boston

La apertura de “Boston. Sonata para Violín sin Cuerdas” (publicado en nuestro país por Automática) es francamente espectacular: el protagonista, William Fisher, pasea por la laguna helada de Walden y se topa con el mismísimo Henry David Thoreau que, bajo el hielo, dentro del agua, le pide ayuda para poder salir de nuevo hacia la superficie. En su huída a la búsqueda de auxilio, Fisher da un traspiés y cae estrepitosamente sobre el hielo, abriéndose la cabeza… Imposible pensar en un arranque más espectacular: un punto de partida poderoso en lo argumental pero a la vez magnéticamente metafórico, ya que lo de sacar a la superficie a Thoreau es algo que seguirá planeando sobre el libro de Todd McEwen hasta su explosivo final. La brecha en la cabeza de Will Fisher será un síntoma aparatoso (con su eterna venda empapada de sangre) que indicará al resto del mundo que el protagonista, definitivamente, “no está bien”. Por mucho que él se esfuerce en probar lo contrario verbalmente, sus acciones van por delante: a partir de su accidente, todo el mundo alrededor de Fisher parece desmoronarse. Su trabajo como burócrata de segunda no tardará en desintegrarse en una concatenación de malentendidos rayana al slapstick, y su relación de pareja terminará de hacerse pedazos revelando que, de hecho, tampoco es que estuviera de una pieza desde el principio. Eso en lo concreto. En lo general, el protagonista acabará por encabezar un movimiento de desobediencia civil puramente homeless que, de nuevo, entronca con Thoreau.

Además de con el autor de “Walden“, no es difícil tender cuerdas desde “Boston. Sonata para Violín sin Cuerdas” hasta otros autores de los que bebe su particular revolución hobo: el manuscrito de McEwen explora un area de valores esencialistas ajenos a la sociedad de consumo de una forma muy similar a la de William Kotzwinkle en “El Hombre Ventilador“, aunque también hay aquí mucho de exaltación de cierto hippismo idealista que puede rastrearse desde la ficción de Tom Wolfe o Jim Dodge hasta las vivencias narradas en primera persona de otro revolucionario anti-capitalista como Jerry Rubin en su “Do It! Escenarios de la Revolución“. Y lo más sorprendente de todo: la dialéctica que se establece entre William Fisher y el vagabundo Frank de Oregón, que será el hombre a la sombra que espoleará los eventos contestatarios in crescendo, es inevitable pensarla como un precedente muy sugerente de lo que posteriormente conoceríamos en “El Club de la Lucha“: una relación esquizofrénica en la que el personaje que alimenta la locura del protagonista acaba siendo poco más que una quimera mental de este. En este caso, aunque la posibilidad está ahí (Frank desaparece en el momento crucial de la novela), parece que hay menos paja mental y mucho más humor como desengrasante de una acción que cada vez se va desquiciando más y más.

Sea como sea, más allá de las múltiples coartadas literarias y de la puesta al día de las teorías de Thoreau, “Boston. Sonata para Violín sin Cuerdas” acaba siendo también un retrato de la vida en la ciudad, tanto en abstracto como en concreto (no es azaroso que el nombre de la ciudad en la que transcurre el libro encabece el título). Más allá del fresco que McEwen pinta para capturar Boston como una ciudad gris, fría y claustrofóbica (es muy gráfica su descripción meteorológica como El Culo), el escritor consigue plasmar a la perfección el absurdo de una vida urbanita obsesionada con las apariencias (como las del restaurante al que Fisher va en compañía de su nuevo ligue y donde la acción explota por primera vez en dirección a su grand finale), con la vida laboral e incluso con un rollito eco-consciente que, por mucho que debería verse refrendado por el corpus teórico de Thoreau, es ridiculizado aquí con bastante sarna. El autor lo hace, además, con una prosa que huye de las normas gramaticales básicas para crear un lenguaje original que al principio descoloca pero al que, finalmente, tampoco resulta tan difícil encontrarle unas normas básicas que lo ordenen y le den sentido (una experiencia similar a la de Anthony Burgess en “La Naranja Mecánica“).

Tampoco hay que dejarse guiar, sin embargo, por el cúmulo de referencias esnobistas esgrimidas en esta reseña: “Boston. Sonata para Violín sin Cuerdas” es un libro que se disfruta de forma primaria, que ataca antes al estómago (que es donde se origina la risa) que a la cabeza. Como toda buena experiencia literaria, el libro de McEwen presenta diferentes capas de sentido. Te corresponde a tí decidir dónde te quedas: en la risotada… o en el momento en el que los músculos se congelan y te das cuenta que, detrás del humor, hay algo más chungo.

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