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Por si no hemos sido claros los últimos meses, volveremos a afirmarlo: los 90 están aquí, han regresado para quedarse. No queremos ser pesados ni demasiado revivalistas… Pero tampoco podemos negar que, los que ya lucimos canas treintañeras, estamos encantados de que se recuperen ciertos sonidos de aquella época para refrescar la memoria y sentirnos más jóvenes, ya sea vía noise-rock, brit-pop, rap old school o electrónica de baile. De entre ellos, este último género es, posiblemente, el que está recibiendo mejores homenajes y con el que más se disfrute actualmente. El público que se acercó a la sala viguesa La Fábrica de Chocolate pudo comprobarlo en primera persona de la mano de Colectivo Oruga, cuya nueva propuesta sobre las tablas (sin refuerzo visual, tras la salida del grupo de Cuco Pino) constató un par de hechos: la manera en que interpretan y reciclan el dance-pop-rock de raigambre noventera resulta deslumbrante y efectiva; y que su segundo disco, Paraíso Caníbal (Matapadre, 2013), presenta un potencial que explota plenamente en su traslación al directo.

La intro con que Iago Martínez, Álex Mera y Álex Penido arrancaron su concierto no dejaba lugar a dudas: estaban dispuestos a convertir el local en un pequeño paraíso (valga la redundancia extraída del título de su álbum) para moverse según el ritmo compacto y nítido de su cóctel tecno-ibicenco. Una robusta e infecciosa “Salgamos Corriendo” (o cómo alcanzar el cielo soñando con el “Show Me Love” de Robin S) ponía claramente las cartas danzeras sobre la mesa, acompañada de las más eléctricas “Huesos” o “La Mitad que Dios”, escaparates ideales para el lucimiento de las ágiles seis cuerdas de Álex Mera y el arsenal de samples, las bases programadas y el Korg que manejaba Iago.

Por otro lado, se intuía que el repertorio de la velada se centraría (casi) exclusivamente en “Paraíso Caníbal”. Nada que objetar al respecto: ya fuera sacando su jugo más psicotrópico o mostrando su cara electrónica pura y dura, el trío ponteareano multiplicó cada detalle de su contenido y lo abrillantó mediante la voz de un Iago que, por momentos, parecía que atravesaría el techo de la sala para aterrizar en otra dimensión impulsado por la catapulta que formaba la sección rítmica comandada por los dos Álex. El tramo más veloz de ese viaje se concentró en la dinámica y kraut “Explotad sin Mí”, que contrastó con la suavidad sintética de “No es Eso”, cuyas proteicas notas de teclado intermedias bien podrían haberse alargado hasta el infinito si no fuera porque en el primer bis de la noche cayó una remozada ‘extended club version’ de “December’s Descent”, única concesión durante su actuación a su debut, “Too Many Knobs” (Matapadre, 2010).

Se echó de menos algún rescate más de su álbum de estreno, pero Colectivo Oruga querían sacar el máximo partido a “Paraíso Caníbal”, por lo que aprovecharon que la audiencia pedía otra ración de agitación ‘oruga’ para volver en dos ocasiones al escenario y entregarle de nuevo “Huesos” y “Explotad sin Mí”, epílogos perfectos que certificaron que La Fábrica de Chocolate viguesa se había convertido en una auténtica fábrica de baile universal.

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