¿De qué sirve que te enculen con un primer single que te provocará síndrome de Pavlov para el resto de tu vida si el resto del disco va a ir por otros derroteros en los que de marranadas sersis y cerdeo pata negra rien de rien? Es la pregunta que flota en el aire con respecto al cuarto disco de Beyoncé, “4” (RCA / Sony, 2011), bautizado por esos fans que ahora lloran desconsoladamente y viven su Mourinhada particular y se preguntan “¿por qué? ¿por qué?”. De “4” se ha dicho de todo ya, lo peor seguramente que “es el disco de baladas de Beyoncé” (glups). Después del experimento con transtorno bipolar que supuso “I am… Sasha Fierce” (Columbia, 2008), los acérrimos de la Knowles (y puede que el mundo entero) no estábamos preparados para esto: un álbum profundamente marcado por los dowtempos y los baladones ochenteros. Y mucho menos después de la explosión polirrítmica de “Run The World (Girls)“, un petardazo dancehall quemado con una ardiente llama de electrónica guarra y exótica cortesía de Major Lazer que prometía una vuelta salvaje que nos permitiría ver a Beyoncé más leona que nunca comiéndose con patatas y sin pan a Rihanna y a M.I.A. de un solo mordisco. Con “4” ya en la manos, una palabra ha ascendido hacia el cielo y por ahí se pierde, como un globo rojo en el firmamento: decepción. Porque, para muchos, esto ha sido como que te enseñen el piso de muestra, te metas en la hipotecaza de tu vida y luego descubras que puedes oír como ronca el vecino o que ése “sol de tarde” efectivamente era de tarde: más vale tarde que nunca. Un timo, vamos.

El problema es que una vez dadas unas cuantas vueltas a este disco, la impresión que queda es que las baladas no dejan ver las estrellas. Y que, con “4“, Beyoncé se ha atrevido a dar un paso adelante agigantadísimo que bien le podría servir para confirmarla como la Diva definitiva en vida del R&B. Y todo gracias a un proyecto que suena más personal y más visceral que nunca. Y adjetivar de visceral un álbum para el que se escribieron más de setenta temas y del que sólo han sobrevivido doce (más los que caigan en la edición especial), perece una contrariedad total… Pero es así. “4” es el disco de amor de Beyoncé, y sólo hace falta dejarse acariciar por la energía soul de “1+1” y empapar por la torrencial voz de la cantante para notar que esa canción está escrita donde nace el ombligo, y que es una preciosísima oda al amor en pareja y a la estabilidad conyugal. No cuesta sentir la fuerza y la seguridad que se siente cuando, efectivamente, uno tiene la suerte de ser uno más uno. El único problema de este tema es que es un opening ciertamente extraño (suena a doble o nada) y que hace palidecer el resto de canciones lentas que la acompañan. Así, cuando se enfila el segundo corte, la potentorra “I Care” que, resumiendo fácilmente, sería el “Halo” de esta entrega, es fácil dejarse llevarse por sus contagiosos coros y ese solo AOR que no pestañea mientras Beyoncé lleva al límite su vigoréxico torrente vocal. Pasando por alto la prescindible “I Miss You“, “Best Thing I Never Know” confirma un trío de ases que deja bastante claro la voluntad de esta mujer de homenajear/sablear/suplantar a aquélla Whitney Houston que le gritaba a Kevin Costner que la estaba convirtiendo en una neurótica: la divorra de la música comercial negra indiscutible de los últimos veinte años. Pero los momentos lentos no terminan aquí, aún quedan “Rather Die Young” (con ese alucinante flow tan ochentoso que iguala los mejores temas de Janet Jackson), “Start Over” (desde ya, himno para cerrar discotecas y chiringuitos y enfilar afters interminables) o “I Was Here“, que le sirve para reflexionar sobre lo humano, lo divino, el amor y la necesidad de dejar algún tipo de impronta en un futuro en el que ella ya no esté (unas reflexiones que pueden ser juzgadas de ingenuas o demasiado afectadas viniendo de una mujer que sólo roza la treintena).

Hasta aquí los momentos para el recogimiento. Pero en “4” también hay lugar para el el sudor que gotea por espaldas empapadas. No es el caso de “Party“, la broma que se marca con Andre 3000 y Kanye West -también colaboran Sleepy Jackson y Frank Ocean, entre otros -, sino de la juguetona “Love On Top” -con una cuidadísima, académica y perfecta estructura pop que la hace relucir como un diamante pulido entre tanto oro pesado -, la esquizofrénica “Countdown” y la psicotrónica “End Of Time“, que es lo que todos queríamos que hiciera con este disco: dejarse llevar y dejar que sus rubios rizos y sus caderas de cemento marcaran el ritmo. Pero no ha sido así. Y, sin embargo, a Beyoncé le ha quedado un trabajo que vale el peso de sus carnes en oro. En el que no tiene problemas en clamar a los vientos las virtudes de su matrimonio con Jay-Z (ese morlaco al que el hip hop rinde pleitesía), con un tracklist descerebrado y anti comercial y con menos subidas que bajadas pero que, al final, se percibe como una piedra Rosetta del R&B de ahora y del que vendrá aunque en él haya más mirada hacia el pasado que hacia el futuro.

Pero no olvidemos que a la Beyon todavía le quedan muchos tumbos que dar y muchas sorpresas con las que enervar a sus fans. Por eso, la señora de Jay-Z puede hacer lo que le salga de su santo (y negro) coño y de ése Monte de Venus que tiene pinta de ser más extenso que las pistas de tenis del Open de Australia. Y así, mientras unas y otras se arrancan las extensiones y se arañan la cara peleando -voluntaria o involuntariamente, directamente u hoygans mediante- para saber quién es digna merecedora del título de Princesa del Pop, o Diva del Momento o whatever, ella se sienta con sus abundantes caderas sobre un trono de metal hecho a base de discos de oro fundidos y con tapicería de leopardo, sabiendo que Tina ya le ha nombrado su heredera directa, dándole su beneplácito en vida. De las Destiny´s Child a ser la reinona del R&B en particular y de la música popular en general, deseada, admirada y forrada. Y si “4” es un flop como dicen, o un fiasco o una decepción o una castaña, obviamente se la pela dignamente… Que con nuestras piedras se hace ella su pared.

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