Es imposible hablar de Carlos Zanón empleando unas cuantas líneas… Y es que la biografía de esta autor es literalmente sorprendente en lo que respecta a variedad y, sobre todo, en la capacidad para mantener la calidad pese a la diferente naturaleza de las aventuras en las que se embarca. Puede que la vertiente por la que Zanón es más conocido sea la poesía, con la que empezó a publicar en los 80 y que ya ha sido recopilada en cinco volúmenes (por ahora). Pero es que el autor es un alma inquieta que siempre ha estado muy implicado en el mundo musical, ya fuera como escritor (es articulista en Ruta 66 y ha publicado tomos como “Bee Gees: La Importancia de Ser Un Grupo Pop“) o directamente como creador (ha colaborado con Loquillo e incluso fue componente y letrista de la banda Alicia Golpea). Y, claro, con semejantes antecedentes, era inevitable que Zanón se dedicara tarde o temprano a la novela: debutó con “Nadie Ama a un Hombre Bueno” y, a partir de ahí, ha seguido publicando de forma sostenida. El último de sus movimientos ha sido particularmente especial, ya que los chicos de Sigueleyendo han recuperado precisamente “Nadie Ama a un Hombre Bueno” y lo han publicado en su Colección de Autor para devolverla a una circulación de la que nunca debería haber salido. Tomamos esta excusa (como otra cualquiera) para pedirle a Carlos Zanón que nos recomiende un libro para nuestro Book Club

Carlos Zanón recomienda…La Magnitud del Desastre“, de Oriol Llopis (66Rpm). “La influencia de los cronistas rock en los literatos nacidos a partir de los 60 es notoria y sangrante. El regalo de nuestros padres al cumplir 11 años no fue ni un libro de Thomas Pynchon ni el ‘Raw Power’ aunque, a veces, al leer a alguno parece que sí. Pero sí teníamos acceso al Star, Vibraciones, Rock Spezial o Ruta 66. Y el primero y el mejor fue y es Oriol Llopis. Llopis es un escritor intuitivo, arrabalero, culto y con una capacidad visual de definir lo indefinible. Toma la distancia justa de todas las fotos. Y de la suya propia. Con la mitad de su vida los destripaterrones que escribimos y vamos de duros y underground deberíamos volver al Grupo Escolta de la Parroquia o a casita de la tía anglófona de donde, quizás, no deberíamos haber salido nunca. Llopis era el elefante blanco. Los gafotas eran feos hijos de mamá y los roqueros garrulos y culo de patada. Llopis era, por el contrario, lo que los dos grupos querían ser: un camaleón guapo, talentoso, divertido, que hablaba inglés y que sabía drogarse. Recreaba la crítica rock para hablar de la vida. Del arte. De cómo trascender jugando, de alguna manera, a las cosas importantes pareciendo que no te importan mucho. Su prosa era y es afilada, directa, siempre cómplice. Y este trozo de recuerdos, mentiras, exageraciones y ruacanroll que es ‘La magnitud del desastre’ demuestra que está ahí. Y que sigue a lo suyo. Un puto príncipe en el exilio.

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