El salto de trampolín se define, independientemente de sus numerosas variantes, como un deporte de alto riesgo. Hay que tenerlos bien puestos para subirse a una plataforma situada a unos cuantos metros de altura, ver a cierta distancia la superficie acuosa como una dura y amenazante pared y, sin perder la concentración, lanzarse a ella realizando complejas piruetas. El objetivo, además de mantener la integridad física, es lograr una ejecución precisa, bella y limpia, que permita entrar en el agua elegantemente salpicando lo menos posible. Todo grupo o artista musical puede visualizar esa escena una vez que le toca dar su segundo paso creativo: aquel que le debe permitir asentarse en la élite y luchar por las medallas… si sobrevivió a su anterior y primer intento. En una situación así se encuentran los madrileños Autumn Comets, a los que habría que preguntar si, tras haber debutado el año pasado en el campeonato nacional con el LP autoeditado “Parades” (2009), sintieron ese vértigo antes de zambullirse en la grabación de su segundo disco, al que llamaron, muy apropiadamente, “A Perfect Trampoline Jump” (Cuac! Música / Pop Stock!, 2010). Los diseñadores de este ejercicio acrobático (Julián Palomo, voz y guitarras; Emilio Lorente, guitarra, metalófono y bajo; Gonzalo Bautista, teclados y metalófono; Pablo Palomo, batería; Miguel Sevener, bajo y guitarras; y Manuel Moreno, viola y percusión) se sumergieron en la larga y fecunda historia rockera americana y la conjugaron con los postulados más diáfanos del post-rock para dar con las claves ganadoras de su propuesta. Pero que nadie piense que el “perfecto” de su título viene a demostrar que ya sabían de antemano que habían encontrado la fórmula mágica para obtener la máxima nota posible del jurado…

Ese proceso no es sencillo, y su éxito depende exclusivamente de cómo se supera cada una de las seis fases del salto, o lo que es lo mismo, de “A Perfect Trampoline Jump”:

Aproximación. Autumn Comets siguen manteniendo como base lo que ellos mismos denominan protofolk, al cual le añadieron capas y capas de texturas eléctricas, melodías imprevisibles, transiciones reflexivas, líquidos arpegios cristalinos y una instrumentación variada y natural. Es decir: sin perder su esencia, se fueron acercando al borde del trampolín con nuevos ases en la manga para sorprender al público.

Impulso. En esta etapa hay que controlar el equilibrio y la potencia del momento del despegue, al mismo tiempo que se debe cuidar al detalle el recorrido previo a lo largo del trampolín. El ímpetu y la belleza melancólica de “My Perfect Trampoline” y “Deer” aseguran que el arranque se haga con fuerza, adquiera la mayor altura posible y no pierda armonía estética.
Elevación. Una vez en el aire, ya no hay vuelta atrás. La línea ascendente de “The Day After Tomorrow”, en la que el mismo Micah P. Hinson alienta con su voz al saltador, ejemplifica ese gesto; y después, a cámara lenta, se observa cómo su cuerpo empieza a componer la figura que describirá en su breve caída (“Welcome Home”).

Ejecución. Esta es la clave que diferencia a los grandes competidores y a través de la cual se analiza su técnica y su originalidad, como en la personalísima versión que Autumn Comets ofrecen del “Paper Planes” de M.I.A., tema transformado en un acercamiento a Wilco perpetrado a base de guitarras enraizadas en un campo de serpenteantes cuerdas de viola. Por su parte, la solemnidad de “Useless” (mecida por la suavidad vocal de Russian Red) aporta el grado de pureza que exige un ejercicio como este, desprovisto de movimientos bruscos. El punto álgido se alcanza con “I Can’t Solve Your Problems Anymore”, cuyo elástico esqueleto pop-folk (moldeado a través de diferentes remezclas incluidas en el single de presentación de este álbum) propicia conservar el estilo y la agilidad durante los segundos previos a introducirse en la piscina.

Entrada en el agua. El final se aproxima, y los ojos de todos los testigos se fijan en la forma en la que los dedos de las manos empiezan a penetrar en el agua como un cuchillo que corta un pedazo de mantequilla. La amargas notas de piano de “True Story (Told By Liars)” y la sensación de miedo superado que desprende “All The Ghosts” recogen ese instante decisivo, rematado por la tensión dramática de “Everybody Knows The American Flag”.
Dificultad. Acabados los retorcidos giros y las múltiples cabriolas, el vuelo toca fondo con delicadeza y en cuestión de segundos la cabeza vuelve a asomar: comienza la paciente espera (“Sunken Vessel” y “The Captain Is Awake”) antes de que los jueces emitan su opinión.

Autumn Comets culminan de ese modo, con calma y parsimonia, “A Perfect Trampoline Jump”, sabedores de que la recompensa a su esfuerzo no tiene que ver con conseguir la presea dorada por más o menos décimas o con que su brinco acabe por ser considerado “perfecto”. Todo lo contrario: lo suyo es regurgitar sus influencias más profundas para conmover, estimular la fibra sensible y despertar emociones en todos aquellos que quieran realizar sus particulares saltos de trampolín en su propia competición vital.

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