La sombra de Surfin’ Bichos es muy alargada, pero no pesada: sus componentes fueron proyectando, paulatinamente, sus carreras en otros grupos o en solitario sin sufrir la carga de verse obligados a lidiar con su pasado artístico ni con los reproches de sus fidelísimos seguidores, que los acompañaron hasta el final de su viaje como buenos hermanos carnales. Algo extraño, teniendo en cuenta, por un lado, la importancia que los albaceteños, con el paso del tiempo, fueron amasando como constructores e impulsores (junto a Los Planetas) de una escena alternativa española que todavía gateaba en pañales en los albores de la década de los 90; y, por otro, la compleja personalidad de la propia banda que se reflejaba tanto en sus elaborados textos crípticos como en su potente sonido. Sin embargo, los antiguos miembros de los bichos surferos supieron hacer justicia a la herencia que habían recibido, desde Fernando Alfaro (en Chucho, junto a Los Alienistas y con su nombre bien claro en el aún caliente “La Vida es Extraña y Rara” -Marxophone, 2011-) hasta Joaquín Pascual (en Mercromina, Travolta o a solas -no hay que olvidar su debut, “El Ritmo de los Acontecimientos” -El Genio Equivocado / El Ritmo de los Acontecimientos, 2010-), pasando por Isabel León (transmutada en Is).

Estas serían las referencias más ilustres y visibles de la saga manchega, pero sus aciertos y pequeños triunfos no se habrían hecho realidad sin la ayuda de varios músicos que aportaron su grano de arena en la sombra, como si de secuaces infalibles se trataran. Tres de ellos fueron Carlos Cuevas, Manuel Mora y Carlos Flan, que decidieron que ya era hora de caminar (casi por su cuenta, ya que contaron con la ayuda de Joaquín Pascual y de Isabel León) bajo un nuevo paraguas, el de Burrito Panza: una denominación de tintes quijotescos con la que pretenden seguir acrecentando la leyenda del rock albaceteño originada hace poco más de veinte años. Aunque en su estreno en largo (con un título que remite a la conocida actitud de sus viejos camaradas contra el mundo y la humanidad en general), “Solo y Mal Acompañado” (El Genio Equivocado, 2011), se produce igualmente un acercamiento saludable al pop, traducido en melodías directas de estilismo diverso, rimas perfectas y profusión de arreglos instrumentales y vocales.

Así, a lo largo de su minutaje se combinan fases de luminosa electricidad guitarrera en formato clásico (“La Última Ciudad”, “Las Reglas del Mal”) con tramos de mayor crudeza y agitación sonora (“Tu Lado Salvaje”, “Estoque”), en los que Isabel León aporta oportunos coros y replica de manera efectiva el mensaje de trasfondo masculino. Inevitablemente, el recuerdo a Surfin’ Bichos o Mercromina se hace palpable en cuanto las letras heridas comienzan a sangrar por el empuje del dolor, la resignación, el desengaño y el derrotismo, conceptos que se agigantan cuando las composiciones fluyen de modo reposado y más acústico: “Solo y Mal Acompañado” y “El Extraño Que Hay En Mí” (otras frases muy de los Bichos, al igual que sus retorcidos desarrollos rítmicos) o “Techo” (que rezuma una extraña dulzura por todos sus poros) y “En Ese Lugar” (de claroscuro tono crepuscular).

Con todo, el espíritu negativo que se le puede presuponer a “Solo y Mal Acompañado” se diluye levemente gracias a la percusión ornamentada y el piano de “Vuelta a Casa” y a los acordes cristalinos de “Cambio de Clima”, con las que se puede pensar que, al fin y al cabo, las desgracias no vienen siempre por culpa de uno mismo… Basta con echar un vistazo a lo que hay alrededor o a cualquier informativo, donde el muestrario de malas noticias se une con un hilo tan surrealista (por ejemplo, se enlaza en un todo cómo las calles del casco histórico de Barcelona se convierten, una vez más, en el paraíso del folleteo clandestino, los banqueros se lo siguen llevando crudo y se prepara la boda de la esperpéntica duquesa de Alba) que da la sensación de que es mejor pasar la vida con una pizca de optimismo a pesar de que no quede más remedio que estar, precisamente, solo y mal acompañado.

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