Sangre. Por la sangre fluyen no pocos significados. No por nada es uno de los elementos más recurrentes en las ficciones. Si nos remitimos, por ejemplo, a las ficciones vampíricas, la sangre es símbolo de muerte, pero sobre todo de vida. En una ficción forense será, en cambio, indicio de tragedia, de violencia y, más que nada, de una incógnita a resolver. En Dexter opera de manera muy distinta, y esa es una de las claves de esta singular obra de arte televisiva. Y es que aquí la sangre equivale a ritual, a orden, a organización: el eje de la mitología de la serie.

Pero antes de volver a eso, ¿cuál sería el otro eje? Si me dejáis apostar, diría que las relaciones. “Dexter” habla de la responsabilidad de lidiar con el monstruo interno, una responsabilidad que nos compete únicamente a cada uno de nosotros mismos. El monstruo de “Dexter” es muy real y requiere un cuidado completo, lo que siempre le ha abocado a la más tajante soledad. Pero, partiendo de esa situación huérfana y desolada, la serie nos plantea distintos universos relacionales y cómo el protagonista interactúa con ellos. Muchas son las relaciones que podemos ir viendo evolucionar a lo largo de la serie: con su hermana Deb; con compañeros de trabajo como Batista o Masuka; con Harry su difunto padrastro y mentor; con su pareja, Rita; etcétera. Todos estos y más son constantes a lo largo de la serie; pero cada temporada se caracteriza por centrarse en uno de estos universos e incluir un personaje clave que servirá de pivote para que descubramos como Dexter, en todas sus facetas, lidia con él. La primera temporada se centra en la familia, con el hermano. La segunda en el amor, con la amante. La tercera corresponde a la amistad. La cuarta y la quinta son contrapuntos: el mentor y modelo a seguir y la protegida y aprendiz. Todos estos personajes tienen un detalle crucial en común: han conocido las dos caras de Dexter: el forense y el homicida.

Una evolución: durante las primeras cuatro temporadas, el personaje clave acaba siempre muriendo a manos de Dexter en una reafirmación de que el monstruo que habita dentro de nuestro héroe es algo con lo que sólo él puede cargar. Pero en la quinta se percibe un cambio: Lumen, la protegida y aprendiz, no muere. Comprende a Dexter y, juntos, recorren el camino de la justicia y la venganza. Pero la escisión entre los personajes acaba por ocurrir: Lumen abandona a Dexter, y esta quizá haya sido la separación más dura de las cinco que se han dado a lo largo de las temporadas. Porque nos muestra que incluso el primer personaje que sabe compartir los rituales de Dexter sin pervertirse (la abyección del hermano, la locura de la amante, el ansia de poder del amigo o la violenta culpa del maestro) no es, de todos modos, como él. Lumen blande el acero, pero los rituales de la sangre no son más que una transición dentro de la dura recomposición de un alma herida. En Dexter no existe tal transición: el monstruo es la realidad estática, la rutina inamovible, el hambre constante. Y, por ello, la separación de Dexter y Lumen es el golpe más duro: le recuerda que, más allá de la justicia o la venganza, lo que mueve las manos de él es algo oscuro y perverso, algo que se contiene con las reglas impuestas pero que no nace de ellas, sino de lo más profundo del alma.

Y, tras la separación, Dexter sigue a la deriva, quizá buscando sin saberlo a un ser humano que pueda lidiar junto a él con el monstruo con el que convive. Porque, tras cada relación fallida, tras cada final trágico tras encontrarse uno de estos personajes con el monstruo, todos nos preguntamos: ¿qué pasará cuando finalmente sea uno de los personajes constantes el que vea cara a cara al Monstruo? ¿Qué pasará cuando sea, no sé, Deb o Batista?

Mientras esta travesía en busca de la comprensión continúa, el otro eje también sigue operando: la rutina y el ritual. Porque cada temporada es un nuevo universo relacional; pero también son nuevas puestas en duda de los rituales y códigos que constituyen el acto del homicidio en manos de Dexter. Cada temporada es un experimento que pone en duda reglas, que debilita esa jaula hecha de rutinas que contiene al monstruo. Porque, como ya dijimos, ese es el significado de la sangre en esta serie. La sangre, para el Dexter forense, es orden, significado, código: cada mancha revela información, cada gota cifra datos de manera ordenada. Y para el Dexter homicida la sangre es ritual: cada plaqueta guardada en la caja es parte de un archivo, una muestra casi científica y el resultado de la parte más invariable de toda la ceremonia que precede a la muerte. Porque, al final de todo, es el rito y la repetición lo que da sentido a la violencia, lo que diferencia a Dexter del asesino brutal y desalmado que hubiese sido sin la intervención de Harry. Cada vez que los pasos se repiten, la parte más humana de Dexter consigue ganar una noche más sobre ese pasajero oscuro, esa bestia que dormita en su alma. ¿Y acaso ésa no es una de las verdades que más nos atrae como espectadores? Saber que, en el fondo, hay algo aún más oscuro y malvado que no está suprimido, que duerme en el interior de Dexter y que, el día que salga a la superficie, será su mayor enemigo. Así, en cada temporada, la jaula del ritual y el código se debilita un poco más, y esa criatura que percibimos borrosamente entre las sombras sigue observando desde el fondo del abismo y prometiéndonos que aún no hemos visto al verdadero asesino que habita bajo la piel de Dexter.

Con la sexta temporada, estos dos ejes parecen dar un paso adelante: está claro que la siguiente relación que toca observar es la del monstruo y la religión. ¿La siguiente transgresión? Estos primeros capítulos nos dan una pista de lo que parece ser un giro interesante: la posibilidad del perdón en lugar de la ejecución. Se tratan desde luego de dos variables que pueden perfectamente sacudir la naturaleza del monstruo e intervenir en este híbrido de convivencia y guerra a la que está sometido Dexter consigo mismo. Y, al final, este mano a mano entre las dos caras de una misma persona (forense y homicida, humano y monstruo) no sólo nos mantiene en vilo por la belleza narrativa de su construcción, sino también porque nos conduce a la pregunta: ¿hay en nosotros también un monstruo que espera en silencio? ¿Cuáles son esos rituales nuestros que, sin saberlo, hacen las veces de jaula y nos mantienen a salvo de nosotros mismos?

[J. Quijano]

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