GRABACIÓN DE “PACÍFICA”, PRIMER DISCO DE BUENA ESPERANZA

Miércoles 22 de agosto. Primer día de grabación. Al contrario de lo que pudiera parecer, grabar un disco no es la cosa más divertida del mundo. Para un músico, una jornada de grabación se reduce a dos actividades fundamentales: tocar lo mejor que pueda y tratar de no aburrirse mientras no toca -que suele ser, por lo menos, la mitad del tiempo que pasa en el estudio-. Hay muchas maneras de no aburrirse pero, básicamente, se dividen en dos grandes grupos: haciendo algo provechoso o haciendo algo que no sirva para nada. En realidad, no sé a qué mundo pertenece mi elección para la grabación de “Pacífica, pero lo cierto es que he pasado casi todo el tiempo leyendo “Todos Te Quieren Cuando Estás Muerto“, maravilloso libro de entrevistas extremas del periodista musical Neil Strauss que Manel de Muerte Y Destrucción me regaló un par de días antes de entrar en el estudio y que recomiendo a cualquiera que sienta un mínimo de interés por la música y las estrellas del rock. Cuando me cansaba de leer tanto tiempo seguido, hacía tests online del examen teórico para obtener el permiso de conducir. En esas estamos.

Tocar y leer ocupan el 90% del tiempo en una grabación para mí. El 10% restante se divide entre opinar sobre lo grabado, ir al baño, proponer arreglos que no van a ningún sitio, hacer incursiones ninja a la cocina para ver si hay algo de comer que en anteriores incursiones hayas pasado por alto, tratar de no molestar al resto de personas que están en la grabación y contestar emails desde la BlackBerry.

El primer día de grabación siempre es idéntico al de otros primeros días de grabación: llegas al estudio a eso de las 10 de la mañana con una furgoneta llena de instrumentos y trastos que piensas que suenan mejor que nada que haya creado el ser humano hasta ese momento, con el sol en la cara y sabor a café en la parte más alta del paladar. Hay una sensación compartida de estar protagonizando un acto subversivo, casi de sabotaje: es un día laborable como otro cualquiera y, mientras la cara seria de la mayoría de la gente que conduce por la autopista no ofrece ninguna esperanza para la diversión, la tuya y la de tu grupo es la mezcla perfecta entre la excitación y la euforia. Descargas los bultos, te abrazas con Javi Ortiz y con Marcos Bandera de Estudio Brazil, aceptas un café, quizás unas galletas de chocolate, entras en la sala grande del estudio y renuevas la sensación indescriptible de “al fin de nuevo aquí”, mientras instrumentos que están a punto de cobrar vida permanecen dispuestos, relucientes, esperando cumplir con su nuevo servicio: los amplificadores de otras épocas, grandes y pequeños, el piano de cola negro, los cascos blancos de la batería perfectamente ordenados, las guitarras y los bajos en sus soportes, el Fender Rhodes y las dos docenas de pies de micro alineados al fondo, como un batallón de artificieros a punto de desfilar frente a los altos mandos.

Todo está escrupulosamente ordenado, y este orden responde siempre a motivos que, de verdad, nunca me he molestado en saber. Me conformo con la fascinación por las formas.

La paciencia se convierte en requisito indispensable para hacer de la grabación un éxito. En muchos más momentos de los imaginables hay que recurrir a ella, y hay que entender que pueden pasar muchas horas desde que llegas el primer día al estudio y se aprieta el botón rojo del [rec]. Hay que elegir la batería, la caja, afinar los parches, colocar los platos, colocar los micros, tocar durante mucho tiempo hasta que el sonido quede ajustado y, cuando crees que ya está todo, vuelta a empezar con cada uno de los instrumentos: hay que elegir la guitarra, cambiar las cuerdas, afinar a conciencia, elegir los amplis, elegir los micros… A menos que seas miembro del grupo que va a grabar, asistir al primer día de grabación de una banda puede poner en serio riesgo relaciones de pareja, amistad o incluso profesionales.

Hoy ha sido todo así. Como novedad, ¡hemos comido en la sala grande del estudio! Llevo grabando en Brazil desde octubre de 2003 (cuando registramos el segundo EP de The Secret Society, “Bomb the Past), y hoy ha sido la primera vez que he comido en la sala grande, con todos sentados a la mesa: Javi, Jay, Marcos, Jero, Miguelón y yo. Ha sido entrañable. La cosa es que, para ahorrarnos los 10 € por persona del típico menú del día de los restaurantes que rodean el polígono industrial donde está situado el estudio, me autoproclamé cocinero para esta grabación. No es que cocine bien, pero tampoco lo hago mal y, sobre todo, alguien tenía que hacerlo. El esfuerzo merece la pena: cuatro personas durante siete días comiendo de menú son 280 €. No están las cosas como para gastar ese dinero en comida, especialmente cuando tampoco es buena. Además, de esta forma me aseguro que nada de lo que como lleva carne -llevo mucho tiempo sin comerla- a la vez que proporciono una dieta saludable al resto de mis amigos. Creo que es un buen acuerdo. Hoy hemos comido arroz al curry con judias rojas (las judías pintas no son judías rojas). Hasta donde puedo saber, nadie de los míos ha fallecido a estas horas, así que eso me autoriza a seguir cocinando.

Por la tarde hemos apretado al [rec]. La primera canción que hemos grabado ha sido “Tiralíneas”. No tengo ni la menor idea de si estamos empezando a grabar un disco especial o simplemente un disco más. No sé dónde nos llevará todo esto y, sinceramente, es lo que menos me importa. Lo que sí sé seguro es que la combinación de Estudio Brazil + Jay Robbins + Javier Ortiz + Marcos Bandera sólo puede dar como resultado un álbum que suene mejor que bien y con el que estemos completamente satisfechos.

Ha sido un día largo y con un calor que todavía permanece a estas horas de la noche. Me he premiado con dos cervezas y ahora cocino pasta para mañana. Puede que grabar no sea lo más divertido del mundo, pero sin duda es una de las cosas más emocionantes que he experimentado nunca. Y por eso lo sigo haciendo.

 

La camisa de hoy. Si no recuerdo mal, la compré en el Urban Outfitters de Los Ángeles. Alguno ya estará preguntándose qué clase de enfermedad mental tengo para decir que esta camisa la compré en tal ciudad y esta en tal otra. Por favor, tratad de no leer esta clase de datos como una demostración de poderío, porque no lo son. Cuando viajo siempre aprovecho para comprarme ropa porque la que me puedo permitir en Madrid no me gusta. Es así de simple. No os quedéis con la anécdota. Todos lo hacemos.

[Pepo M.]

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