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Después de que en 2014 se empezara a celebrar el 20 aniversario de la irrupción del brit-pop y, teniendo en cuenta que durante este 2015 se seguirá festejando tal efeméride, resulta curioso que justo ahora vea la luz el esperadísimo por muchos nuevo disco de Blur, como si el destino quisiese que Damon Albarn y compañía hiciesen un guiño involuntario a su pasado. Pero su caso es especial: la atmósfera que se respiraba en el seno de la banda cuando se abrió su paréntesis discográfico de doce años tras publicar el controvertido “Think Tank” (Parlophone, 2003) y haber echado de…
Para Blur, doce años no son nada… Eso parece sugerir “The Magic Whip”, trabajo que trasciende su condición de álbum de retorno al mostrar al grupo tan fresco como antaño y, lo más importante, adaptado a los nuevos tiempos. Ni los fans más optimistas se esperaban un logro así.
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Redivivo

Para Blur, doce años no son nada… Eso parece sugerir “The Magic Whip”, trabajo que trasciende su condición de álbum de retorno al mostrar al grupo tan fresco como antaño y, lo más importante, adaptado a los nuevos tiempos. Ni los fans más optimistas se esperaban un logro así.

Después de que en 2014 se empezara a celebrar el 20 aniversario de la irrupción del brit-pop y, teniendo en cuenta que durante este 2015 se seguirá festejando tal efeméride, resulta curioso que justo ahora vea la luz el esperadísimo por muchos nuevo disco de Blur, como si el destino quisiese que Damon Albarn y compañía hiciesen un guiño involuntario a su pasado. Pero su caso es especial: la atmósfera que se respiraba en el seno de la banda cuando se abrió su paréntesis discográfico de doce años tras publicar el controvertido Think Tank (Parlophone, 2003) y haber echado de una patada con anterioridad a Graham Coxon no invitaba para nada a confiar en una posterior reunión; y los proyectos personales de cada uno de sus miembros (desde los más conocidos de Albarn hasta el más privado de Alex James como elaborador de quesos) los tenían suficientemente ocupados como para aparcarlos y retomar un capítulo de sus vidas que parecía rentabilizado y superado.

Pero no hay nada mejor que montar una gira de retorno, entregar alguna canción suelta y disparar los rumores de grabación de nuevo disco para testar el pulso real de un grupo recién salido de un auto-impuesto estado de hibernación. A partir de 2009, Blur siguieron esos pasos a rajatabla (con Coxon otra vez a bordo) hasta llegar a la situación en la que se encuentran en este instante: con The Magic Whip (Parlophone, 2015) recién salido del horno. Aunque el álbum nació fruto de la casualidad: como relata la moraleja de “Match Point” (Woody Allen, 2005), ¿qué hubiera pasado si la pelota lanzada en un estudio de Hong Kong durante la pausa de su tour asiático para probar sensaciones hubiera caído en campo propio y no en el contrario? Pues que Coxon no habría llamado a Stephen Street -el hombre que había producido los trabajos de su época dorada- para dar forma al material registrado y rematar la faena. Así de simple.

La bola, sin embargo, cayó donde debía. Y la inspiración, también. Porque “The Magic Whip” muestra una acertada y natural evolución del sonido de Blur, que se han saltado de una tacada su largo período de separación para entregar un conjunto de composiciones tan lozano que se hace difícil creer que este sea un disco de regreso. Eso sí, en esta sorprendente ecuación hay que introducir las aventuras que Albarn ha vivido a través de los parajes de la música africana, la electrónica mutante (Gorillaz), el pop (The Good, The Bad & The Queen), la ópera, el cine y las bandas sonoras; en forma de colaboraciones con artistas de diversos géneros; y bajo su nombre, mediante su debut individual con Everyday Robots(Parlophone, 2014). El influjo de tan intensa actividad se aprecia en mayor y menor medida en “The Magic Whip”, aunque este no se debe tomar como un LP apéndice dedicado exclusivamente a prolongar la obra en solitario de Damon. De hecho, por un lado destaca la manera en que los acordes y arpegios de Coxon -con total libertad y autonomía creativas- acaparan el protagonismo en determinadas fases; y, por otro, resulta llamativa la actualización que el cuarteto hace de su típico pop de acento londinense.

Aunque, igualmente, el fondo argumental también posee su importancia en el proceso: el hecho de que “The Magic Whip” se hubiese concebido en Hong Kong en particular y en el Lejano Oriente en general, ayudó a Albarn a usar el poso que dejaron en él dichos lugares para continuar diseccionando sus inquietudes, centradas en el aislamiento social en la era digital, la alienación tecnológica y las relaciones humanas (virtuales y físicas), dejando hueco para otros asuntos más ligeros (como el auto-sexo, por ejemplo). Dispuestos y amalgamados todos estos elementos formales y textuales, el octavo trabajo de Blur vendría a suceder “Think Tank” como si no hubiese transcurrido el tiempo hasta depurar sus componentes: cosmopolitismo sonoro, experimentación bien entendida, ruptura de los arquetípicos y rígidos moldes pop y lírica que se balancea entre lo profundo y lo liviano.

Extrapolando este último apunte al aspecto meramente musical, “The Magic Whip” oscila entre piezas que guardan en su interior vestigios de los Blur de hace dos décadas (“Lonesome Street” -que Liam Gallagher ha considerado mejor canción del año…- resulta briosa, fresca y divertida; “Go Out” presenta un desarrollo y unos coros cuyos efectos adhesivos aumentan por obra y gracia de los riffs de Coxon; y la efervescente “I Broadcast” es un hit en potencia) y temas que proceden del espíritu más arriesgado de la banda (“New World Towers” es puro Albarn a solas; “Ice Cream Man” se adereza con toques electrónicos à la Gorillaz; y “Thought I Was A Spaceman” combina minimalismo, melancolía, base electro-acústica y arreglos cósmicos). A partir de esta estructura, el tracklist va ofreciendo otras pequeñas sorpresas como la delicadeza y brillantez melódicas de “My Terracotta Heart”, el avance marcial de “There Are Too Many Of Us”, el aroma soul que desprende “Ghost Ship”, la fría elegancia de “Pyongyang”, la desbordante alegría de “Ong Ong” y el tono crepuscular de “Mirrorball”.

En esencia, “The Magic Whip” no sólo cumple, sino que en ciertos tramos también supera las expectativas vertidas sobre los Blur de hoy en día y muestra tal como deberían sonar los londinenses a estas alturas de su historia, ni más ni menos, aunque parezca una perogrullada. Sin recurrir a probaturas extrañas, artificios intrascendentes ni auto-homenajes baratos, Albarn, Coxon, James y Rowntree han conseguido equilibrar pasado y presente, clasicismo y modernidad sin perder el respeto a su propio legado ni el ánimo por indagar en sus múltiples y ¿futuras? posibilidades sonoras.

 

 

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