir a sus trabajos otros directores como Giorgos Lanthimos o Babis Makridis. [Raül De Tena] [8]

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