Qué difícil resulta hablar de algo con cierta objetividad cuando te ha marcado tanto. Esta afirmación, que resulta aplicable a casi todos los ámbitos de la vida, se convierte en verdad absoluta al asociarse con uno de tus grupos favoritos de toda la vida, esa banda que defiendes, de la que te sabes toda su discografía de arriba a abajo y que ansías ver en directo. Hablo de Death Cab for Cutie, agrupación que como ya todos sabréis surgió a finales de los 90 en el estado de Washington, costa oeste americana. Rápidamente, se convirtieron en uno de los referentes de un novedoso sonido pop guitarrero por medio del cual crearon joyas del tamaño de “Title Track “, “President of What?” o “A Movie Script Ending”, entre otras muchas incluidas en sus primeros tres álbumes. Vino después “Transatlanticism” (Barsuk, 2003), disco que muchos defienden como su mejor creación hasta la fecha por esa perfecta catarsis pop ejecutada con la voz de Ben Gibbard, que alcanzaba su punto álgido en la genial canción que da nombre al álbum. “Plans” (Atlantic, 2005), por su parte, es claramente el trabajo más comercial del cuarteto hasta la fecha y el que les lanzó a la fama de manera definitiva gracias a todas esas preciosas canciones de temática principalmente amorosa que lo conforman. Que levante la mano quien no se haya emocionado nunca con “Marching Bands of Manhattan”, “Brothers on a Hotel Bus” o “Summer Skin”, por nombrar tres de ellas.

El desafío lo afrontaron Death Cab for Cutie hace tres años, cuando tenían ante sí la complicada tarea de darle continuidad a una carrera que empezaba a ser mirada con lupa. “Narrow Stairs” (Atlantic, 2008) fue injustamente maltratado por la crítica, que quizás esperaba que siguieran los pasos que habían iniciado en “Plans“. Gibbard, Chris Walla y compañía se descolgaron, sin embargo, con el trabajo que nadie esperaba de ellos a esas alturas, pues trataban de volver, diez años después y salvando las distancias, a las guitarras con las que habían debutado. El genial loop rítmico de cuatro minutos con el que comienza “I Will Possess your Heart”, la asonancia de “Bixby Canyon Bridge” o “Grapevine Fires” no dejaban lugar a dudas… Tres años han pasado de aquello, tiempo que los miembros del cuarteto no han desperdiciado: han grabado para la saga “Crepúsculo“, Ben Gibbard se ha casado con Zooey Deschanel (ahí es nada) y ha grabado con Jay Farrar un disco folk; mientras que Chris Walla se ha dedicado a producir los trabajos de media costa oeste americana, sirvan The Thermals, Telekinesis o Nada Surf como ejemplos.

Las primeras noticias acerca del nuevo trabajo de los de Washington comenzaron a llegar a principios de año, a través de unas declaraciones de Gibbard en las que afirmaba que Brian Eno había sido una gran inspiración para este octavo disco. Un trabajo que contaría con la producción del renombrado Alan Moulder, encargado de sustituir en los mandos a Walla, algo bastante raro después de la confianza que siempre habían depositado en un tío que había producido todos sus trabajos y “cosas” como, ¡atención!, “Picaresque” (Kill Rock Stars, 2005) o “Crane Wife” (Capitol, 2006) de nuestros queridos The Decemberists. Casi nada. Llegaron los primeros adelantos en formato acústico y, finalmente, el primer single: esa pegadiza “You Are a Tourist” que disipó de un plumazo nuestras dudas gracias a la melodía tan juguetona que incorpora. Pero nada más lejos de la realidad: “Codes and Keys” (Atlantic, 2011) ya está aquí… Y no es lo que esperábamos. Esto queda claro desde la inicial “Home is a Fire”, que viene a ser una especie de introducción a lo que llega después: teclados, ritmos sintéticos, la voz de Gibbard como principal atractivo, un cierto parecido a ese proyecto paralelo que fue The Postal Service y capas, capas, muchas capas.

Quizás demasiadas. Quizás se les haya ido de las manos. Y es aquí cuando entra en juego la figura de Alan Moulder, un tío que ha producido a gente de la talla de Depeche Mode o Nine Inch Nails, pero que parece haberse apoderado en demasía del sonido del cuarteto de Washington. Las señas de Death Cab for Cutie siguen presentes: no hay más que escuchar el inicio con “Doors Unlocked and Open” o “Underneath the Sycamore”, pero da la sensación de que la mayoría de las canciones han quedado sobreproducidas, pues si bien sonaban prometedoras cuando las pudimos escuchar en esas primeras filtraciones acústicas de radio, ahora se pierden en un mar de sintetizadores y modulaciones del que las guitarras no salen bien paradas y, en consecuencia, sus composiciones se ven afectadas. No es que “Codes and Keys” sea un mal disco, pues a pesar de estos cambios, el cuarteto sigue ofreciendo momentos de lucidez como en las ya mencionadas previamente o como “St. Peter´s Cathedral” y “Some Boys”. Pero, siendo objetivos (por mucho que nos cueste), aquí hay unos cuantos temas que no debemos pasarle a un grupo del talento del que nos ocupa: “Codes and Keys”, “Monday Morning”, “Portable Television” o “Stay Young, Go Dancing” son composiciones mediocres que no cuelan a estas alturas de la película.

Una auténtica pena, pues queda demostrado que, cuando Death Cab for Cutie hacen lo que saben, son capaces de crear piezas perfectas de pop como la ya mencionada “Underneath the Sycamore”. Pero, sea por nuestras expectativas, porque han querido dar un giro a su sonido, por la elección del productor o porque simplemente no han estado todo lo inspirados que querrían, este “Codes and Keys” es de lo más flojo que el cuarteto americano nos ha traído en estos últimos años. Esperaremos, sin embargo, a enterrarles, pues no debemos ni queremos olvidarnos tan rápidamente de una de las agrupaciones que más nos ha hecho disfrutar en esta pasada década. Veremos cuáles son sus siguientes pasos.

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